Por Rafael Valdizán
Pasada la resaca de revoluciones sobregiradas, intentaremos escribir unas líneas sobre lo ocurrido el pasado miércoles en la explanada del estadio Monumental. No será fácil, pues bien podríamos empezar esta nota a partir de la figura casi excluyente de Dave Mustaine, pero también podríamos hacerlo a partir de la masa humana: dicen por ahí que fueron seis mil 'headbangers' los presentes en Ate (soy muy malo en cálculos de ese tipo). Cifras aparte, la gente fue un espectáculo en sí misma (ojalá otros géneros musicales tuvieran discípulos tan leales): no solo cantó todas las canciones de Megadeth, sino que también acompañó los diversos riffs de guitarra con viva voz (el estribillo "Megadeth, Megadeth, Perú is Megadeth" siguió el acorde central de "Symphony of Destruction") y convirtió la platea (dividida en tres sectores) en una especie de animal vivo y hambriento, de múltiples extremidades, bullicioso y tremendamente querendón.
Mustaine y compañía arrancaron con precisión inglesa a las 9 en punto de la noche. Sonaron las notas de "Sleepwalker" (el volumen inicial estuvo algo bajo y por momentos se perdía entre los alaridos del público limeño, déficit subsanado poco después por los hombres de la consola) y siguieron las de "Wake Up Dead" y otras clásicas, como "Skin O' My Teeth" o "In My Darkest Hour", combinadas con el arsenal de su reciente "United Abominations", del que sobresalió "Washington is Next!".
Y si la platea era una jauría tendiente a la pérdida del control (hubo momentos en los que los abigarrados mastines de seguridad debieron aplicarse al máximo para contener a uno que otro osado), Mustaine se paseaba por el escenario con cierta parsimonia blandiendo su Flying V, rugiendo como quien habla entre dientes, con una furia contenida -estilo propio, sin duda- y bien acompañado por un séquito de contundentes músicos, entre los que destacaron el ex White Lion James Lomenzo (bajo) y Chris Broderick (guitarra).
Mustaine no fue de hablar mucho; ensayó breves frases en precario español e inglés y recibió con naturalidad (sin aspavientos ni exageraciones) las dos banderas blanquirrojas que le alcanzaron los de abajo y las ató al parante de su micrófono.
Todo fue música, de principio a fin, un vendaval inmisericorde de asesinos fraseos guitarreros, de fuerza locomotora y galopante ansiedad. Qué bueno fue escuchar en directo "Hangar 18" o "A Tout le Monde" o "Tornado of Souls" o "Trust". Y si no tocaban "Peace Sells", la gente se habría cortado las venas ahí mismo. La cuenta fue saldada camino al final, remachada con el tema más esperado: "Holy Wars... The Punishment Due". No hubo bises, y tal vez no eran necesarios.
Es cierto, hubo algunas omisiones (para mi gusto: "Angry Again", "Countdown to Extinction" y por ahí "Family Tree" o "Mechanix", medio hermano del "Four Horsemen" de Metallica). No importa: fue una gran noche de miércoles.