EL PERÚ EN EL SIGLO XXI
Por Gonzalo Gutiérrez. Vicecanciller de la República
Durante una mesa redonda realizada por El Comercio surgió el debate sobre cómo se articularía la sociedad internacional durante el siglo XXI. Una posición señalaba que posiblemente un liderazgo estaría encabezado de manera excluyente por cuatro grandes polos de poder: Estados Unidos, la Unión Europea, China e India. Otras percepciones afirmaban que no era descartable que se produjera la evolución de múltiples potencias en diferentes regiones del planeta.
Fareed Zakaria, un destacado comentarista de "Newsweek", en un ensayo sobre lo que denomina "el mundo pos- estadounidense", comenta que el edificio más alto del mundo se ubica en Taiwán, la compañía con capital accionario más grande está en Beijing, la refinería de mayor capacidad se construye en la India, el avión de pasajeros más amplio está siendo ensamblado en Europa, el fondo de inversiones más poderoso se encuentra en Abu Dhabi, y la industria de cine más importante del mundo es Bollywood, no Hollywood. Antoine van Agtmael --quien acuñó el término 'mercados emergentes'-- ha identificado que entre las 25 empresas que probablemente se conviertan en las más importantes del mundo se encuentran cuatro de Brasil, México, Corea del Sur y Taiwán, tres de India, dos de China, y una de Argentina, Chile, Malasia y Sudáfrica, respectivamente.
Esta muestra de pluralidad en los centros de poder y desarrollo debe decirnos algo sobre hacia dónde debe orientarse el Perú y cuál debe ser nuestra visión de futuro en lo que se refiere a la inserción internacional. Es importante que en el Perú se genere un consenso en los diferentes partidos políticos y la opinión pública en el sentido que nuestro país está destinado a ser parte de las potencias regionales sudamericanas líderes, y que para ello es necesario mantener una adecuada concertación entre diferentes posiciones, que supere el juego político coyuntural.
Y a pesar de que el camino hacia ese objetivo ya se inició, pareciera que internamente aún no es percibido de manera clara. Resulta paradójico que fuera de nuestras fronteras se tenga una más definida conciencia de esta transición. No es casualidad que en los periódicos de la región se hable consistentemente y con optimismo del "milagro peruano" o que el Centro Mundial de Competitividad en su última evaluación señale que el Perú es el país con el mejor desempeño económico en América Latina y el segundo en competitividad y en eficiencia del sector público. Además que seamos sede de las cumbres ALC-UE y APEC o que en breve ingresemos al Comité de Inversiones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD), un foro generalmente reservado para países desarrollados.
Todo ello forma parte de la generación de una política de Estado. En ella debemos mantener la visión que para promover el desarrollo nacional es importante mantener una política exterior sustentada en la integración activa al comercio y la economía internacionales, administrando las perturbaciones políticas regionales a través del recurso a la solución pacífica de las controversias, especialmente las de límites. Así debe promoverse la negociación político-diplomática para lograr un ambiente de distensión en América Latina, que permita la disminución de los gastos en armamentos, así como la efectiva protección de las corrientes de migrantes peruanos en el exterior.
También es necesario ser parte influyente en las negociaciones internacionales respecto al cambio climático, en particular, y a la protección del medio ambiente, en general, especialmente para lograr metas precisas en la reducción de los gases de efecto invernadero, y para obtener el compromiso de fijar metas definidas en el proceso de transferencia de tecnologías limpias, especialmente hacia los países que contamos con las reservas ecológicas más importantes. No debemos descartar en este proceso la posibilidad de acceder a la utilización de la energía nuclear con fines absolutamente pacíficos, como un complemento del desarrollo energético del Perú.
Al mismo tiempo debemos centrarnos en participar activamente en la creación de consensos internacionales que permitan superar las limitaciones que puedan producirse en relación a la disponibilidad de recursos hídricos, de energía o de alimentos, de modo que no sean un impedimento para mantener un sostenido proceso de crecimiento en el que se pueda maximizar la generación de empleo y, por ende, la reducción sustantiva de la pobreza.