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¡Malditos de Larcomar!

Rincón del autor. El Estado de derecho no se limita a las relaciones entre los poderes del Estado sino que cobra sentido para evitar que sus representantes abusen de ese poder

Por Beatriz Boza

Los chistes suelen reflejar verdades profundas que muchas veces nos cuesta aceptar. Con frecuencia causan risa pero dejan una sensación de desazón como cuando se sostiene que "un blanco subiendo un cerro es un deportista practicando andinismo mientras que un andino subiendo un cerro está yendo a su casa". No sorprende pues que para muchos, unos jóvenes en bicicleta, con teléfonos celulares, mp3 y cámaras digitales en Miraflores tengan que ser choros. Así pasó, por lo menos, con el vecino que los delató al Serenazgo, que conjuntamente con la PNP, en una operación tildada de muy eficaz en una conferencia de prensa, los detuvo por seis días hasta que sus familias presentaron las facturas que demostraban que ellos habían comprado esos equipos. En nuestro país, todavía para muchos, esas cosas con las que naces y con las que te crías (el color de la piel, idioma materno, NSE y forma de vestir) te definen, dándole prerrogativas a algunos y perjudicando a todos los demás.

El temor, la desconfianza, los prejuicios, la envidia y la codicia son sentimientos inherentes al ser humano, como lo es la necesidad de orden, seguridad, respeto y confianza. Es precisamente el papel del derecho y de la autoridad generar y garantizar las condiciones que nos permitan la convivencia pacífica en sociedad, dándonos seguridad, poniéndole coto a nuestros prejuicios, protegiendo nuestra libertad, permitiéndonos creer, crear y confiar. El incidente de los Malditos de Larcomar evidencia, una vez más, el imperio de nuestros prejuicios ante la precariedad del Estado de derecho y la pasividad de nuestras autoridades. Si hubiera habido un robo, hubiéramos estado ante un caso exitoso de coordinación entre serenazgo, ciudadanía y PNP. Pero ocurre que no hubo ni robo ni víctima de robo, así como tampoco hubo trabajo de inteligencia ni la más mínima investigación policial, y menos aún respeto al derecho de los inocentes. Lamentablemente, en este caso primaron nuestros prejuicios y la brutalidad del abuso de la autoridad. ¿En un país mestizo y diverso como el nuestro, esperamos así que esos jóvenes crean en nuestro sistema legal, que las niñas se sientan protegidas por nuestra policía y que los ciudadanos confiemos en la autoridad?

El Estado de derecho no se limita a las relaciones entre los poderes del Estado sino que cobra sentido precisamente para evitar que sus representantes abusen de ese poder, que se violenten los procesos para conseguir hacer noticia o que los delincuentes estén del lado (y vistan) de autoridad. El Estado de derecho no es una entelequia abstracta sino una garantía concreta para todos y cada uno de nosotros, que nos permite saber que ningún poder prima sobre nuestra dignidad, ninguna autoridad sobre la persona humana, ninguna forma sobre el contenido ni la fuerza bruta sobre nuestra libertad.

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