Por Fernando Vivas
No soy futbolero y voy a ser franco: prefiero que la selección nacional pierda porque así hay menos alharaca pelotera que invada mi privacidad y altere mis nervios. Prefiero la apatía de una hinchada decepcionada que el entusiasmo vitricida y rompehuesos de una barra brava exaltada porque sus ídolos patearon con suerte. En otra palabras, prefiero oír la pacífica resignación del que me dice "No se pudo pe', cuñau" al palmazo en el omóplato que me zampa el impertinente que quiere que grite con él "Sí se puede".
Por todo lo expuesto, debiera estar feliz por la no clasificación al Mundial de Sudáfrica y con el 6 a 0 que le metió Uruguay al equipo peruano. (Ah, por cierto, nunca hablo en primera persona plural tratándose de fútbol. "Ganamos" o "Nos golearon" es mucha gente).
Pero tampoco estoy contento con la derrota, porque ahora tengo otro problema: constantemente me topo con amigos y desconocidos que quieren compartir conmigo su llanto tras la leche derramada, sus diagnósticos psicosociales, sus imprecaciones a la madre del señor Manuel Burga, cuya gestión en la FPF ha sido, hasta ahora, funcional a mi indiferencia.
Así, como uno de cientos de miles de peruanos a quienes el fútbol interesa un pepino pero que se ven afectados por los picos de entusiasmo y de depresión de la hinchada, pido a mis compatriotas que nos han jorobado tanto y nos han obligado a compartir su pasión por lo que ahora dicen que no la valía que, a guisa de disculpas, hagan un acto de contrición: reclamen que la selección se retire por cinco años de las competencias internacionales.
He visto esbozados, en editorial de este Diario, los pasos necesarios para ello: que el Estado intervenga la privada FPF, lo que acarrearía la desafiliación a la FIFA y la prohibición de competir internacionalmente.
Exijo esa intervención en compensación a todas las veces que me han gritado goles en la oreja, que me han fastidiado la digestión subiendo el volumen a la tele del restaurante o que me han puesto de excusa un partido para cancelar una cita. ¡Alan, dale dos patadas a Burga!