Por Jaime de Althaus Guarderas
La única manera positiva de mirar los acontecimientos de Moquegua sería decir que estamos ante una revolución por la inclusión en el mercado, en el sistema: una explosión social para exigir la devolución de los recursos que permitirían desarrollar la infraestructura necesaria para producir más y mejorar los niveles de vida. Habría una suerte de codicia sociológica ante la expectativa frustrada de unos montos inesperadamente altos y sin precedentes de canon minero.
Si la erupción volcánica de movilización y violencia social que asustó y ridiculizó hasta a la propia policía expresara la magnitud del deseo de integración y progreso, sería extraordinario. Pero expresa también, seguramente, designios políticos más oscuros y paradójicamente antisistema que aprovechan décadas de frustración ante la ineficacia corrupta y clamorosa del Estado, de la autoridad y del sistema de representación. De la democracia realmente existente, en suma.
Es lo que se manifiesta en la última encuesta nacional de la Universidad Católica. Es notoria la insatisfacción del sur del país con la democracia, el sistema y el Gobierno. Si un 52% está insatisfecho con la democracia en el ámbito nacional, en el sur ese porcentaje se alza a un 64%. ¡En el sur (y en el centro) suman más los que piensan que a veces un gobierno autoritario o una dictadura son preferibles a una democracia y los que les da lo mismo un tipo de gobierno u otro! Los niveles de desconfianza en el sur y centro respecto del Congreso, la Iglesia Católica, el Poder Judicial, los partidos políticos son muy altos, bastante mayores que en el resto del país.
La gente no cree en el sistema. Pero esto se vincula no solo al carácter premoderno y subdesarrollado de nuestras instituciones, sino directamente a la calidad de la gestión gubernamental. Pues, paradójicamente, según el Latinobarómetro, la población estaba más satisfecha con la democracia en la época de Fujimori que ahora y, sobre todo, que en la época de Toledo. El rechazo al sistema es, en parte, el rechazo a la gestión del Gobierno, del presidente. Significa que el Gobierno no da la talla todavía en la lucha contra la pobreza y que la población no lo percibe como identificado con ella. En esa línea, el malhumor del sur es notorio. Si a en el ámbito nacional un 34% considera que estamos peor que al inicio del gobierno, en el sur ese porcentaje sube a 59%, y a un 71% los que opinan que estamos peor en control de la inflación.
Por eso no sorprende que, según esa encuesta, la fuerza política que está avanzando, en todo el país, sea el fujimorismo, y a costa principalmente del Apra, que baja seis puntos en un año, mientras la simpatía por el fujimorismo sube siete puntos, pasando al segundo lugar junto con Unidad Nacional Unidad Nacional/PPC, dejando en el cuarto puesto al Partido Nacionalista.
La gente quiere un gobierno que la ayude a integrarse, a crecer. Y la descentralización, concebida para saldar el divorcio con la sociedad, no marcha. La victoria que han obtenido los moqueguanos se convertirá en frustración antisistema nuevamente si el gobierno regional ejecuta solo el 24% del canon, como ocurrió el año pasado. Tanta lucha para ir a morir en brazos de la incompetencia burocrática.