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NO MÁS INDIFERENCIA

Putis y el deber del Estado

Por Lilia Ramírez Varela. Abogada. Justicia Viva

La guerra tiene siempre consecuencias funestas, la desgracia estalla en cada rincón que se examina, a tal punto que quienes vivimos rodeados de ella vamos inmunizándonos contra el dolor o, lo que es peor, adquiriendo una indiferencia escalofriante. Sin embargo, hay casos en los que la tragedia debe ser más que el adormecimiento, como la masacre de Putis, en Ayacucho. Según la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), en diciembre de 1984 no menos de 123 comuneros fueron reunidos por los militares con engaños, obligados a cavar su propia tumba y luego acribillados por los agentes del orden (Informe Final, Tomo VI).

En los más de 60 cuerpos de-senterrados hasta ahora se encuentra el sanguinario accionar de los miembros del Ejército, que actuaron con la misma (o peor) crueldad que el enemigo al que había que vencer: Sendero Luminoso. Ciertos militares, que tenían como fin defender a la población de la cruenta actuación senderista, se valieron de su función y engañaron, violaron, asesinaron a los comuneros y después asaltaron sus cuerpos y vendieron sus pertenencias.

El Ejército, durante más de dos décadas, encubrió estos hechos y en la actualidad, contra toda lógica, parece que lo quiere seguir haciendo. A los retrasos que se vienen produciendo por la falta de apoyo logístico y presupuestal en el proceso, se suman el hermetismo de las Fuerzas Armadas y el del Ministerio de Defensa para entregar la información requerida. Ello dificulta a los actores judiciales para definir las responsabilidades individuales, así como gubernamentales, en este crimen de lesa humanidad.

A estas alturas nos preguntamos si al Gobierno realmente le afecta el horror de lo ocurrido en Putis. Es precisamente en esta emblemática causa en la que las publicitadas declaraciones de nuestro presidente de la República --quien diserta con los medios hasta de nuestra vergüenza futbolística-- deberían estar presentes, a fin de obligar públicamente, como jefe supremo de las FF.AA., a que esta institución entregue la información necesaria y pida perdón a las víctimas

Si hay algo rescatable en este descarnado capítulo de posconflicto armado es que gracias a estas excavaciones, por fin, tenemos la oportunidad de conocer las historias de dolor de los familiares de las víctimas y algunos pocos sobrevivientes. Al fin nuestros compatriotas, invisibles desde hace mucho, tienen la esperanza de enterrar a sus muertos, de conocer la verdad y de encontrar justicia. La ciudadanía debe estar atenta a que estos principios y derechos fundamentales se cumplan a cabalidad, para no convertirnos en cómplices de más omisiones, negligencias e impunidad en nuestro país; y al Gobierno le pedimos que no mate esperanzas con su indiferencia y negligencia.

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