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Maestra, dejó Lima y a sus alumnos para volver a sus raíces, junto con sus padres y hermanos. La cabra tira al monte, asegura. Y sabe bien lo que dice. Gastón Acurio es uno de sus clientes

"Tu entrega tiene que ser total"

Entrevista GICELLA IGREDA

Por Antonio Orjeda

Manuel tiene 8 años y ya da de comer a las cabras que su abuelo y tocayo comenzó a criar --lustros atrás-- junto con su incondicional Virginia. Cerro Puquio. Así se llama el eriazo lugar donde decidieron instalarse los abuelitos de Manuel. Kilómetro 28 de la carretera a Canta. Paredes y techo de esteras. 1994. El año del gran paso dado por Virginia y Manuel.

Crecieron, se enamoraron y se casaron en Canta. Tuvieron cinco hijos. Por ellos, dejaron su tierra. Querían que sean profesionales. Llegaron a Lima. Una vez que la tarea estuvo cumplida, regresaron a Canta. No contaban con que sus cachorros --uno a uno-- los seguirían. Cerro Puquio. De la mano de Gicella, la mayor, le dieron vida a ese lugar eriazo. Juntos forjaron una marca: La Cabrita. Usted debe haber probado sus quesos. Sí, son extraordinarios. Gicella vela por el destino de esta microempresa familiar.

El esfuerzo de sus padres se pudo haber ido al tacho...
Sí.

Ellos dejaron Canta para que en Lima ustedes se hicieran profesionales, pero ustedes al final...
Estábamos desarraigados de la tierra.

Usted era maestra.
Trabajé en el magisterio 10 años. Pero renuncié para integrarme al proyecto de mis padres. Allá (en Cerro Puquio). Quería experimentar otra cosa.

Sus padres ni siquiera habían retornado al campo: ellos se instalaron en lo alto de un cerro, en una zona eriaza. Decidieron vivir bajo esteras. Usted estaba haciendo su vida en Lima. ¿Por qué regresó?
Tenía que desafiar el reto. Nuestros padres nos enseñaron que había que desafiar y vencer los retos. Entonces, cuando los fui a visitar, y los vi detrás de las cabras... Yo sabía que ellos no tenían toda la fuerza física necesaria. Y dije: ¿Por qué no regresar? ¿Por qué no emprender algo que empiece de cero?

Y jaló al resto de sus hermanos.
(Ríe) Los comencé a jalar. Además, aquí (en Lima) pertenecíamos al sector en pobreza extrema.

Su padre era maestro, como tal tenía un sueldo miserable. Pese a ello, él y su esposa siempre se 'recursearon': vendieron frutas en Santa Rosa de Quives, en Zapallal...
También pescado.

En Los Olivos comenzaron con la crianza de animales.
Sí.

Su objetivo era salir adelante.
Siempre nos enseñaron eso.

¿Por qué dejaron Lima?
Por la salud de ambos. Mi mamá comenzó con la diabetes y mi papá con la artrosis.

¿Pero, si su salud estaba mal y la ciencia --entre comillas-- está en Lima, por qué decidieron irse a un cerro donde no había nada?
Es cierto: la ciencia está en Lima, acá podrían estar a disposición de los médicos, pero su esperanza de vida no estaba en la capital, ¡estaba en el campo! Y lo sigue estando. Ellos no seguirían sintiéndose jóvenes en su sofá viendo televisión. Tenían que vivir lo que habían experimentado en su juventud.

Y eso, solo se los podía ofrecer el campo.
Sí. Y ese espíritu, ellos nos lo han contagiado.

Claro, porque ustedes transformaron ese cerro: construyeron un sistema de andenes como los incas.
Sí.

Debió ser un trabajo brutal.
Sí (ríe)... Acá (en Lima), el trabajo nos causaba estrés. Pero allá, los fines de semana teníamos nuestra terapia antiestrés: en familia, durmiendo a la luz de la luna... ¡era un camping!

Cuatro mujeres y un hombre, metiendo pico y lampa...
De lunes a viernes podía estar muy arregladita, pero los sábados y domingos regresaba con las manos llenas de ampollas. Era una experiencia bonita.

Dice "bonita". Para el común de limeños eso debe sonar a una locura. Uno quiere su fin de semana para descansar.
Tú sientes la satisfacción de que vas construyendo de a pocos.

Sus padres eran felices criando sus animales. Ese mismo año (1994), una ONG se contactó con ellos.
Procabras. Los comenzó a orientar. La crianza de cabras podía ser una alternativa para salir adelante.

¿Hasta entonces, cómo era la vida de ellos?
Tranquila, pero la crianza era muy tradicional: salían con sus cabras a pastar. No había una selección de animales ni registros... se criaba a la de Dios.

¿Cómo convenció a sus hermanos de volver al campo?
La cabra siempre tira al monte (ríe)... Nos sentamos y dijimos: hay una buena cantidad de cabras, pero demanda mucho esfuerzo. Mi hermano es contador, sacó la cuenta. Nos dijo que no era rentable tener tantas cabras: muchos costos. Hay que seleccionarlas. Además, si hacíamos el queso tradicional lo íbamos a tener que vender a un sol, máximo tres soles el kilo. No era rentable. Hicimos la selección. De 300, nos quedamos con 50 cabras. Gastando lo mismo, producíamos igual cantidad de leche. Nos asesoramos con la ONG, con nuestras amistades en las universidades...

Ustedes eran cinco profesionales devenidos en 'chivateros'.
Sí (ríe)...

Pero no habrían sobresalido de no ser por los conocimientos adquiridos.
¡Eso es cierto! La educación nos ayudó muchísimo: nos permitió tener otra visión. De lo contrario, hubiésemos sido unos 'chivateros' tradicionales.

Gracias a ello, mientras el común de cabras produce 0,8 litros de leche. Las suyas producen hoy 2,5 litros diarios.
Sí. Pero el asunto es: tenemos esta cantidad de leche, ¿qué hacemos con ella? Comenzamos con queso fresco, yogurt... Nos metimos en las campañas del Ministerio de Agricultura y de Salud para que vacunasen a las cabras, y no solo a las nuestras, ¡a todas las del valle!

El Estado aún no le 'para pelota' a la ganadería caprina.
Aún no la ve como una alternativa para combatir la pobreza. No se da cuenta de que los sectores más deprimidos son los que crían cabras. Si los apoyara, lograría que tuvieran a la mano cuántas proteínas.

Hay estudios que determinan que para el humano la leche de cabra es mejor que la de vaca.
Así es.

Prueba de ello es que en el mercado ecológico de Miraflores ustedes la están 'rompiendo'; y se trata de un público AB, bien informado.
Sí, y lo hemos logrado con base en mucho esfuerzo, con campañas de educación, de difusión... Ahora tenemos un compromiso: que el ganadero caprino deje de ser visto como un ganadero irrelevante.

Esta planta ha sido levantada en lo que fue su casa, de donde sus padres se fueron --entre otras cosas-- porque sus vecinos no aguantaban la bulla no solo de sus cabras, sino también de sus cerdos, cuyes, gallinas...
Sí (ríe)... Cuando nosotros vinimos, felizmente no abandonamos nuestras costumbres.

Sus vecinos les hicieron un bien: sus padres se fueron a un lugar en el que con ustedes ahora tienen una aldea ecológica.
Sí. Fue un gran paso el haber vuelto al campo.

Cuando empezaron, en Cerro Puquio no había luz ni agua. Hoy, todavía no hay. ¿Cómo entender que así se hayan desarrollado?
En toda cosa que hagas tienes que poner punche. Tu entrega tiene que ser total. Si tenemos que trabajar 14, 16 horas, no nos hacemos 'paltas'. ¡Trabajamos!

¿Qué es de sus padres?
Ellos, pese a lo avanzado de su edad, sueñan mucho; y cuando tienen un proyecto en mente, ¡quieren que se haga ya! Nos lo comunican, nosotros lo analizamos, de ser viable lo comenzamos a planificar, pero, cuando nos damos cuenta, ¡ellos ya lo comenzaron a poner en marcha!

O sea que se fueron de Lima para retomar sus costumbres de juventud y hoy están más jóvenes que nunca.
Tienen sus achaques, pero conversas con ellos y ¡tienen un espíritu! Mi mamá dice que su etapa en Cerro Puquio debe terminar en dos años. Está pensando en irse ¡a la selva! Quiere sembrar cacao. ¡Imagínate!

¿Y ella qué edad tiene? (interviene --curiosa-- Nancy Chappell).
72 años. "Pero mamá --le he dicho-- no vas a pasar Ticlio". "¿Quién dice que no voy a pasar? Yo estoy juntando mi plata porque me voy a ir a la selva ¡en avión!" (ríe, orgullosa).

LA FICHA
Nombre: Gicella Igreda Lix Flores.
Colegio: Cursó la primaria en la escuela fiscal de Llangas, en la provincia de Canta. Terminó en Lima, en el Elvira García y García y en el Juana Alarco de Dammert.
Estudios: Profesora de la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle.
Edad: 42 años.
Cargo: Gerenta general de Aldea Integral Pecuaria SRL (Alipe).

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