Por Abelardo Sánchez León
Los peruanos somos tan maltratados cuando salimos al extranjero que cuando regresamos deberían recibirnos con ramos de flores, banda de música y muchos besos volados. En cambio, apenas pisamos territorio patrio, nos ubican en las filas más extensas, revisan nuestro pasaporte y verifican que no estemos requisitoriados. En Estados Unidos y en la Unión Europea no sucede lo mismo; en ambos casos sus ciudadanos ingresan al toque, sin que los agentes aduaneros les formulen preguntas indiscretas.
Los peruanos formamos parte de aquel numeroso batallón tercermundista al que no quieren ver cerca por nada del mundo, pues somos considerados feos, pobres, ignorantes, que llegamos a robarles los puestos de trabajo. Se calcula que en Europa hay unos 8 millones de ilegales y en Estados Unidos unos 12 millones. A principios del siglo XX el Nuevo Mundo era el destino de la migración europea y asiática. De Nueva York a Buenos Aires éramos un imán y llegaban a raudales a estas tierras vacías, ricas y dispuestas a recibir con los brazos abiertos sobre todo a los blancos.
Ahora la situación es a la inversa: Estados Unidos y Europa están poblados y no desean recibir una vasta mano de obra desesperada y hambrienta. Pero todos quieren migrar hacia allá: los genios, los talentosos, los clasemedieros y los pobres extremos. Estados Unidos se enfrenta a los latinos y la Unión Europea a los africanos, los del continente golpeado por el sida que muy pronto llegará a la impresionante cifra de mil millones de habitantes. África, China e India, el trío del siglo XXI, que tanto interés despierta en la pluma del francés Jacques Attali.
En todos los estadios donde se disputa la Eurocopa hay un aviso que dice: "No al racismo". A los ojos ávidos del Tercer Mundo, esos estadios y esas ciudades se parecen al mágico universo de Disneyworld; un mundo de fantasía, de opulencia y de bienestar tan alejado de nosotros que provoca avisos de ese estilo. No al racismo, pero no dejan entrar fácilmente a los negros, a los amarillos o a los sudacas. Si ellos pudieran ver por televisión la sofisticada Eurocopa de sus vidas, sería genial. Hubiera sido prudente que en la reciente Cumbre ALC-UE el tema de la migración hubiese estado planteado. Los temas de la pobreza y el medio ambiente como que suenan a evasivos o abstractos.
Solo por llevar la contra, sería agradable que la final fuese entre Turquía y Rusia, dos marginales, dos patitos feos, dos países que no forman parte de la Unión Europea. Por fregar, claro. Por bronca. Por rabioso. Por pertenecer a los apestados del Tercer Mundo.