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LUCES

Mañana se cumplen 125 años del nacimiento de Franz Kafka

Recordamos su vida y obra

HAMBURGO [DPA]. Tres imágenes de la casa de campo de Goethe: una bordada con esmero por Felice Bauer, prometida dos veces de Franz Kafka. Otra dibujada con meticulosidad por Max Brod, amigo del escritor y quien incumpliría su testamento al publicar sus obras. Y otra del propio Kafka, sin esmero ni meticulosidad, sino extraña y de algún modo inquietante.

Kafka causa turbación con sus dibujos, con la expresión seria e intensa de su rostro en las fotografías, pero sobre todo con su literatura. Hace 125 años, el 3 de julio de 1883, nació en Praga, y murió a los 40 años en 1924.

El sosiego no formaba parte de Kafka. "Los lectores de literatura cómoda no la tienen fácil con Kafka", afirma el especialista y editor Klaus Wagenbach, para quien sentirse a gusto no tiene por qué ser tarea de la literatura. Eso mismo pensaba Kafka. "Si el libro que leemos no nos despierta con un puñetazo en la cabeza, ¿para qué lo leemos? (...) Un libro debe ser el hacha para el mar congelado en nosotros", escribió en una carta.

Y Kafka nos dejó muchas hachas. "La metamorfosis", por ejemplo, en la que Gregorio Samsa se despierta convertido en un insecto. O "La condena", escrito en una sola noche, en la que un padre sentencia a su hijo a morir ahogado. Kafka inventó al mono que relata su conversión en humano. Y escribió historias breves, comprimidas y que sacuden al lector, como la frase: "Una jaula salió en busca de un pájaro".

La vida de Franz Kafka, el hijo mayor de una familia de comerciantes judíos, estuvo marcada por el negocio familiar, en el que se vendían paraguas, bastones, guantes y otros productos galantes. Les dio para vivir y ascender socialmente. Pero Kafka se sentía atrapado en esa vida. Su cama y su escritorio estaban en una habitación de paso entre la sala y la habitación de sus padres. Sus tres hermanas compartían otra habitación.

Después de la escuela, Kafka estudió Derecho. Durante un tiempo incluso tuvo a mano la posibilidad de estudiar filología alemana en Múnich. Pero se quedó en Praga y a los 23 años se convirtió en doctor en Derecho.

Para entonces ya había empezado a escribir hacía tiempo "Descripción de una lucha" y otros textos. En 1908 publicó sus primeros textos en prosa en una revista; en 1912 escribió "La condena" y "La metamorfosis"; y en 1913 el volumen "Contemplación". A la vez, hacía carrera como jurista en una aseguradora.

Tuvo dos vidas: de 8 a.m. a 2 p.m. se ocupaba de accidentes de trabajo en fábricas y en las formas de evitarlos. Promovió el uso de tornos redondos en las máquinas de carpintería en vez de los peligrosos de cuatro cantos y luchó con los dueños de las fábricas que no cumplían con las condiciones de la aseguradora. Y en la noche, cuando la casa por fin estaba en calma, escribía sus historias.

¿Cuál de las dos vidas era la auténtica? Para él estaba claro, pero nunca pudo hacer que sus padres lo entendieran. "Tenía conciencia de que vivía en la lengua. La lengua fue por así decirlo su oxígeno, su material de vida", asegura su biógrafo Reiner Stach.

Escribir cartas fue su manera de amar a Felice, pero sufría a la vez por la posibilidad de tener que dejar de escribir si se convertía en marido y padre con una existencia burguesa. "Un autor nunca debería alejarse del escritorio si realmente quiere alejarse de la locura; tiene que aferrarse con los dientes", escribió.

Con su lenguaje creó mundos e historias que a menudo se describen como surrealistas, irreales, oníricos. Pero los relatos de Kafka deben tener algo muy real, de otro modo no conmoverían a tantas personas, desde Europa hasta Japón, desde 1908 hasta la actualidad.

"Eso solo puede significar que la capa que aborda en nosotros es más profunda que las improntas culturales", asegura Stach. Kafka denota el miedo, pero no lo muestra, y ofrece por ello una superficie vacía en la que podemos colocar nuestras propias angustias.

Kafka no estaba alejado del mundo. Sabía cómo vivían los obreros y relata en su diario las condiciones de su cuñado en una fábrica de asbesto en la que participaba por una inversión de su padre. Su literatura se alimenta de la realidad, pero se libera de lo cotidiano. Habla de problemas atemporales: las dudas sobre uno mismo, la angustia, el miedo de no vivir la vida.

Era algo que él conocía. Tres veces estuvo comprometido, pero no se atrevió a casarse. Este ir y venir fue un 'leit motiv' de su vida. Quería irse de Praga, pero se quedó. Odiaba el mundo de los negocios, pero estuvo 14 años en la aseguradora. En 1917 enfermó de tuberculosis y en 1922 ya no podía trabajar y fue jubilado. Se mudó a Berlín y vivió con su último amor, Dora Diamant, hasta que tuvo que ser ingresado en el hospital. Murió el 3 de junio de 1924 en Kierling, cerca de Viena.

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