Por: Juan Paredes Castro |
El Apra tiene como activo haber sido siempre un partido de oposición y el pasivo de no haber logrado ser hasta hoy, ni en el 85-90 ni en lo que va del segundo mandato de Alan García, un partido de gobierno.
La razón de fondo del problema parece radicar en la distorsión inicial del concepto de partido de gobierno que para el Apra supone estar estructuralmente en la planilla del Estado.
En el primer período presidencial de García no hubo una presencia aprista que hiciera gobierno en el mejor sentido de la palabra. Pasó entonces lo que con muchos otros partidos en el pasado. El llamado partido del pueblo se convirtió en un factor de elefantiásico crecimiento burocrático e inflacionario del Estado.
Con la ingrata experiencia de entonces García no solo ha corrido este primer tramo de su régimen con un cuidado escrupuloso en la administración de la economía, sino que ha tenido que reconocer, una vez más, que su partido, el Apra, no puede ser un partido de gobierno, porque sencillamente no se ha preparado para ello.
Algo más: cuando hace poco García se quejaba de no ver ni sentir en el país una real y efectiva oposición no tardó en encontrarla en su propio partido. Bastó que el mandatario se inclinara por un candidato distinto para la presidencia del Congreso que no fuera Luis Negreiros Criado, para que este echara por tierra, con ayuda del humalismo, todo el proceso de reforma constitucional.
Ahora que García se alista a hacer ajustes en su Gabinete Ministerial, emerge una fuerte corriente aprista opuesta al nombramiento de Luis Valdivieso en reemplazo de Luis Carranza en el Ministerio de Economía y Finanzas. El motivo: que Valdivieso, un honesto y destacado profesional peruano, provenga de los altos mandos del Fondo Monetario Internacional.
Así las cosas, no deja de ser preocupante que el Apra no aprenda a ser un partido de gobierno, y lo que es peor: vaya a contracorriente de las metas y objetivos más sensatos y públicamente aceptables del Gobierno.
Se prevé inclusive la posibilidad de que por tercera vez consecutiva el Apra asuma la presidencia del Congreso, pero sin ninguna seguridad de que ello suponga, como hasta ahora, una garantía de gobernabilidad para el país desde el terreno legislativo.
Por lo visto el Apra tiene que replantear urgentemente su papel frente al Gobierno: pasa a ser parte de él sin desnaturalizarlo o se atrinchera en lo que más sabe hacer, en este caso en el juego del Apra contra el Apra.