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EDITORIAL

Jaque a las FARC con fortalecimiento democrático

La impecable operación Jaque, que permitió rescatar a 15 personas que las FARC mantenían secuestradas, marca un punto de inflexión en la dura lucha que libra el pueblo colombiano contra ese grupo terrorista y criminal aliado al narcotráfico que mantiene en vilo a toda una nación.

Se trata de un complejo plan que demandó inteligencia, paciencia, ingentes recursos y sobre todo valentía. ¿Qué hubiera pasado si la operación hacía agua y fracasaba? Y es igualmente destacable que haya sido hecha por un gobierno democrático, sin disparar un solo tiro y sin excesos, con lo que sale fortalecida la institucionalidad, como corresponde.

Por lo mismo, el Gobierno Colombiano y el presidente Álvaro Uribe deben tener cuidado de no contaminar este hito de paz con proyectos políticos personalistas o re-reeleccionistas, como se lo sugieren algunos consejeros. Ya antes del rescate, Colombia atravesaba una dura crisis por el enfrentamiento entre el Ejecutivo y el Poder Judicial que ponía en duda la legalidad de la reforma constitucional reeleccionista.

Hoy los colombianos, latinoamericanos y el mundo entero celebramos el rescate de Ingrid Betancourt y de otros 14 secuestrados, que eran mantenidos como botín de guerra y mercancía intercambiable para exigir la liberación de cabecillas terroristas y pedir rescates.

Sin embargo, debemos recordar que aún quedan más de 600 personas secuestradas, lo que obliga al Gobierno Colombiano a mantener la política antiterrorista, basada en la firme decisión de combatir los excesos, pero también en tender puentes para la distensión y la desmovilización de los miembros de las FARC.

El diálogo debe continuar, pero sin descuidar la inteligencia ni la mano fuerte, sobre todo ahora que el grupo terrorista está jaqueado por el rescate de anteayer, la muerte de su cabecilla 'Manuel Marulanda' y de su lugarteniente 'Raúl Reyes' y las tácticas de recompensa a quienes se entregan a las autoridades.

Esta línea de continuidad antiterrorista es la que debe mantenerse y enriquecerse institucionalmente, desde un gobierno democrático y un Estado fuerte, y sin que ella dependa de una sola persona. El equilibrio de poderes y la alternancia en el Gobierno son condiciones básicas de la salud democrática, precisamente para evitar excesos o atornillamientos que recuerdan lo más sombrío de las dictaduras.

El presidente Álvaro Uribe, un líder auténtico que supo actuar con tino y firmeza para no caer en el juego del apaciguamiento con un grupo terrorista y criminal que ataca a la democracia, ha logrado ya un lugar privilegiado en la historia de Colombia y de la democracia latinoamericana. Ahora tiene que seguir promoviendo el fortalecimiento de la institucionalidad democrática y de la paz, concluir su mandato y dar ejemplo claro de desprendimiento y convicción democrática. Como buen estadista, debe promover nuevas figuras políticas y tomar previsiones para entregar la posta a su sucesor, sin forzar riesgosas re-reelecciones. Los peruanos sabemos muy bien los peligros de esa obsesión cuyas nefastas consecuencias aún sufrimos.

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