Por: Juan Paredes Castro |
Hemos escuchado decir a Ingrid Betancourt, sin duda al calor de su rescate, que la última reelección de Álvaro Uribe permitió a las Fuerzas Armadas de Colombia una acción de continuidad que significó cortar el respiro del que se valían las FARC para recomponerse militarmente en cada cambio de gobierno, sobre todo cuando se pasaba de un período duro a otro blando, como suele pasar en las alternancias democráticas.
Tendríamos que entender, en ese contexto, la equívoca necesidad de una línea de continuidad militar en la presión y los resultados más ligada al mando político propiamente dicho que al mando militar institucional.
Aunque Betancourt no lo insinuó, podría desprenderse de sus palabras el concepto de que para cualquier tarea eficaz de largo plazo y que comprometa crucialmente la estabilidad nacional, el gobierno de Uribe y cualquier otro en las mismas circunstancias tendrían que apelar al continuismo presidencial, vale decir, al reeleccionismo inmediato, dejando de lado la alternativa legítima de las políticas de Estado en el largo plazo, que al final de cuentas son las que sostienen las democracias y las libertades.
Creemos que el gobierno de Uribe y las Fuerzas Armadas colombianas han logrado poner en un casi virtual jaque mate a las FARC, con el saldo adicional de todo aquello que contribuye a la paz interna, a la estabilidad democrática y a la confianza en la institucionalidad del país, que precisamente ha sido la más afectada a lo largo de décadas de violencia que han azotado Colombia en el pasado y presente siglos.
Por eso mismo sería peligrosísimo para la institucionalidad democrática colombiana alentar la extensión del experimento reeleccionista último hacia otro similar, con el argumento de que hay que continuar cortándoles el respiro a las FARC, cosa que tendría que pasar por suprimir cualquier posible alternancia en el gobierno.
Si Colombia quiere continuidad en la acción militar, al punto de propiciar la asfixia de las FARC, su mejor fórmula será fortalecer sus instituciones militares y policiales, desde una acción de Defensa que no sea otra que la que provenga de una política de Estado de largo plazo.
El reeleccionismo presidencial en América Latina, más allá de la eficacia que puede asegurar a corto plazo, presupone caos y corrupción, la perfecta aliación diabólica de la que se sirve siempre la subversión armada para proponer sus alternativas de violencia frente a lo que ellas llaman "el sistema decadente".
Esa es la trampa en la que podría caer el exitoso gobierno de Álvaro Uribe.