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UN DIÁLOGO CON ALAN PAULS

El amor como antiamor o síndrome

ALAN PAULS ES UNO DE LOS NOVELISTAS MÁS SUGERENTES DE LA ACTUAL LITERATURA ARGENTINA. ES AUTOR DE EL PUDOR PORNÓGRAFO (1984), WASABI (1994), EL PASADO -PREMIO HERRALDE 2003- E HISTORIA DEL LLANTO (2007), Y DE UNA COLECCIÓN DE ENSAYOS TITULADA CÓMO SE ESCRIBE EL DIARIO ÍNTIMO (1996)

Por Rafael Ojeda

¿Ha cambiado mucho tu trabajo desde El pudor pornógrafo?
-Sí, ha cambiado bastante. Cambió en el sentido de que en las dos primeras novelas, hasta Wasabi digamos, tenía una concepción de la ficción muy particular, pues pensaba que para escribir ficción era absolutamente imprescindible cortar de modo radical, con lo que en términos generales llamamos experiencia personal. A partir de Wasabi esa concepción un tanto defensiva y paranoica empieza a hacer agua, y la frontera entre la ficción y el archivo personal empieza a volverse más porosa y a resquebrajarse, y esas dos dimensiones, antes muy separadas, empiezan a contaminarse mutuamente. Al mismo tiempo, no puedo evitar pensar que entre El pudor pornógrafo e Historia del llanto hay una cierta continuidad consistente en la idea que trabajar una literatura de la intimidad, y desde esa intimidad abordar cuestiones más amplias o globales, como la historia o la política.

Yo encuentro otra constante que trasunta en tus textos y que podría definirlos, al menos temáticamente, más allá del sustrato intimista, y es esa visión desesperanzada del amor, como tortura, antiamor o como proceso de demolición.
-Sí, pero eso ocurre solo hasta El pasado, pues en Historia del llanto ya hay un distanciamiento de esa monotonía temática. Pero es cierto, las relaciones amorosas son para mí un terreno muy fértil, sobre todo las relaciones amorosas problemáticas, contrariadas, pues por lo general, me interesan básicamente, los problemas, las cosas que no funcionan bien. Creo que eso llegó a una especie de paroxismo en El pasado, pero ha ido dejándose un poco de lado ahora, en Historia del llanto, que es una novela en la que empiezo a trabajar, siempre con la cosa problemática, pero en una zona que podría verse más claramente, como la zona de la intimidad, en una especie de relación entre intimidad y política.

¿Tienes una definición particular para esa situación problemática, en la que el amor puede definirse, quizá, a partir de sus caracteres destructivos o enfermizos?
-Bueno, sí, en el sentido de que creo que los problemas que afectan a las relaciones, a los grupos, a los mundos o a los universos, nunca son accidentes exteriores, pues, creo que los problemas son constitutivos de estas experiencias. Por lo tanto, me parece que no puede decirse que, por ejemplo, la celopatía es algo exterior al amor o una patología o un accidente nefasto del amor. Me parece que la celopatía es un elemento absolutamente constituyente del amor. Yo no distingo entre amores normales y amores anómalos, para mí la anomalía forma parte del amor, e incluso lo define.

¿Y hubo algún práctica distintiva de la sociedad contemporánea, que te haya inspirado la idea de ese grupo de terroristas emocionales que llamas "Las mujeres que aman demasiado", o fue pura invención?
-No. En la idea de "Las mujeres que aman demasiado", que es la célula de la novela El Pasado, solo hay una cierta ironía sobre el modo en que hoy, y claro que es un fenómeno muy contemporáneo, las causas absolutamente individuales se convierten rápidamente en causas políticas. Me interesaba también indagar allí en una cierta politización demencial del amor. No creo que eso exista, aunque me enteré, luego de escribir la novela, de que existe la categoría "mujeres que aman demasiado", y que hay una psicóloga norteamericana que ha publicado un libro sobre el síndrome del exceso de amor. Solo que en este caso, la terapia para estas mujeres sufrientes es acotar el amor y moderarlo; y en el caso de "Las mujeres que aman demasiado", de mi novela, es llevar el amor totalmente al extremo. Lo que dice Sofía, que es la líder de este grupo, es que esa especie de exceso de amor es el único capital que tienen las mujeres, y lo que tienen que hacer es envolver a los hombres con ese exceso de amor y absorberlos.

En Cómo se escribe el diario íntimo, has estudiado a escritores como Kafka, Musil, Mansfiel, Pavese y Roland Barthes ¿Qué unifica a estos escritores en tu libro?
-El objeto que yo tomé como común, en el caso de estos escritores, es simplemente que todos practicaron el diario íntimo, que es un género que a mí siempre me ha interesado. De hecho yo llevo un diario íntimo. El diario íntimo como género literario siempre me ha interesado, más yo diría el diario íntimo como género expresivo no artístico, pero me da la impresión de que cuando un gran escritor, como son todos los escritores que yo analizo en el libro, trabaja la forma de diario íntimo, lo que hace básicamente es poner en contacto las zonas totalmente íntimas de sus experiencias, con zonas que son históricas y políticas, aún cuando la política y la historia solo parezcan entrar en los diarios de manera lateral. Lo que me interesó del diario íntimo, tal y como lo practican estos escritores, es percibir de qué modo el diario es el único territorio de la práctica literaria en el que no hay jerarquías predeterminadas.

Hay un texto que Susan Sontag le dedica a Pavese, presentado como "El artista como sufridor ejemplar", se me ocurría que podía haber una afinidad entre la idea de tus libros y la idea de Pavese ante el desamor.
-Puede ser. Pavese es muy extraño para mí, pues es un escritor que leí cuando era joven, como creo que se le lee muy a menudo. Yo quedé sobre todo muy marcado por el diario de Pavese, El Oficio de vivir, que es un diario que siempre me pareció extraordinario, y creo que a partir de leer el diario de Pavese empecé a desarrollar la idea que después elaboré en mis ensayos sobre el diario íntimo, que es la idea de que todo diario íntimo siempre tiene relación con algún tipo de enfermedad. En el libro sobre el diario analizo un poco la impotencia en Pavese, la tuberculosis en Kafka, las enfermedades pulmonares en Katherine Mansfiel. Digamos, todos los diarios íntimos me parecían estar siempre ligados a una cierta forma de parte médico. Yo decía en el libro, que en el diario íntimo los escritores se automedican, se autotratan y que el gran tema del diario íntimo es la enfermedad.

¿Te interesa mucho la enfermedad?
-Efectivamente, la enfermedad es algo que, como cuestión literaria, siempre me interesó. Me ha interesado mucho las elaboraciones que los escritores han hecho de sus propias enfermedades, me ha interesado mucho la enfermedad como fenómeno en sí, en el sentido de que para mí la enfermedad es el momento en el que un cuerpo empieza a transformarse y junto con el cuerpo, absolutamente todo lo que define a un sujeto. Al mismo tiempo creo que, si uno lo piensa bien, la enfermedad es la manera en la que un sujeto tiene de ser artista. Yo creo mucho en la frase "hacer las enfermedades", creo que efectivamente las personas hacen las enfermedades que sufren y creo que en ese hacer las enfermedades, por más dolorosa y angustiosa que ésta sea, siempre hay una especie de autoelaboración de las personas. Pienso que las personas se autoproducen enfermándose, entonces, hay cierta visión del mundo ligada al asma, cierta visión del mundo ligada a la alergia, una visión asociada a la tuberculosis, creo que las enfermedades son maneras de percibir el mundo.

¿No estarás de acuerdo, entonces, con Gilles Deleuze, quien ve a los escritores como más bien grandes sintomatólogos de los males y efectos sociales?
-Sí, por supuesto, coincido totalmente con Deleuze, en que a lo máximo que puede aspirar un pensador o un escritor es a darle su nombre a un síndrome, que es un poco lo que el analiza tan brillantemente en Sacher-Masoch. Creo que efectivamente lo que hacen los escritores es captar, reunir y, de algún modo, sistematizar con los instrumentos que tiene el arte, síndromes, cuadros que pueden ser íntimos o psicopatológicos integrales, pero que fatalmente absorben todas las fuerzas que están en acción en un momento dado en una sociedad. También hay en el síndrome, en el cuadro clínico, una especie de abolición de las jerarquías entre lo social y lo individual, entre lo político y lo íntimo, entre lo general y lo particular.

Pensaba que a esa familia de escritores podría faltarle Kierkegaard.
-Por supuesto, está Kierkegaard, podría estar también Robert Walzer, podría estar Witold Gombrowicz, podría estar también Melville. Sí, uno podría hacer una familia de escritores alrededor de esto, que son para mí, yo creo, los escritores más importantes.

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