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DUELO DE ASESINOS

Todo por el western

Por Ricardo Bedoya

Clint Eastwood lo repite cada vez que puede: "Las únicas formas genuinas del arte norteamericano son el jazz y el western". Duelo de asesinos (nombre equívoco que le han dado al título original, Seraphim Falls, 2006) es un western; el segundo que vemos este año, luego de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford.

Esta no es mejor película que la dilatada, triste, mínima en acciones y elegíaca evocación del Jesse James traicionado por una bala disparada a su espalda, pero tiene un aire modesto, de aventura menor, de travesía lacónica y medida, que la hace singular y estimable.

Como tantas películas del Oeste, Duelo de asesinos empieza al acabar la Guerra Civil. Un coronel confederado persigue a un capitán yankee para matarlo. No conocemos el motivo de su odio. Lo acompaña una partida de hombres que recorre bosques, atraviesa ríos y cruza montañas mientras queda disminuida. Los rivales llegan al desierto para ajustar cuentas. Es la típica "caza al hombre".

FURIA ELEMENTAL
Dirige el debutante David Von Ancken que tiene, al parecer, experiencia en la hechura de series de televisión y mucho amor por el western, a juzgar por el modo en que la película rinde tributo a una de las más apasionantes vertientes del género: la que sigue la trayectoria rectilínea de dos personajes que no pueden olvidar, ni perdonar, el trágico episodio que los unió en el pasado. En la naturaleza agreste, escarpada y desnuda, que es casi expresión de sus sentimientos, buscan confrontarse, movidos por los resortes más elementales de la furia, deseo de venganza y obsesión. Es el arco narrativo de las películas que Anthony Mann dirigió en los años cincuenta, sobre todo Horizontes lejanos (Bend of the River, 1952); Tierras lejanas (The Far Country, 1955); y Sin miedo y sin tacha (The Naked Spur, 1953), que Von Ancken seguro conoce de memoria.

En la larga introducción de Duelo de asesinos, la terquedad y resistencia casi bíblicas del odio del personaje de Liam Neeson por el de Pierce Brosnan se mantiene en sordina, acotado por el laconismo de los actores y el carácter constreñido de la acción. Durante casi una hora de proyección, el conflicto se reduce a correrías silenciosas por escenarios exteriores, gestos de supervivencia y acciones de ataque y defensa que aparecen como signos de un puro instinto animal: los rivales se tantean, casi olfateándose. Al no haber explicaciones sobre las motivaciones de la acción, los personajes no tienen un signo claro, ni positivo ni negativo. Cualquiera de ellos puede ser villano, víctima, cazador de recompensas o mercenario. Liam Neeson, luego de herir a su rival, ordena que lo dejen solo: "que se desangre", dice, evocando al Ethan Edwards (John Wayne) de Más corazón que odio, que busca los modos más crueles de exterminar a sus rivales.

EMBLEMAS DE UN PAÍS DESGARRADO
Lo mejor de la película está en esas secuencias de la primera parte, cuando los personajes son como figuras en el paisaje, persiguiéndose sin causa.

Pero luego la película se abre a otras situaciones que le dan un giro casi alegórico. Los vaqueros que se consumen en el odio se transforman en emblemas de un país desgarrado luego de la Guerra. En el camino se encuentran con otros representantes de una sociedad rota, desperdigados por allí, en viaje sin fin o en fuga desesperada: un indio, unos mormones, una partida de ladrones de bancos, "bounty killers" que construyen una ciudad o una comerciante de tónicos contra todos los males encarnada por Anjelica Huston, que luce como la representación truculenta de una vidente del desastre sacada de El juez del patíbulo, dirigida por su padre, John Huston.

Luego de conseguir largas secuencias de acción de buena ley, Von Ancken cede a los recuentos explicativos y a un final discutible que habla de la redención individual y la regeneración colectiva.

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