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¿Usar eufemismos cambia la realidad?

Por: Enrique Bernales Ballesteros. Jurista |

La buena política se basa en la transparencia, llama a las cosas por su nombre, no se sostiene en giros literarios rebuscados y huye de los significados ambiguos. Cuando la política apela a giros lingüísticos turbios y oscuros, enmascara los problemas reales y se torna en una peligrosa ficción que abandona la realidad a su suerte.

El hambre de quien lo padece no es otra cosa que hambre. ¿Por qué llamarlo insuficiencias calóricas relativas? El que está descontento por carecer de servicios elementales no es un azuzador político, es un ciudadano harto de las privaciones. El desempleado es desempleado, a secas, y no una cifra al margen de la población económicamente activa. Reconocer la realidad a través de la palabra permite la cabal visión de los problemas y es un paso elemental para la búsqueda de soluciones. No es correcto rendir culto a giros eufemísticos para cubrir de brumas una realidad que, tarde o temprano, planteará reclamos.

Los políticos verdaderos son los que trabajan por cambiar la realidad y no por maquillar definiciones o dar lumbre a las cifras. Jugar a las palabras solo sirve para esconder ahora aquello que más tarde, inexorablemente, cobrará facturas. Razonemos con algunos ejemplos: el Perú crece sostenidamente, y es muy positivo; pero, a la vez, millones de peruanos padecen pobreza; no hay que ocultarlo. Sí, es verdad que la inversión minera es beneficiosa y reporta cuantiosas divisas, pero hay que aceptar que existen poblaciones y, peor aun, miles de niños que sufren el consumo de plomo, mercurio y dióxido de carbono; es un problema a resolver antes que solapar los términos y pedir paciencia para que las gotas del crecimiento lleguen a todos.

En muchos países, los voceros gubernamentales llaman 'desaceleración' a la crisis, 'inestabilidad transitoria' a una grave caída, 'desestabilización' al descontento, 'inflación importada' a una real subida de precios. Negar la crisis es tan negativo como aumentarla malévolamente para perjudicar la imagen del Gobierno. En realidad, el malbarateo de las palabras no es un vicio que solo atañe a los gobiernos, también las oposiciones radicales (de derecha o de izquierda) tienen su cuota de responsabilidad.

El enmascaramiento de la realidad a través del lenguaje convierte a los partidos políticos, antes que en ejecutores y propulsores de políticas, en oficinas de comunicación y estrategia, donde el parecer importa más que el ser y donde la apariencia le da legitimidad a la mentira. En ese clima es imposible gobernar bien o hacer una oposición cabal. Bajo ese marco, tampoco es viable el consenso y el tratamiento de los problemas reales de la población. No se puede construir la política a partir de la mentira y el ocultamiento. Toda solución pasa necesariamente por el sinceramiento de los problemas y por la convocatoria a todos los actores políticos y fuerzas vivas del país, lejos de cualquier politiquería o espíritu ideológico y partidista.

Si negamos la pobreza no podremos trabajar eficientemente para reducirla. Si la pobreza, la escasez, la inflación o el desabastecimiento adquieren una semántica forzada, muy poco podremos hacer para encarar los problemas y resolverlos. La mejor práctica política es el realismo honesto, pese a que tenga su costo en popularidad. Pero ello es preferible si lo que se quiere es fortalecer la democracia, no como el arte de la retórica, sino como el mejor gobierno posible.

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