Por Fernando Vivas
Gracias a una invitación de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos acudí ayer al megajuicio a Alberto Fujimori. Quería ver la distribución de las tensiones y los bostezos detrás de cámaras y quería ver, derrotado, al General Victorioso.
El nombre de Nicolás de Bari Hermoza Ríos me sublevó una década entera. Fue la encarnación del cachaco medalludo, autoritario y corrupto que se arropó en la lucha contra el terrorismo para mangonear mejor, para robar y para dejar que los tanques sacaran cara y pecho por él cuando los civiles cuestionábamos sus gollerías.
Pues sentí como una reparación civil el ver, a este generalillo, traído desde el penal de reos primarios, dar humildemente sus generales de ley: Pucallpa, 1934.
A los 74 años prescriben muchas cosas, pero no la memoria ni la culpa ni las ganas de hacer cualquier cosa para quedar libre. En el caso de Hermoza, su afán de salir de prisión con ayuda de la grey fujimorista lo lleva a seguir a pie juntillas un libreto conversado con su abogado César Nakazaki, que también lo es del ex presidente. Del fiscal Avelino Guillén y de la defensa de la parte civil y de las trampas del orgullo herido depende que se dé un resbalón hacia la verdad.
Lo que me pareció fabuloso, desde que tomé el ómnibus con los deudos de Barrios Altos y La Cantuta, es que tuviéramos fecha y hora precisa para un ajuste de cuentas con una historia que, cuando empezó, nos cogió de sorpresa a la gran mayoría de peruanos, y a ellos trágicamente. De esta predictibilidad, puntualidad y transparencia de lo juzgado, caray, hay que felicitarnos todos.
Tan organizada está la historia en el juicio que las reglas se imponen sin murmuraciones. La primera fila de los fujimoristas --el lunes la compusieron Kenji Fujimori, Germán Kruger y Luis Delgado Aparicio-- está a medio metro de deudos y activistas. No se saludan, pero se toleran. Nadie arma jaleo porque lo prohíbe el artículo 375 del Código Penal. Kenji me inspira cien bromas, pero no puedo mofarme de su paciente espera, dos metros detrás de la nuca de su padre, para que este volteara y lo mirara con una sonrisa que mezcló todo lo que un presidente y padre con roche podía sentir, pero sin delatarse. Él se la buscó.