Por Sergio Muñoz Bata. Periodista
A tan solo cuatro meses de la elección general de noviembre, los candidatos de ambos partidos, Barack Obama y John McCain, se afanan torturando el lenguaje intentando justificar modificaciones, a veces sustanciales, a postulados de campaña que hasta ahora consideraban definitorios de sus candidaturas.
La semana pasada, por ejemplo, Obama anunció que a su regreso del viaje a Iraq que tiene planeado para el verano y después de consultar con los generales que conducen la guerra ,refinaría sus políticas. Y aunque hizo sus declaraciones un poco a la carrera y con cierta timidez, como si hubiera querido que el mensaje llegara solo a quienes siguen pensando que el senador por Illinois está verde para el puesto de comandante en jefe de las fuerzas armadas, sus afirmaciones, como era de esperarse, provocaron el revuelo del día en los medios y entre sus partidarios.
El alboroto se justifica, en parte, porque, desde que lanzó su candidatura, Obama planteó como tema central de su campaña y diferencia específica con Hillary Clinton, que al asumir la presidencia empezaría la retirada de las tropas estadounidenses en Iraq y terminaría dieciséis meses después.
Hoy, cuando el acelerado deterioro de la economía ha desplazado a la guerra en Iraq como preocupación principal de los estadounidenses y que la situación político-militar en ese país empieza a mostrar cierta estabilidad, Obama quiere mostrarse como un político flexible. Tanto que incluso dejaría abierta una puerta para prolongar la estadía de las tropas estadounidenses si los militares así lo juzgaran pertinente. Él, por supuesto, niega haber modificado su posición y sostiene que sigue firme en su propósito, aparentemente sin percatarse de que su postura inicial fue un error.
Tampoco su oponente se salva del chaqueteo en el tema de Iraq. En el 2007, McCain criticó la conducción de la guerra en Iraq calificándola como un fracaso. Luego dijo que las tropas estadounidenses permanecerían en Iraq el tiempo que fuera necesario, "100 años si fuese necesario" y, más recientemente, volvió a cambiar de opinión indicando que para cuando terminara su primer período presidencial en el 2012, la mayoría de las tropas ya estaría de regreso a casa.
El zigzagueo de ambos candidatos ha suscitado un debate interesante que, si bien por un lado cuestiona la sinceridad de las convicciones de los políticos, por el otro admite que cambiar de opinión no solo es humano sino que, en ciertas circunstancias, hasta podría ser deseable y necesario. Al respecto, la primera distinción que habría que hacer es deslindar la naturaleza interna del cambio de posición. En ciertas religiones, la católica entre otras, el cambio puede conducir a la libertad porque redime.
En la historia política de EE.UU. hay incontables instancias de cambios de parecer que propiciaron cambios sociales. Durante su primera campaña presidencial, de manera explícita, Abraham Lincoln anunció que no forzaría el fin de la esclavitud para luego pasar a abolirla en su segundo período. En la instancia opuesta estaría el presidente George W. Bush, quien, a pesar de las evidencias en contrario, no cambia de opinión y sigue diciendo que la guerra en Iraq ha fortalecido la seguridad nacional y ha debilitado la causa del terrorismo.
En el caso de las conversiones de Obama y McCain les tocará a los votantes decidir si sus transformaciones obedecen a razones válidas o si simplemente han sido producto del más vil oportunismo político. El cambio en sí nunca es intrínsecamente bueno o malo.