Por Abelardo Sánchez León
En una reunión informal con varios profesionales del IPAE, Fernando Villarán dijo que si hubiese diez hombres como Máximo San Román, el Perú saldría adelante. Yo no lo conozco. La única oportunidad que estuvimos juntos fue durante un seminario, cuando era vicepresidente de Fujimori. En aquella ocasión me dijo: "No es hora de pensar; es la hora de actuar". Yo tomé la frase como un equívoco mental, pero debo reconocer que correspondía a su personalidad empresarial. Máximo San Román es un empresario cusqueño, que habla quechua, castellano e inglés, dedicado a la producción y exportación de cocinas que tienen mucho éxito en el exterior. No es un financista, un especulador, un funcionario o un burócrata. Es un hombre de empresa, creativo, salido de la nada, un hombre hecho a sí mismo, con energía y capacidad de trabajo.
A él, aunque nos cueste creerlo, Vladimiro Montesinos le tomó el pelo. Vladimiro Montesinos, un hombre que ha lucrado a costa de todos los peruanos, que nos ha robado de nuestros impuestos, que ha vivido como una lapa pegada al Estado, tuvo la osadía de burlarse de él y decirle que solo estaba en las reuniones de la cúpula (como si fuese mozo, un mozo andino) para cortar el salame. Era, además, tan inútil, que casi se corta uno de los dedos. Alberto Fujimori, un matemático que no ha hecho nada de consideración en su campo, que labró una fortuna en una década a costa del Estado peruano, se mataba de la risa. Es la única vez que ha modificado su rictus habitual por una sonrisa generosa, y ella brotó solo para burlarse de su vicepresidente hasta el golpe del 5 de abril de 1992.
Esa anécdota habla bien de Máximo San Román, porque es preferible que cortara el salame y no tuviera un papel protagónico en aquellas reuniones turbias, de complots, corrupción e intrigas. ¿De qué otros asuntos podrían conversar Montesinos y Fujimori?
Ser visto como el mozo de rasgos andinos, con un impresionante desprecio racial, habla bien de un empresario que no necesitaba del Estado para enriquecerse como si fuese una garrapata. A diferencia de Montesinos, no ha sido abogado de narcotraficantes. A la luz pública, es un empresario exitoso.
Máximo San Román representa lo contrario de la dupla Fujimori-Montesinos. Él es un buen ejemplo de los peruanos que salen adelante, incluso sin promoción estatal, como tantos en los últimos años. Fujimori-Montesinos, más bien, son unas sanguijuelas que succionan la sangre del Estado, lo horadan, lo corrompen y lo convierten en una cáscara que solo sabe extorsionar, asesinar y robar. Y tienen, además, el cuajo de burlarse de un cusqueño trabajador.