Por Laura Gil. "El Tiempo" de Bogotá
El presidente Álvaro Uribe mostró audacia en la guerra; llegó el momento de mostrar audacia en la paz. Con el rescate de 15 secuestrados confirmó una vez más que sigue "lleno de tigre". Solo un líder es capaz de asumir riesgos y el presidente Uribe lo hizo en la mitad de una mala racha manifiesta: la pérdida de una sola vida podría haber agudizado aun más las consecuencias políticas del enfrentamiento con la Corte Suprema de Justicia.
En plena crisis institucional, Uribe desafió a los familiares de los secuestrados, que se oponían al rescate militar; desafió a la oposición política, que le hubiese cobrado un error fatal con creces; desafió al presidente Sarkozy que, a nombre de quién sabe qué autoridad, le había prescrito el uso de la fuerza; y desafió al presidente Chávez, quien llegó a poner el futuro de las relaciones bilaterales a merced de su mediación en el acuerdo humanitario. La apuesta pagó.
En palabras de Ingrid Betancourt, la rehén más popular del mundo, "la operación militar resultó perfecta" y su valor simbólico constituye un hito. Probó que sí se puede rescatar, devolvió confianza y optimismo a los colombianos y evidenció el profesionalismo del ejército y el agotamiento de las FARC. Quizá también permitirá recomponer el escenario regional. Si el movimiento bolivariano contaba en las FARC como punta de lanza en Colombia, ¿podrá seguir haciéndolo? Frente a la debilidad manifiesta de la insurgencia, ¿considerarán algunos jefes de Estado que vale la pena continuar apoyándola? Ingrid Betancourt exhortó a los presidentes Chávez y Correa a respetar la democracia colombiana. "Nadie eligió a las FARC", afirmó. ¿Escucharán su llamado?
Está claro que las FARC se están desintegrando. La política de las recompensas pone en eficiencia lo que le falta en cuantía ética y la inteligencia humana cada día produce mayores frutos. La importancia nacional e internacional de este golpe no escapará ni a la base ni a los mandos de las FARC y más deserciones son de esperarse. La posibilidad de un acuerdo humanitario sigue viva pero ya no en los términos exigidos por las FARC.
A pesar de ello, nada indica que las FARC estén derrotadas hoy y una victoria definitiva es poco probable. Entre 7.000 y 9.000 hombres continúan en armas y quedan aún muchos rehenes en cautiverio. El peor escenario es aquel de la fragmentación de las FARC en pequeñas bandas criminales anarquizadas. Por eso, es necesario efectuar una propuesta de paz generosa cuando todavía queda algo de mando y disciplina en las FARC. No basta con ofrecer una paz que se reduzca a dejar las armas y repetir hasta el cansancio que el Gobierno está dispuesto a dialogar. Son tantas las reformas por hacer en Colombia que bien podrían salir de Casa de Nariño algunas propuestas de discusión política con las FARC. Si ellas no están lo suficientemente politizadas, vale la pena hacer un esfuerzo por llevarlas al campo del discurso político.
Los últimos tiempos han dado razones para creer que no queda nada de la tal ala política de las FARC. Si existe, este es el momento para dar un paso al frente. Es inconcebible que una guerrilla que se denomina a sí misma revolucionaria lleve años sin poner una sola propuesta política en la mesa. Como mínimo, le debe al país la liberación inmediata de los demás secuestrados y la renuncia al secuestro como arma de guerra.
Si las FARC no aprovechan esta oportunidad para que entre todos construyamos un país mejor, habrán dejado solo sangre en este largo camino de más de cuarenta años. Y, mientras las opciones hacia el futuro se decantan, solo queda decir: bienvenidos a casa.