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¿Qué Gabinete necesita el Perú de hoy?

Por: Juan Paredes Castro |

Si no hubiera estado de por medio la renuncia de Luis Carranza a la cartera de Economía y Finanzas, quizá no estaríamos hablando, como se habla ya, de cambios en el Gabinete Ministerial.

No es que no haya necesidad de hacer cambios. Lo que pasa es que uno de los principales aciertos del presidente Alan García, de vuelta al gobierno, ha sido la estabilidad (no el entornillamiento) de su Gabinete, al que lo quiere alejado de las crisis que tradicionalmente caracterizan a los gobiernos democráticos populistas.

García se ha negado también a que cada sillón del Gabinete pase por el turno del partido de gobierno, habituado a ejercer presiones todo el tiempo, sin importarle el requerimiento de acreditación de competencias que demanda un cargo ministerial.

Un país en crecimiento como el nuestro no puede estar sujeto a cambios ministeriales de 28 de julio ni de 25 de diciembre necesariamente. Ello sabe a rancio. Los cambios deben corresponder a circunstancias muy bien definidas y justificadas, desde las razones personales como las expresadas por Carranza hasta las otras de desgaste político comprobado e irreversible. Pueden existir motivaciones distintas, pero la gestión de un Gabinete debe responder a velocidades, ritmos y resultados que garanticen aquello que siempre reclamamos: ¡que el país funcione!

En gobiernos con sistemas políticos estructurados y burocracias meritocráticas, los cambios en los gabinetes no siempre afectan el funcionamiento del Estado. Desde un viceministro hacia abajo, todas las tuercas y tornillos de la administración pública operan bien. En este lado del mundo cada cambio ministerial arrastra mucha gente hacia fuera y mucha gente hacia adentro, no precisamente meritocrática y más bien partidaria. De ahí que se requiere un aprendizaje en estabilidad ministerial bien entendida, que de ninguna manera debe significar la conservación de la incompetencia.

Los cambios de Gabinete que vengan deben, pues, inscribirse en la tónica de un equipo competente, articulado y confiable, que no sea el producto de la improvisación política ni del relleno partidario ni del pago de facturas electorales o amicales.

Los puestos ministeriales no son tampoco para celebrarlos a la entrada ni llorarlos a la salida. Implican trabajo honesto y sacrificado y responsabilidad política que hay que aprender a asumirla con la renuncia lista en el bolsillo.

A ver qué pasa en los próximos días, más allá de la olla de presión política en la que hierven los rumores.

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