Por Richard Webb
Hace 17 años se lanzó la idea de una Comunidad Iberoamericana. Se proponía una fraternidad de países europeos y latinoamericanos, de habla española y portuguesa, y que además compartían una historia. Durante 16 años se sucedieron múltiples eventos, incluyendo cumbres de líderes de Estado y reuniones culturales, deportivas y científicas que pasaron mayormente desapercibidos hasta que se realizó la XVII Cumbre Iberoamericana, el año pasado en Santiago, evento que finalmente resonó en todo el mundo cuando el rey Juan Carlos de España soltó su frase "Por qué no te callas" al presidente Hugo Chávez, demostrando así la riqueza de un lenguaje común.
El Fondo Editorial del Congreso ha publicado "Andinos y mediterráneos, claves para pensar Iberoamérica", obra que sirve para reflexionar sobre la hipótesis de una Iberoamérica. Allí se habla de crear un espacio cultural común para 500 millones de hispano-luso parlantes, el mismo que sería la "expresión de una unidad". Entrelíneas, se entiende la creación de un contrapeso al vigor casi avasallador de la cultura anglosajona. Para España, Iberoamérica se convierte en un vehículo de influencia en sus relaciones externas. Algunos ven en la bandera de Iberoamérica un sustento o fuente de energía para la recuperación de los estados nacionales en crisis, y otros, un modelo más humano y más propio que el del estado neoliberal simbolizado por el Consenso de Washington. Si todo lo que crea comunidad es bueno, deberíamos abrazar la propuesta. Un antecedente análogo es la Comunidad Británica, sucesora del Imperio Británico, en el que participan tanto el país colonizador, Gran Bretaña, como 53 otrora colonias que hoy son naciones independientes, entidad que mantiene alguna vigencia y que ha servido para facilitar las relaciones externas y reforzar el compromiso con la democracia y los valores humanos.
La nueva comunidad de Iberoamérica no tiene que ser una relación exclusiva. El modelo para las naciones debería ser el de la vida personal, donde es normal tener una multiplicidad de asociaciones, de practicar una especie de poligamia asociativa. Nuestras vidas se enriquecen con la participación en una iglesia, un club deportivo, la asociación de padres de familia, una entidad profesional, un club provincial y otras formas de asociación con fines prácticos o simbólicos; y hasta de ser ciudadano de más de un país, como resultado de la masiva emigración de peruanos al exterior. El llamado capital social de un país consiste, precisamente, en establecer una variedad de asociaciones que crean relaciones y confianza entre las personas.
Si bien es lógico aprovechar la afinidad cultural de una Iberoamérica, la propuesta tiene un elemento paradójico en tanto que trata de valorizar justamente la cultura que con frecuencia es considerada la causa central del atraso de América Latina. El mismo texto publicado por el Congreso repite la acusación de la leyenda negra del colonialismo: el autoritarismo, excesivo formalismo e incluso racismo que se imputa a la herencia de la península ibérica. También es paradójico pretender que el internacionalismo de una Iberoamérica sirva como instrumento para levantar a los debilitados estados nacionales de América Latina. En casi todo aspecto de la vida nacional está en aumento el contacto y la interrelación con personas, entidades y autoridades de otros países, desde los deportes al comercio externo y los derechos humanos. Esas relaciones internacionales vienen a ser una fuerza centrífuga que gradualmente limita y sustituye al Estado nacional. Una tercera paradoja es que la propuesta iberoamericana vendría a enaltecer la cultura de la raza ibérica, camino que se contrapone con el objetivo del mestizaje. Más que ibérico, América Latina es un continente de andinos, aztecas, mayas, diversas naciones amazónicas, guaraníes, negros, chinos, japoneses, alemanes y de otros europeos no solo ibéricos, y la apuesta principal de la región, en mi opinión, tiene que ser la de crear comunidad, asociación y confianza entre esa diversidad humana.