Por Enrique Planas
La noche de su muerte, segundos antes de que se volara los sesos con su rifle de caza, Kurt Cobain, el líder de Nirvana y representante mayor de la movida grunge, recibe la más increíble visita: Frank Sinatra ha llegado hasta su residencia, enviado por Dios, para evitar su muerte y convencerlo de que vale la pena llegar a viejo.
¿Pero se trata en verdad de Cobain y Sinatra? No precisamente. El dramaturgo mexicano Sergio Zurita desdobla en su lúcido texto a ambos personajes dividiendo al rockero en dos mundos: el Cobain nacido de un hogar en ruinas, agredido por su padre y rechazado por su madre, que huye de su casa para habitar bajo un puente, quien quiere acabar con el exitoso músico, prisionero de su éxito y de la heroína que le facilita su esposa. Sinatra también participa de ese doble juego: el sorpresivo visitante es, en realidad, el futuro fantasma de un Sinatra que aún vive y se dedica a recordar su leyenda grabando discos de duetos.
Detrás de esta situación inverosímil, que solo puede suceder en el fatigado cerebro de Cobain segundos antes de apretar el gatillo, está lo realmente importante para el autor y para un director tan sofisticado como Alberto Ísola: presentar dos formas de vivir y entender la masculinidad: la de Sinatra, el hombre de posguerra, duro, misógino, aparentemente sin complejos ni culpas, incapaz de confesar sus temores más profundos escudado en su traje Armani y con un vaso de whisky; y la de Cobain, el hombre posmoderno, mucho más conectado con su sensibilidad pero a la vez confundido en sus roles, enquistado en la adolescencia y demasiado débil para romper una relación conyugal que, en la tesis de Zurita, fue la que lo condujo a la desesperada decisión final. En un correcto e íntimo montaje, ambas construcciones masculinas se confrontan y enjuician, aunque no queda claro cuál extremo prevalece.
Para encarnar a ambos mode-los, Ísola elige a dos actores igualmente antagónicos en su formación: lleva a las tablas del teatro independiente a Fernando de Soria, quien encarna un Sinatra en apariencia feliz, algo cínico, memorioso de las glorias pasadas, y al joven y versátil Joaquín de Orbegoso, que hace suya la rabia y derrota del prematuramente desaparecido músico. Quizá lo que no termina de engancharnos a la obra sea la falta de química entre ellos. Ambos son representantes de dos generaciones que han tenido poco tiempo para conocerse.
Con la sala de Cobain como único escenario de la puesta en escena, el enfrentamiento entre ambos actores se apoya de forma brillante con una iluminación sutil, precisa e inteligente, que nos lleva a un mundo ambiguo donde la realidad y el delirio disuelven sus fronteras. Es el mundo exterior el que asoma brillante por los resquicios de las ventanas y las puertas, mientras que la penumbra resulta el único espacio posible para que los hombres desnuden sus secretos.