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¿Quién es por fin el vocero real del Gobierno?

Por: Juan Paredes Castro |

Cada 28 de julio representa un ciclo oportuno e interesante para hacer correcciones fundamentales en el Gobierno. Una de ellas podría ser la de ordenar su vocería política, es decir, el modus operandi de su información pública.

Quién dice qué a quién, cómo, dónde y con qué efecto, es más o menos la regla que debería atender con más orden y cuidado el Gobierno a la hora de emitir sus mensajes.

Los voceros principales del Gobierno son sin duda el presidente de la República y su primer ministro. Después de ellos, ¿los ministros pueden hablar en nombre del Gobierno o únicamente de sus sectores? Y cuando hablan en términos generales de políticas presupuestales, y enjuician, igualmente en términos generales, la conducta de ministros y ciertos funcionarios del Gobierno, inclusive con calificaciones peyorativas, ¿lo están haciendo a título personal o como titulares exclusivos de la cartera que representan?

Los mensajes oficiales son importantes y necesarios en la formación de la opinión pública. Y cuanto más claros y coherentes sean, mejor. Pero para que ello ocurra el Gobierno tiene que empezar por ser claro y coherente hacia adentro, de manera que pueda serlo después hacia fuera.

En principio nos enfrentamos en el Perú --y esto se hace extensivo a América Latina-- a la vieja tradición de ausencia de voceros que no sean el propio presidente, el propio jefe del Gabinete y los propios ministros.

George W. Bush no se desgasta hablando ante la prensa porque cada semana tiene a un vocero que sale a hablar por él. A Alejandro Toledo, gran amigo de Bush y seguidor de muchas prácticas democráticas estadounidenses, se le ocurrió un día tener un vocero de prensa. Eligió al sociólogo Carlos Urrutia. Seguramente lo iba a hacer muy bien. Pero la noche de su estreno alguien ajeno a Toledo pidió revisar el texto que Urrutia iba a leer ante los periodistas. Urrutia renunció de inmediato y acabó como embajador del Perú en Venezuela. Acabó también, por supuesto, la vocería de Palacio de Gobierno de entonces.

Los mandatarios no tienen que tenerles miedo a la prensa ni al sistema de vocería, que es muy bueno y frena la peliculina y el desgaste político de dignatarios y funcionarios. Tienen que tenerles miedo, en todo caso, a sus propias palabras. Muchas veces puestas fuera de orden del propio Gobierno, de la naturaleza de las cosas o de sus formas y significados reales.

El Gobierno no tiene que hacer de sus mensajes una torre de Babel cotidiana ni caer en el pernicioso autismo que caracteriza a algunos de sus miembros.

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