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CONTRACORRIENTE

Con piezas en miniatura conquistan Estados Unidos

Por Gonzalo Galarza Cerf

El taller de los hermanos Romero es la prueba de que el artista cusqueño no necesita ceñirse a lo que dicta la moda andina destinada al público extranjero para triunfar: en una de las cinco plantas de su centro de operaciones hay muñecos del señor galleta de jengibre que aparece en la película "Shrek", osos pandas de colores, hombres de nieve, calaveras y una serie de animales del tamaño de la uña del dedo. Son cuentas, esas piezas de cerámica cuyo trabajo pone a prueba el alcance de la vista y la destreza en las manos del artesano. Esas que en algún momento vendían a Disney World y que hoy están tomando dimensiones mayores en el mercado estadounidense. Esas que contribuyen a incrementar el prestigio de la artesanía peruana en el mundo.

La historia de cómo tres artistas obtuvieron la fórmula de éxito y se convirtieron en reconocidos empresarios exportadores puede sonar al inicio a cuento de hadas, pero tiene en realidad mucho de esfuerzo, sacrificio y dedicación. Germán y Armando, los mayores del clan Romero, empezaron su taller con un pequeño capital de la jubilación de su padre, que siempre los apoyó, como cuando eran chicos y vivían en Calca, y los dejaba utilizar las instalaciones del Banco de la Nación, su centro de trabajo, para que hicieran sus primeras creaciones.

Recorrer la casa-taller de los Romero es oler y palpar la industrialización, la formalidad de unos jóvenes que tuvieron que ir a las tiendas del centro de la ciudad en busca de trabajo tras descubrir que los equipos que habían adquirido estaban malogrados. Era inicios de la década de los noventa y la familia estaba en una situación crítica. Su padre había dejado de laborar y el dinero se había esfumado. Entonces, atrapados por la influencia local, los Romero empezaron a subsistir haciendo dibujos costumbristas y cerámica inca hasta que apareció un ciudadano estadounidense: Odette, el primer judío.

Con él sus piezas de cerámica fueron a parar a Disney World: muñecos de Bugs Bunny y Willy, la célebre ballena de la película que vivía en cautiverio, estaban en las tiendas del parque temático de Orlando. También letras pequeñas que posteriormente se convirtieron en un producto masivo en el Cusco.

La relación con su cliente duró poco tiempo y otra vez volvieron a lo mismo. Hasta que un día del año 95 apareció un sujeto de cabello largo con aspecto de hippie que cantaba y bromeaba con ellos.

Ese hombre era Jeff Pines, el segundo judío que aparecía en sus vidas. La primera vez compró con 100 dólares algunas piezas que encontró en la mesa de la antigua casa-taller. Los Romero pensaban que era un sujeto informal, un estadounidense de paso. Hasta que volvió a los tres meses con una suma considerable y diseños para fabricar.

Con él abrieron los ojos y encontraron el camino: "Lo andino y lo precolombino estaba bien, pero era un mercado muy saturado. Los símbolos universales, en cambio, son muy comerciales y es un mercado inagotable. Los artesanos no se dan cuenta".

Las palabras de Germán explican la razón por la cual hay un diminuto gato chino de la fortuna, budas, cruces y estrellas de David en algunas de las mesas donde trabajan sus treinta empleados fijos. Otros diez lo hacen al destajo en sus casas.

En los distintos ambientes del lugar uno encuentra maquinarias para hacer figuras como el pantógrafo cuyo valor asciende a 40 mil dólares. También prensas y hornos de distintas dimensiones, una estampadora, un torno y una caja rectangular donde se usa la milenaria técnica oriental llamada rakú, la cual es empleada con hojas de eucalipto recogidas en los bosques de Santa Ana, en el Cusco.

Este último arte lo aprendieron gracias a un maestro que les envió Jeff, su cliente y amigo. Con él también llegaron las maquinarias y se trasladaron hasta donde están ahora. "La gente piensa que hemos encontrado un tesoro inca o que mi papá es huaquero. Incluso que estamos en el narcotráfico", cuenta Germán.

Las más de cien mil piezas que exportan mensualmente van a parar a collares y pulseras que se venden en tiendas del mundo entero; algunas veces combinadas con productos de la India o la China. Cuentan que en algunos colegios estadounidenses están utilizando sus figuras de animales y las letras para enseñarles a los niños, que en Los Ángeles sus productos están liderando las ventas en cerámica por encima de Japón y China. El día que los visitamos una joyera peruana les dijo que había visto sus diseños en una de las mayores ferias de minerales y fósiles del mundo realizada en Arizona.

Los hermanos Germán, Armando y Fredy aún no parecen tomar en cuenta la dimensión de su empresa. Su trato cercano y cordial, y su vestimenta informal revelan que están más cerca de una relación horizontal con sus empleados y alejados de convertirse en empresarios cuyo solo objetivo es la maximización de sus utilidades. Dicen que han venido otros clientes de Estados Unidos a ofrecerles más dinero, pero han rechazado esas propuestas. La lealtad con Jeff es inquebrantable.

Su taller no solo es un medio de vida para 40 familias cusqueñas, también ha sido reconocido por la Cámara de Comercio del Cusco y otras instituciones que les envían cartas donde los felicitan y los invitan a recoger su premio previo abono de una considerable cantidad de dinero. Ellos prefieren mantenerse ajenos a esos eventos.

La administradora es su madre. "Nosotros éramos más los loquitos que estábamos pintando y esculpiendo", dicen los hermanos Romero, quienes en 13 años han encontrado la fórmula para vender sus productos sin alejarse del arte: "Cuando vemos nuestras piezas en tiendas de todo el mundo por Internet nos parece increíble. Y dice: cerámica peruana".

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