Por Fernando Vivas
A diferencia de muchos colegas, no me pareció impropia la actitud del ministro Ántero Flores-Aráoz de pedir a su procurador que empapelara a Leysi Suárez, al fotógrafo que hizo clic y a la directora de la revista "D'farándula". No le hubiera aconsejado hacerlo, no lo celebro y ha sido tan fallida su gracia que dio publicidad a lo que pretendía combatir; pero no ha sido un acto impropio.
Como muchos periodistas, defiendo con garras mi libertad de expresión y he hecho algunas provocaciones, pero en la convicción de que lo único que las justifica es aportar una idea a un debate nacional, ampliar la frontera de la tolerancia o ayudar a la convivencia. Y si en el intento cae un abucheo, una réplica airada o una acción judicial, pues hay que dar la cara y afrontarlos. No existen los provocadores cobardes ni los crematísticos.
Pues Leysi no merece ninguna de estas consideraciones. No es una provocadora sino una fresca que ha pretendido aumentar su fama y sus ingresos a costa del escándalo hueco, en complicidad con una pareja que responde a esa misma filosofía: Daysi Ontaneda, directora de la revista, y Mauricio Diez Canseco, el esposo que la financia, político frustrado, empresario inescrupuloso y ex funcionario público que debiera saber muy bien para qué sirven los símbolos patrios. Tan frescas y tan limitadas para cualquier otra cosa que no sea el cálculo monetario son Daysi y Leysi, que una se escondió de la prensa mientras contaba las ventas en los kioscos y la otra se corrió de una polémica con Mercedes Cabanillas y ni siquiera tuvo la nobleza de ofrecer explícitas disculpas, sino dárselas en privado a un ministro célebre por su coquetería. Aquí el único inocente es el caballo.
El mejor y más eficaz castigo para Leysi es la indiferencia. Su feo negocio es hacer escándalo para venderse en una foto que de artística tiene poco o nada. Y mal se hace en compararlas con otras fotos de vedettes envolviendo el cuerpo en la bandera, pues aquí no es esa sensualidad lo que primero salta a la vista sino el poto sobre el escudo. Y no hablaría más del tema, para no darle al trío en su trajinada yema del gusto, si Ántero no lo convertía en polémica noticia.