Edición impresa

  • Imprimir página
  • E-mail
  • Aumentar texto
  • Disminuir texto
  • Favoritos
  • Mr. Wong
  • Delicious
  • Menéame
  • Google
  • Facebook
ECONOMÍA. EMPEZÓ A LOS 8 AÑOS

Magaly Silva hace los mejores tamales del Perú

Por Antonio Orjeda

Tamalera como su madre, abuela y bisabuela, Magaly rompió la cadena de pobreza que parecía signar a su familia. Ellas los preparaban porque no tenían otra alternativa. Magaly, no. Alguna vez pensó ser cosmetóloga. Para felicidad de nuestros estómagos, no fue así.

En estas Fiestas Patrias, querido lector, le servimos una historia que sabe a Perú...

Gastón Acurio dice que usted hace los mejores tamales del Perú.
Sí, y seguramente él ha entrevistado a muchos tamaleros, ¿no?

Empezó a los 8 años, ayudando a su madre.
Más a la fuerza, que por ganas...

¿Cómo es eso?
Es que mi padrastro se quedaba en casa. Él era un hombre cruel, y yo no me quería quedar con él.

Usted es la última. La mayoría de sus hermanos no ayudaba a su madre. Uno de ellos incluso decía que no lo hacía porque él no era un 'negro tamalero'.
Sí, mi hermano el Filo... Mi mamá les decía: "Ayúdenme, ¡muelan el maíz!". Nada. Ellos comían, pero no ayudaban a vender.

Algunos de ellos hoy son drogadictos, otras son unas holgazanas. ¿Por qué usted no?
Lo que me ayudó fueron mis seis años en la cuna. Ahí, las monjas me dieron mucho amor. También me enseñaron a retribuirlo. Yo llegué a ellas a los 8 meses.

Claro, para prevenir que su hermano le contagiase de polio. A su madre le plantearon que era mejor llevarla a una cuna. Allí, unas monjas canadienses la educaron hasta los 6 años.
Sí. Yo ahí fui muy feliz.

Eso le salvó la vida.
Eso rigió mi futuro. Lo que mi madre me dio, fue un complemento.

Lo peculiar de esas monjas era que no repetían que todo se lo debemos a Dios, sino al esfuerzo de uno mismo.
Exacto. Ellas te preparaban para la vida.

Comenzó a ayudar a su mamá. Vendiendo tamales peinaban todo Comas.
Hasta Collique, caminando.

¿Cómo terminaban sus pies?
Llenos de heridas, ampollados; con los zapatos a veces rotos en la planta... Pero yo me quedaba callada, porque decía: "Si me quejo, seguro me quedo en la casa, y ahí está Ardiles (su padrastro)". Y así, ampollada, salía al día siguiente.

Los tamales de su mamá eran buenos. ¿Por qué entonces no progresaron económicamente?
Había muchas cosas que a mi madre le restaban: tenía demasiados hijos, y ninguno la ayudaba. Además, mi madre no tuvo suerte en el amor: mi padrastro era un holgazán, trabajaba uno, dos meses al año... Había demasiadas bocas y muy pocos cerebros, porque si alguno hubiese dicho: "Madre, tú haces buenísimos tamales, vamos a hacerles publicidad...".

¡Cierto! En lugar de ver como un problema el que fuesen muchas bocas, pudieron explotar el que contaban con muchas manos.
¡Claro! Pero eso no se daba.

Las hermanas de su madre, en cambio, sí progresaron.
¡Por supuesto!

Lo irónico, sin embargo, es que el progreso implicaba dejar de ser tamalera. Como si serlo fuese...
Algo humillante. Sí, en algún momento una de mis tías se peleó con mi mamá y le dijo: "¡Tú sigues siendo tamalera!".

Usted, más bien ha declarado que: "Los tamales tradicionales tienen el valor de las artesanías; y son mejores que el resto, pues llevan el cariño de las tamaleras".
Un tamal se pierde cuando deja de ser hecho con las manos. Son las manos las que te dicen cómo está el tamal: amasando en la batea tú te das cuenta si está a punto. Eso no ocurre cuando lo pones en una amasadora. Hacer un tamal es una cosa humana. ¿Echarlo en una máquina para hacer esos tamales que se venden en los supermercados? Yo a veces los compro para ver cómo están, y me llevo una decepción.

Sin embargo, tres años atrás usted planeaba vender su casa para poner un negocio de ¡cabinas de Internet!
Sí (ríe)... Pero no para dejar el tamal, sino como una catapulta: para poder tener un taller, totalmente implementado, con publicidad y todo eso. Para llegar a todos los sectores sociales. Pero me puse a pensar y dije: "No, Magaly, mejor quédate con tus tamales".

Tres años atrás, también su vida cambió: nació Génesis, su hija.
Nació en el mejor momento, cuando creí que mi vida no tenía sentido... Me apareció un cáncer. ¿Quién me iba a apoyar?

Su vida ha sido dura. Su madre era una mujer violenta, a uno de sus hermanos le quemó los pies con la plancha.
Mi mamá decía: "¡Agárrenlo!". Y todos lo chapaban para que ella lo castigara...

A usted le dijo: "Por qué no te ahogué cuando naciste".
En una de esas confrontaciones que tuve con mi padrastro, yo la culpé a ella: "Mis hermanos son así por ti, porque tú has permitido que este hombre entre a esta casa a hacernos daño, a quebrarnos el espíritu. Mira ahora lo que son ellos: drogadictos...".

A diferencia de ella, usted no se ha llenado de hijos.
Yo dije: "Voy a tener un hijo a los 30 años. Pero uno, nada más". Mis hermanas se burlaban, porque tienen cinco, tres hijos...

Estaba en su tercer mes de embarazo cuando le diagnosticaron el cáncer.
Sí. Los médicos me recomendaron un aborto clínico. Yo dije no. Conversé con Héctor (su compañero, padre de Génesis y su brazo derecho en la elaboración de tamales) y le dije: "Si Dios me está dando esto, es por algo, ¡me está dando vida!". Con el cáncer, yo me habría muerto, se me habrían ido las ganas de luchar. En cambio, cuando me decidí a ser madre, ¡el cáncer pasó al último plano!

¿Qué tipo de cáncer tiene?
En un comienzo, al cerebro. Ahora me tengo que volver a tratar, pero ya no pienso pasar por una quimioterapia: voy a viajar a Brasil, pienso llevar un tratamiento natural. Me he contactado con dos personas a las que ya las habían 'dado de baja', y que ahora están allá, ¡muy bien! Aquí, la nutricionista Maritza Vera me ha dado unas cosas y me ha levantado, estoy ¡con unas pilas! Mi ánimo es otro.

Y sigue trabajando.
Sigo en mi esquina.

Su caso ha movilizado a importantes chefs que están viendo cómo apoyarla económicamente.
Sí, estoy muy emocionada y muy agradecida con todos ellos. Son ángeles que Dios ha puesto en la tierra.

Pero ellos no la apoyan solo porque haga tamales ricos, sino porque usted es un ser valioso.
Sí, ellos dicen que yo soy un símbolo del tamal y del esfuerzo.

Cuando su mamá llegó acá (a lo alto de un cerro en Comas), esto era un arenal. Vivían en esteras. Hoy es una casa linda, de material noble. Esto lo ha logrado usted. ¿Cómo se siente?
Mi madre dejó esta casa de un piso. Recuerdo haberla visto llorar porque no tenía para hacerla techar. Llovía y nos pasaba la lluvia... Yo le decía que no llore. Ella sufría, decía que uno, porque es negro, es el 'más último'. Yo le decía que no, ¡que eso pasa con el negro que se deja! Yo le dije que iba a luchar. En su tumba le dije que con el tamal le iba a hacer no uno, sino dos, tres techos... y lo estoy cumpliendo.

Usted es una mujer batalla.
¡Es que la vida es eso! Desde chica aprendí que para llevarme una fruta a la boca, tenía que vender un tamal; si quería una gaseosa, tenían que ser dos tamales... y ahora, mi hija es consciente de eso. Ella, cuando no hay clases, acomoda los tamales en las jabas. Ella ya tiene una idea de lo que es el negocio familiar.

¿Quiere que ella siga su labor?
Depende de ella. En lo que sí voy a ser exigente es en que tiene que ser la mejor; porque profesionalismo es eso, no necesariamente ir a una universidad. Cuando tú entregas lo mejor de ti, ¡eso es ser profesional! En una reunión de Apega (la Asociación Peruana de Gastronomía, que encabeza Gastón Acurio) todos se paraban, se presentaban y decían todos sus títulos, yo me paré y les dije: "Yo soy Magaly Silva, tamalera profesional"; y todos me aplaudieron.

¿No se aburre de hacer tamales?
¡Nooo! Esto a mí me alimenta día a día. Cuando tú haces lo que te gusta, no te aburres... Yo siempre digo: "Hacer tamales es como hacer el amor".

  • Imprimir página
  • E-mail
  • Aumentar texto
  • Disminuir texto
  • Favoritos
  • Mr. Wong
  • Delicious
  • Menéame
  • Google
  • Facebook