Por Rolando Arellano. Doctor en márketing*
Algunos analistas plantean que para detener la inflación, y así proteger la economía de los más pobres, debe forzarse la disminución del consumo. Antes de actuar, quizá los expertos deban tomar en cuenta la influencia de esta medida en la psicología de los consumidores, más aun dado que el presidente en su último mensaje a la nación señaló que "la patria vive un momento en que depende de su energía psicológica para dar un gran salto al desarrollo".
Recordemos que una ley de la economía dice que si la gente tiene más ingresos, demandará más productos y servicios. El problema es, por cierto, que la mayor demanda hace subir los precios. Parece difícil entonces hacer crecer sustantivamente el ingreso y el bienestar de la población sin que ello acarree una elevación de los precios. Más aun, es de esperar que la subida sea mayor cuanto mejor se distribuya la nueva riqueza, pues si el mayor ingreso beneficia prioritariamente a los más ricos es posible que una parte se destine al ahorro, pero si el incremento se da en los más pobres, este se convertirá rápidamente en gasto --alimentos, habitación o vestido-- para mejorar su nivel diario de vida. A más 'chorreo' más inflación.
¿Qué acciones de tipo psicológico deberían entonces acompañar a las medidas económicas, para que ello no mine el bienestar percibido de los peruanos, sobre todo de los más pobres?
Pensamos en por lo menos tres campañas dirigidas a cambiar las actitudes de los peruanos frente al crecimiento y las alzas. La primera sería para orientar a los peruanos hacia un consumo preferencial de aquellos productos que generen menos inflación. Hacer que la gente privilegie los productos con menor contenido importado, los que usan más eficientemente la energía y los que sirven para generar más riqueza, haría que la inflación crezca menos rápidamente.
La segunda estaría orientada a disminuir la impaciencia en el consumo, transmitiendo la importancia del mediano plazo para lograr mejores resultados. Es difícil pero no imposible, pues existen ejemplos internacionales como el de Japón, cuya población entendió que era necesario un sacrificio inicial para lograr más desarrollo, y también ejemplos domésticos, como el del ama de casa que sabe que no puede comer sus potajes mientras los cocina.
En tercer lugar, actuando no solo para hoy sino para mañana, debería hacerse una campaña para informar a la población que a diferencia de la inflación de los años 80, producto del mal manejo de la economía, esta es una inflación derivada de nuestro crecimiento y de problemas importados. ¿El objetivo principal? Evitar la hiperinflación por expectativas, que originó la espiral inflacionaria de esa época, donde todos, pensando que iban a subir más los precios, elevaban día a día los suyos.
¿Pero solamente disminuir el consumo de manera coercitiva? No, a menos que se quiera una población con descontento creciente y poca "energía psicológica para el gran salto al desarrollo".
* CENTRUM / ARELLANO MÁRKETING, INVESTIGACIÓN Y CONSULTORÍA