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DÍAS DE FERIA

Al rescate del placer de la lectura

Por Julio Ortega

Una bella amiga me pregunta, acabada la Feria del Libro de Madrid, por qué los escritores escriben tánto. Lamenta carecer de tiempo para todos, dice, pero intenta leer, no sin sobresaltos, a los 89 escritores del Festival de Bogotá. Para consolarla, yo le respondo que leer es, más bien, un placer. ¿Cómo leer estas vacaciones a esos 98 jóvenes narradores y no dejar de leer a los 108 que se demoraron en Madrid? ¿Y no tendría que leer traducciones, autores premiados, obras completas, y algún clásico? Incluso estas preguntas, dice, las ha leído en alguna parte.

No leemos, le respondo, para confirmar la fugacidad, sino para demorarla en el destiempo de los libros. Cualquier página leída contradice al tiempo. Proust, es cierto, necesitó 10 mil páginas, y le dedicó cuarenta a una cena y un párrafo a una vida. Creer que la lectura es puesta en cuestión por la multiplicación de los libros es una falacia: equivale a creer que la sobreproducción avícola nos quita el apetito. El mejor mapa del mundo no es del tamaño del mundo. La Revolución francesa, tal como la conocemos, jamás ha ocurrido. Para no abrumarla de citas ilustres, concluyo: leemos gracias al azar favorable, en esa intimidad, libres del lugar común.

Por lo mismo, puedes dejar de leer sin pena aquello que no ha sido escrito para ti, sin creerte culpable, y, mucho menos, personalmente ofendida. Es cierto que los escritores escriben demasiado, pero debe ser porque buscan tus ojos, sin saber que desdeñas las confesiones que abusan de la primera persona y prodigan la casualidad. Después de todo, como dijo un escéptico inglés, los escritores suelen ser una clase de gente que no siempre vale la pena conocer, muy pocas veces escuchar y casi nunca leer. Lo peor de la lectura actual, en verdad, no es la profusión de libros ni los festivales de escritores, sino el punto de saturación. Si alguien publica todos los días, damos sus textos por leídos. Peor que el horror al vacío es el énfais de lo reiterado. Lo primero, al menos, produjo el Barroco; lo segundo, la literatura excesivamente cotidiana, municipal y digital.

Cada comienzo de curso, pregunto a mi clase: ¿Alguno de ustedes no ha leído todavía El Quijote? ¿Alguien no ha leído aún Cien años de soledad? Y a las tímidas almas que levantan la mano les digo: ¡Qué envidia, no saben lo que les espera! Los que sí los han leído miran a los ignorantes con admiración. El primer día de clases, en Lima, Luis Jaime Cisneros, discípulo de Amado Alonso en Buenos Aires, nos leyó a los 300 alumnos una página de "El Aleph" de Borges. Sentí que yo estaba solo en ese auditorio. Y recordé la misma emoción, en la escuela, cuando el maestro nos leyó, mientras paseaba, una canción de Garcilaso. No me sorprende que Vicente Aleixandre descubriera que era poeta el día que escuchó un verso de Rubén Darío. O que José Watanabe creyera que La voz a ti debida, de Pedro Salinas, era un don que se le hacía deuda.

Mi amiga se demoró en su propia fábula de lectora. Le propuse ésta otra: En México, al bajar de un taxi, me di cuenta que olvidaba mi libreta de notas. Era una de esas agendas optimistas que dedican una página en blanco a cada día. Yo había apurado poemas, relatos, sueños y reflexiones. Vi que el taxi se alejaba y pude haberlo alcanzado y recuperar mis escrituras; pero dudé. ¿Y si lo dejaba ir? Sentí el extraordinario alivio de no tener que escribir. Transcribir, revisar, copiar, son labores placenteras y dignas, pero dejar de hacerlo era más prometedor. No creí fuese pérdida lo que parecía tributo.

De modo que estas vacaciones, no será preciso cargar con el bolso crecido de las novedades obligatorias. Y tampoco leer la prosa lánguida de los cronistas que leen en la piscina novelas en las que alguien lee en la piscina. Hay una página escrita para ti, donde te aguarda la luz de la atención. Ese libro se enciende porque encuentra tu voz. El mundo se torna legible, más real.

Tu lectura es todo lo que la literatura necesita.

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