Por Alberto Servat
Siempre he tenido desconfianza de la adaptación teatral de determinado material literario, como es el caso de los cuentos y novelas cortas de Anton Pavlovich Chéjov (1860-1904). Y mis temores encuentran fundamento con "Ese extraño animal", de Gabriel Arout (1909-10982), dirigida por Ruth Escudero y que podemos ver en la Alianza Francesa de Miraflores.
El principal problema que encuentro comienza con un material original cuya aparente sencillez no es sino una trampa que nos tiende el mismo Chéjov y que esconde un complejo subtexto. Por ello, pensar que su obra se reduce a burlarse de un burócrata aquejado de gota o de una joven cazafortunas que viaja en tren es simplificar hasta el absurdo una obra monumental.
No conozco a fondo el trabajo de Gabriel Arout pero es evidente que suma su ingenio personal para articular las historias de Chéjov. La selección de piezas parte de dos monólogos que dejan en claro que estamos a punto de ver una nueva versión de la batalla de los sexos. Superficial, es cierto, pero la puesta en escena de Ruth Escudero no ayuda a que sea de otra forma. Principalmente porque cae en la tentación de hacernos reír cuando debería hacernos sonreír, que es muy diferente. La sutileza de Chéjov se convierte así en una sucesión de gags inoportunos que crean un desorden total sobre el escenario.
Dada la selección, el nivel de las historias es desigual, aunque no encuentro ninguna escena especialmente lograda. Es más, casi todas son reducidas al nivel del 'sketch'. Tal vez "La corista" se destaque del conjunto del primer acto debido a que está concebido como una farsa social y la estilización incluye al vestuario, la disposición de elementos del escenario y enfatiza los tonos impostados. Allí estaba tal vez la clave que debió seguir la directora para hacer de este un espectáculo genuino y personal. Pero todo se queda en unos breves momentos.
Otro aspecto que debilita el trabajo es la traducción y adaptación a la escena limeña, con un vocabulario demasiado cercano a nosotros en el que los nombres y términos rusos resultan tan postizos que le restan seriedad a la propuesta.
Finalmente los actores. Y hay que decir que no hay manera de interpretar a Chéjov sin tomar serios riesgos. He visto naufragar proyectos más ambiciosos como la más reciente representación en Broadway de "El tío Vanya" (2000) bajo la dirección de Michael Mayer. Era una puesta en escena que carecía del ritmo apropiado porque se concentraba tanto en la acción de la obra que planteaba momentos exaltados donde no debería haber sino pausas y enfrentamientos emocionales más controlados. Como resultado, actores tan experimentados como Derek Jacoby, Roger Rees y Laura Linney lucían inadecuados a las exigencias del texto.
En el caso de "Ese extraño animal" los actores poco pueden hacer por controlarse en escena. Los cuatro miembros del reparto lucen desiguales en todo momento y ponen de manifiesto las debilidades de su directora para crear un trabajo armónico y de conjunto.
Entre todos, la presencia menos oportuna es la de María Angélica Vega, cuyas ganas de "actuar" son difíciles de controlar. No creo que todos los actores tengan la obligación de ser versátiles, pero en una obra como esta deben serlo. Vega no lo es e interpreta con el mismo registro a una virgen y a una corista. Tener entusiasmo y suficiente personalidad para aparecer en escena no convierte a nadie en actriz. Por su parte, Sergio Llusera puede resultar un actor más apropiado para este tipo de exigencias pero, sin la debida dirección, difícilmente puede crear una identidad escénica.
Con Alberto Ísola e Yvonne Frayssinet sucede algo diferente. Ambos parecen verse en la necesidad de cubrir los vacíos con sus respectivas personalidades. Y el problema del histrionismo es que se convierte en una atracción en sí mismo y termina por boicotear la obra.
Así, por ejemplo, el monólogo inicial de Ísola va perdiendo significado a medida que los esfuerzos del actor por dominar la escena hacen que dejemos de concentrarnos en su discurso por observar sus movimientos. Lo mismo sucede con Yvonne Fraysinet, que resulta divertida e incluso encantadora, pero en beneficio de sí misma y no de la obra.
Curiosamente, en el segundo acto nos encontramos con una verdadera sorpresa. La química entre Ísola y Fraysinet resulta muy efectiva pese a la diferencia de estilos. Ambos aparecen bastante más concentrados y menos efusivos, al punto que podrían habernos convencido de sus emociones de haber estado en un montaje mejor concebido. Ojalá podamos verlos nuevamente juntos.