MOSCÚ [AGENCIAS / EL COMERCIO]. Las últimas horas de su vida las pasó junto a su familia. Minado hace meses por la enfermedad, había pospuesto todos los análisis médicos con la excusa del trabajo acumulado. Incluso el mismo domingo de su muerte, a causa de una falla cardíaca, Alexander Solzhenitsin (Kislovodsk, 1918) se ocupaba en la edición de sus obras completas. "De pronto dijo sentirse muy mal", comentó su hijo Stepan al diario "Komsomolskaya Pravda" . Llamaron al médico de urgencia, pero este solo llegó para constatar la muerte del Nobel. Stepan explicó que él y su madre Natalia estuvieron sentados en la cama con Solzhenitsin hasta el último momento. "Junto con mi madre escuché la última voluntad de mi padre", dijo. El pragmático escritor no se distrajo en despedidas tristes o recuerdos nostálgicos, sino que compartió con ellos sus últimas instrucciones para definir claramente qué parte de su obra literaria debía quedar en las manos de su familia.
Para un lector que no conozca la personalidad del escritor ruso, parecería exagerado e incluso egoísta que sus últimas palabras ofrecidas a quienes más lo amaban tuviera que ver con papeles y novelas propias. Sin embargo, este compromiso del creador con su obra, considerándola lo más valioso que ofrecer a su familia, pinta de cuerpo entero a Solzhenitsin, quien más allá de ser una autoridad moral era, fue básicamente, un sobreviviente. No solo porque sobrevivió al cáncer y a un intento de asesinato de la KGB, sino porque reconocía en la escritura su salvadora de los campos de trabajos forzados soviéticos (gulags), donde estuvo prisionero durante ocho años, a partir de 1945. Su crimen: haber criticado al líder Josef Stalin en una carta dirigida a un amigo.
EL NOVEL INCÓMODO
De características largas barbas blancas y aspecto ascético, el premio Nobel de Literatura en 1970 fue uno de los creadores más polémicos en recibir el reconocimiento de la Academia. Para algunos pensadores de izquierda, se trataba de un reconocimiento que privilegiaba más la oportunidad política que la calidad literaria. En verdad, había irrumpido en el ambiente literario ruso solo ocho años antes, en 1962, cuando publicó "Un día en la vida de Iván Denisovich", con la autorización oficial del sucesor de Stalin, Nikita Krushev. Ese fue el primero de sus textos en que describía el sórdido mundo de los gulags. Por cierto, después de su publicación en la revista "Novy Mir", dos ediciones posteriores de un total de 850.000 ejemplares de la novela se agotaron inmediatamente. El escritor había abierto la puerta a una incómoda verdad.
En 1968 esa verdad continuó aireando la cerrada sociedad soviética, con la publicación de "El pabellón del cáncer" y "El primer círculo", obras proscritas durante la ola de represión lanzada por Leonid Brezhnev, quien intentó recortar el proceso de apertura que tímidamente Krushev había iniciado. Cuando fue galardonado con el Nobel, aceptó el premio pero se negó a asistir a Estocolmo por miedo a que no lo dejaran regresar a Rusia. Un miedo fundado, pues el escritor fue condenado al destierro cuando la KGB descubrió en 1974 manuscritos de la novela "El archipiélago Gulag", elaborado partir de la información obtenida de 227 ex prisioneros. Tras una corta temporada en Suiza, se instaló en Estados Unidos, y volvió a su patria 20 años después, tras el derrumbe de la Unión Soviética. Sin embargo, esa nueva Rusia resultaba para Solzhenitsin tan ajena como lo había sido Estados Unidos. El sobreviviente de la Guerra Fría se había quedado sin el terruño conocido al cual volver.
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