Divertido pero hosco, Buñuel publicó al final de su vida un notable libro de memorias bajo el título de Mi último suspiro. A continuación, un fragmento en el que detalla las complicaciones que le ocasionó su juvenil talento para el hipnotismo.
"En aquella época, espontáneamente, me puse a practicar el hipnotismo. Conseguí hacer dormir con bastante facilidad a numerosas personas, en particular al ayudante del contable de la Residencia, un tal Lizcano, haciéndole mirar fijamente mi dedo. Un día me costó muchísimo trabajo despertarle.
Después leí varios libros serios sobre hipnotismo y probé diversos métodos, pero nunca encontré un caso tan extraordinario como el de Rafaela. En un burdel bastante bueno de la calle de la Reina ejercían entonces, entre otras, dos muchachas muy atractivas. Una se llamaba Lola Madrid, y la otra, Teresita.
Teresita tenía un amant de cour, Pepe, un vasco robusto y simpático que estudiaba Medicina. Una tarde estaba yo tomando una copa en la peña de los estudiantes de Medicina del Café Fornos, en la calle Alcalá, esquina a Peligros, cuando vienen a decirnos que en casa de Leonor (así se llamaba el burdel) ha habido un drama. Pep, que veía como la cosa más natural que Teresita le dejara un momento para ir a atender a un cliente, se enteró de que ella se había entregado desinteresadamente a otro. Esto no podía consentirlo y, hecho una fiera, había llegado a pegar a la veleidosa Teresita.
Los estudiantes de Medicina se van inmediatamente a casa de Leonor. Yo me voy con ellos. Encontramos a Teresita hecha un mar de lágrimas y al borde del ataque de nervios. La miro, le hablo, le tomo las manos y le dijo que se calme y que se duerma. Ella lo hace así, quedando inmediatamente en un estado de semisonambulismo, sin oír ni responder a nadie más que a mí Le dijo frases tranquilizadoras, disponiéndola suavemente a la calma y al despertar. Entonces entra alguien y dice algo asombroso: una tal Rafaela, hermana de Lola Madrid, que estaba trabajando en la cocina, se ha quedado dormida de repente mientras yo hipnotizaba a Teresita.
Voy a la cocina y, efectivamente, veo a una muchacha en estado de sonambulismo. Es raquítica, un poco contrahecha y bizca. Me siento delante de ella, le hago varios pases con las manos, le hablo suavemente y la despierto.
Rafaela fue un caso realmente extraño. Un día cayó en trance nada más pasar yo por delante de la puerta del burdel. Puedo asegurar que todo es cierto y que lo he comprobado por todos los medios posibles. Juntos hicimos numerosos experimentos. Hasta la curé de una retención urinaria pasándole suavemente las manos por el vientre y hablándole. Pero el más sorprendente de aquellos experimentos tuvo por escenario el Café Fornos. Los estudiantes de Medicina, que conocían a Rafaela, desconfiaban de mí tanto como yo de ellos. Para evitar cualquier trastada, no digo nada de lo que se prepara. Me siento a su mesa -el café Fornos estaba a dos minutos del burdel- y me pongo a pensar intensamente en Rafaela, ordenándole -sin hablar- que venga a reunirse conmigo. Diez minutos después, con la mirada extraviada, sin saber dónde está, Rafaela aparece en la puerta del café. Le ordeno que se siente a mi lado, ella obedece, le hablo, la tranquilizo y ella se despierta suavemente. Rafaela murió en el hospital, siete u ocho meses después de este experimento, cuya autenticidad afirmo. Su muerte le impresionó y dejé de practicar la hipnosis".
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"Creo que el cine ejerce cierto poder hipnótico en el espectador. No hay más que mirar a la gente cuando sale a la calle, después de una película: callados, cabizbajos, ausentes. El público de teatro, de toros o de deporte, muestra mucha más energía y animación. La hipnosis cinematográfica, ligera e imperceptible, se debe, sin duda, en primer lugar, a la oscuridad de la sala, pero también al cambio de planos y de luz ya a os movimientos de la cámara, que debilitan el sentido crítico del espectador y ejercen sobre él una especie de fascinación y hasta de violación".
*Tomado de: Luis Buñuel, Mi último suspiro (memorias) Plaza y Janes, 1982, pp 68-71
UNA VOCACIÓN INSOBORNABLE
Por Ricardo Bedoya
La obra de Buñuel tiene una vigencia plena y sus películas crecen con cada revisión. Su rasgo central: la fidelidad, insobornable, a su propia visión del mundo.
Fidelidad muy difícil de mantener si pensamos que Buñuel pasó de la vanguardia más radical y provocadora de fines de los años 20 (Un perro andaluz, La edad de oro) a la industria sofocante y niveladora. Desde fines de los años cuarenta, Buñuel trabajó en el seno de la industria mexicana, filmando historias sobre el honor burgués mancillado (La hija del engaño, Él) o adaptando novelas clásicas (Cumbres borrascosas, de la que hizo Abismos de pasión, o Robinson Crusoe) y otras no tan ilustres. Allí aprendió el oficio del cine, a narrar con sencillez, pero sobre todo a dar la vuelta a los estereotipos, invirtiendo los lugares comunes, torciendo las convenciones, encontrando el costado inquietante de los gestos más "normales" o "naturales". Los señores burgueses, dechados de virtudes cívicas y cristianas, de Él y Ensayo de un crimen, se transforman en seres poseídos por los celos y las fantasías homicidas sin perder jamás la compostura ante la sociedad.
En la vejez, sordo como una tapia, y convertido en autor exitoso, siguió haciendo películas intransigentes (Tristana), experimentales (Ese oscuro objeto del deseo), juguetonas y de ruptura (El discreto encanto de la burguesía) a pesar de su superficie amable y su apariencia civilizada.