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CRÓNICA. FUJIMORI EN SU JUICIO FINAL

Los Iracundos, el acusado y Salomé

Alberto Fujimori ha pasado por todos los estados de ánimo en las audiencias públicas, pero en su celda también se da sus gustos. Cantantes lo entretienen y brujas le prometen liberación

Por Milagros Leiva Gálvez

Se pasa Alberto Fujimori. Desde que saltó a la política con su tractor e intoxicaciones bamba por bacalao uno espera sus jugadas, sus cartas bajo la mesa, sus trampas. Sorprendió desde el principio con artimañas. ¿Alguien podría negar su astucia? Ni su hijo Kenji, su más arrebatado defensor, podría esgrimir argumentos. En 1990 lo vimos triunfante, sacándole la vuelta, chino de risa, a su rival Mario Vargas Llosa. Hoy el escritor podría decir que los años corroboraron que quien ríe último ríe mejor, pero don Mario no es de los que se ufanan. Fujimori, además, no le da risa. El último miércoles, mientras se inauguraba la muestra de su vida en la Casa O'Higgins, Vargas Llosa le comentó al director que llevó al cine dos de sus celebradas historias que el cariño lo tenía tan emocionado, que la prensa lo asediaba tanto, que recordó los días de campaña: el tumulto no le dejaba caminar. Pancho Lombardi escuchó su sensación y lo abrazó. El cariño era sincero. Esa misma noche, a varios kilómetros de distancia, Alberto Fujimori dormía en prisión. Dicen que se durmió temprano. ¿Cansado de armar estrategias para defender su amnesia?

Dormía el hombre que disolvió el Congreso y que se reeligió bailando cumbia con su amigo Francisco Tudela que hoy pelea herencia. Dormía el gobernante que fugó y que renunció a la presidencia y a la decencia cuando llegó al Japón. Lo que vino después de la extradición es una coladera de capítulos sospechados. Fujimori tiene un rostro para cada audiencia. Gritó destemplado en su primera sesión que era inocente y lo callaron; torció la nariz cuando el periodista Gustavo Gorriti le espetó sus fechorías; sonrió cómplice cuando apareció su ex asesor Vladimiro Montesinos para rendirle amoroso tributo. El último viernes miró con desdén a quien fue su primer vicepresidente. Máximo San Román le aclaró que no fue su mayordomo y de paso presentó un documento de inteligencia que revelaba que Montesinos sí encargó la matanza de Barrios Altos. Documento que dejó en las manos del mismo Fujimori, dijo su memoria. No hubo necesidad de brujas para adivinar que Fujimori pediría la palabra para negar. Negar, no recordar, guardar silencio y dormir, esos son sus escudos en el juicio final.

Pero no han sido sus siestas espontáneas ni sus silencios calculados lo que ha llamado la atención en los últimos días sino el cambio de su régimen penitenciario. La historia oficial relata que el 9 de junio el INPE reconsideró su situación y le permitió pasar de uno a tres días de visita por semana; pero tuvo que llegar el cumpleaños feliz para que el escándalo estallara. Fujimori celebró sus 70 años con la visita de Gianni Pivetta, vocalista del grupo uruguayo Los Iracundos, quien ingresó a la Diroes para abrazar al festejado, comer torta y cantar. Conocida la serenata, Pivetta declaró iracundo que Kenji no le había pagado, que era una falta de respeto hablar de dinero y que solo había visitado a un amigo (?) en desgracia. Los Iracundos no tenemos bandera política, remató.

Aunque todos se han apurado en lavarse las manos, Leonardo Caparrós, el jefe del INPE, dice que no retrocederá en la decisión. Familiares, amigos, congresistas incondicionales, brujas y afines tienen luz verde. La revista "Caretas" ha publicado trascendidos: la ministra de Justicia (Rosario Fernández), un congresista fujimorista (Rolando Sousa) y el funcionario de la cárcel (Caparrós) tuvieron reunión secreta para resolver la estancia del extraditado. El ministro del Interior también habría conversado durante quince minutos con el extraditado antes de que Velásquez Quesquén ganara la presidencia del Congreso ayudado por votos fujimoristas. El congresista Daniel Abugattas salió a decir que con todos estos hechos (incluida designación de Arana en Foncodes) se sellaba el pacto aprofujimontesinista y Mercedes Cabanillas le contestó que no invente.

Guerra de rumores y desmentidos, lo cierto es que a Fujimori lo visitan brujas. Rosita Chu, que en el pasado le leyó las cartas y le hizo baños de florecimiento, y una anciana de nombre Salomé Ybargüen, quien le pidió al fujimorista Carlos Raffo ir a la Diroes antes de morir porque debía proteger a Fujimori. Es ella quien ha vaticinado que en octubre el ingeniero sale libre. Para el empujón asiste a las audiencias. Se sienta en primera fila, hace sus conjuros y mira a su protegido. Dice que tiene que limpiar el lugar, que hay una energía que debe barrer. Por las dudas, el fiscal Avelino Guillén deja a su diestra un vaso lleno de agua para filtrar maldiciones. La bruja Salomé le ha dicho de todo. Gloria Cano, abogada de la parte civil, no se desprende de una pulsera de cuarzo y también lleva agua, Salomé lo ha maldecido hasta la tercera generación. Para los familiares de los asesinados, Salomé no es más que una cortina de humo porque Fujimori se siente perdido. Que lleve a todas sus brujas, la justicia igual le caerá, dice una de las hermanas pero pide guardar su identidad. Es católica, pero hace contra: no vaya a ser que alguna maldición la salpique.

Raffo sonríe con Salomé y de paso desmiente pedidos: No es verdad que Fujimori haya pedido Direct TV para ver las Olimpiadas Beijing 2008, ha dicho. Lo que no puede negar es que su líder duerme en una celda de 400 metros cuadrados, jardín incluido. Y ya quisieran miles de peruanos tener la misma suerte de contar con tantos metros para el descanso. Es lo mínimo que puede tener un ex gobernante, dicen sus defensores. Que lindo habría sido si durante su mandato se hubiese indignado con la corrupción, los crímenes y las malas artes. Era lo mínimo, ¿no?

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