MAL DE MUCHOS
Por Rafo León
Dicen que Cayetano ha sido el mejor jugador de polo que ha tenido el Perú, y así lo creo, no porque yo conozca en algo al deporte de los reyes sino por un principio de equidad que rige mi visión sobre las leyes de la naturaleza. Lo que quiero decir es que Cayetano en algo debe haber sido el mejor, pues en el resto era bastante peor que lo menos malo. Sus amigos más cercanos decían que no era conveniente dejarlo mucho tiempo solo en las canchas de pasto porque se le venía el ancestro y se ponía a rumiar la hierba; o que cuando se duchaba en lugar de cantar, rebuznaba. Opiniones de buenos amigos, sin duda.
Yo no estuve allí, me lo contó una amiga bastante infidente. Un almuerzo en la casa de la condesa Przrodeka, rancia arequipeña que terminó casada con el conde polaco Przodek, aportando ella la hacienda ganadera y él, los blasones. Las cosas en la etapa de los aperitivos iban de lo más bien, los vinos, los h'ordeuvres, la conversación. En un momento Cayetano quiso cambiar de trago y pasar de un kir a un kir royal, y así se lo indicó al mayordomo que con sus guantes blancos atendía a los invitados. El viejo sirviente de la condesa sintió una puñalada en el corazón, no conocía la diferencia entre los dos cocteles. Y así se lo hizo saber a Cayetano: "Disculpe, señor, no entiendo lo que me está pidiendo". El mejor polista del Perú se dirigió entonces donde la anfitriona y le transmitió su pedido, de paso haciéndole saber lo de Salustio. La noble arequipeña entró en tal furia que las coronas se le comenzaron a bambolear, pero el bueno de Cayetano la tomó del brazo: "Déjalo, no le puedes pedir peras al horno". Mi amiga la infidente creyó haber escuchado mal, y le pidió a Cayetano repetir el refrán. El mejor polista de la historia peruana lo hizo: "No le puedes pedir peras al horno". La infidente lo corrigió: "Oye, el refrán dice no le pidas peras al olmo, porque el olmo es un árbol que no da peras, ¿te das cuenta?". Cayetano, ya con su kir royal en la mano, replicó: "El horno tampoco da peras". Y el almuerzo siguió viento en popa.
La historia de Cayetano corresponde a los años sesenta. Casi cinco décadas después una de sus nietas, a la que me encuentro regularmente comprando en un conocido supermercado, me pide sugerencias para viajar con sus dos hijas en el próximo feriado largo. Le doy mi dirección electrónica para ayudarla mejor. Me lo agradece. Pero yo me quedo con la curiosidad: "Dime, ¿siempre viajas con tus hijas por el Perú?". Daniela me explica que ella es una gran viajera porque sus padres cuando era niña la llevaron al Cusco, a Trujillo, a Iquitos, incluso al Colca, cuando nadie lo conocía, y que ella quiere sembrar el mismo espíritu peruanista en sus hijas, sobre todo desde que el ex marido se mandó mudar con una coquera igual que él y la dejó sin un centavo, por lo que las posibilidades de viajar una vez al año a Europa se hicieron humo. "Genial, le respondo, esas cosas en la experiencia de tus hijas no tienen precio". Daniela se quedó pensando unos segundos, mientras la neurona le hacía una vuelta al ruedo dentro del cerebro: "No, sí tienen precio, el último viaje a Tambopata me costó como quinientos dólares por cada una y José Miguel no me dio ni medio".
Cayetano y Daniela han estudiado en los mejores colegios de la capital, han hecho estudios superiores en el extranjero, él en Utah (no lo aceptaron ni en Carolina del Norte) y ella, en Barcelona. Han comido lo mejor que se puede comer en Lima, desde infantes. Han recibido atención y afecto sin pausa a lo largo de sus vidas, incluyendo la estimulación temprana que sus nanas supieron improvisar. Entonces, si las cosas son así, ¿por qué desafiar a las neurociencias con tanta burrada? Es un misterio más de los limeños, porque si hay algo de certeza en todo esto, es que limeños son, y no hay que pedirle peras al horno.