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LITERATURA HISPANOAMERICANA

Dentro y fuera del canon

Por José Miguel Oviedo

Desde que Harold Bloom publicó su importante The Cannon of Western Literature (traducido como El canon occidental), la palabra "canon" ha invadido el vocabulario crítico de cualquier discusión sobre literatura y aun el de personas que poca relación o conocimiento tienen de ese campo. Es una especie de santo y seña, tanto para ilustrados como para los que no lo son. Ese uso indiscriminado o abusivo ha creado una obsesión entre los escritores e intelectuales: todos quieren estar en el canon (de su país, de su siglo, de su lengua) porque, si no están en él, sienten el terror de no existir más, de haber sido excluidos de la eternidad literaria; es decir, se sienten muertos en vida.

Lo cierto es que -que, pese a su nombre, que evoca una nómina decretada por una suprema autoridad, como la que configura el santoral católico- el canon literario es, felizmente, algo mucho más relativo. El mismo canon de Bloom -hombre de enorme saber y con dominio de numerosas lenguas y literaturas- no está exento de críticas. Por ejemplo, desde el punto de vista de un lector hispanohablante, la cuota de autores de nuestra lengua representados en el núcleo de su canon puede resultar discutible, pues no figuran Lope de Vega ni Garcilaso; la razón tal vez sea que Bloom no domina el español y lee en traducción a los autores de esta lengua (por eso, cuando se refiere a Don Quijote lo llama "Senor Quijote"). De las letras en lengua portuguesa solo incluye a Pessoa, lo que es encomiable, pero no al brasileño Machado de Assis, el más grande narrador latinoamericano del siglo XIX. Vallejo, Neruda y Borges sí están, pero no Sor Juana, que no tiene nada que envidiar a Góngora. Y a los lectores italianos, por su parte, la ausencia de Petrarca o Cavalcanti puede parecerles inexplicable.

Todo esto significa que ningún canon literario, ni este ni cualquier otro que exista ahora o en el futuro, es -ni debe ser- tomado como un texto sagrado e intocable, que solo merece reverencia y ciego acatamiento (el de Bloom refleja una muy amplia visión del legado literario universal basada en la percepción cultural propia de un anglosajón con fuertes raíces judías, para quien Shakespeare es el centro de toda su experiencia estética). Creo que precisamente en eso reside su valor y utilidad: en recordarnos que, en literatura, todo es perfectible por ser relativo, lo que invita a una saludable discusión y a nuevos cánones y alternativas. Incluso en los esfuerzos tan eruditos y fundamentales como el de Bloom, hay siempre un factor subjetivo: el de toda operación crítica, cuya humana falibilidad no debe avergonzarnos o intimidarnos, sino estimularnos a seguir avanzando en el campo del conocimiento literario o estético. Si la crítica fuese siempre exacta y definitiva, ya habría dicho todo lo que hay que decir sobre todas las obras y sus autores. Nuestras creaciones tienen la espléndida virtud de transformarse con el tiempo, porque, pese a que son las mismas, nosotros sí cambiamos, les otorgamos nuevos significados y les damos nueva vida. Quien no entienda esta dialéctica no entiende la literatura.

EXPULSADOS DEL PARAÍSO
La anterior reflexión parece pertinente ahora porque se ha desatado una polémica desde diversos periódicos, suplementos y blogs, en la que no tengo más remedio que intervenir ya que se ha centrado, para sorpresa mía, en los autores peruanos que incluí en -o, mejor, excluí de- mi Historia de la literatura hispanoamericana, cuyo cuarto y último volumen apareció el 2001 (Madrid: Alianza Editorial). Todo comenzó cuando en su columna de "La República" Abelardo Oquendo hizo un paciente y razonado recuento de los poetas y narradores que figuraban en mi libro desde el siglo XIX hasta hoy: 30 poetas y 21 narradores, cómputo que yo mismo ignoraba. Eso coincidió con un comentario bastante crítico de Iván Thays (El Dominical, 3 de agosto) a la reedición de un ensayo de Miguel Gutiérrez -con quien yo había polemizado hace un tiempo- sobre la generación del 50.

Pronto los dos asuntos confluyeron en una serie de ataques, condenaciones y denuncias de mi presunto "canon", visto como una turbia maniobra para desterrar del paraíso literario a los escritores que no me gustaban. El más estridente fue César Hildebrandt, quien, con su santo furor inquisitorial de siempre, nos atacó, por distintas razones, a Oquendo y a mí. Y luego volvieron a aparecer en el horizonte los amigos, simpatizantes y admiradores de Gutiérrez, que no querían perder la oportunidad para señalar que su exclusión y la de otros de su grupo Narración era una forma de venganza ideológica, para lo cual reactualizaron un viejo y largo memorial de agravios. Creo que el público lector merece unas cuantas aclaraciones.

ESCRIBIR UNA HISTORIA
La primera es que yo no he tenido la menor intención de proponer un canon y, si alguien lee mi Historia con tal criterio, eso está más allá de mi control. Tampoco he escrito una enciclopedia literaria, un catálogo total de la literatura hispanoamericana, en donde (como cierta antología de la poesía peruana contemporánea) no falta nadie que haya escrito algo que tenga siquiera una vaga relación con la literatura.

Como explico en la Introducción a mi trabajo, decidí no tomar esas opciones, sino la de hacer una historia literaria que fuese un recuento crítico, una relectura y revaloración de los textos para establecer cuáles tenían alguna vigencia histórica, histórico-literaria o estética dentro del proceso general; eso supone una revisión y valoración de las obras del pasado y del presente que tuviesen validez para el lector de hoy. Traté de hacer una historia viva, vista desde la actualidad, no una simple arqueología del pasado. Establecí unos criterios para hacer esa selección, procuré aplicarlos del modo más coherente posible y, al mismo tiempo, reconocí que el esfuerzo tenía ciertas limitaciones y riesgos: los de mi información, los de mi memoria, los de mi visión crítica y mis gustos personales; es decir, señalé con claridad que la subjetividad era, como en cualquier trabajo crítico, un elemento que, inevitablemente, formaba parte de mi Historia..., escrita con la convicción de que todo es relativo y nada es permanente. Nadie lo sabe todo, pero, como decía Alfonso Reyes. "todo lo sabemos entre todos".

¿Cómo puede alguien ser entoces tan despistado, tan perverso lector como para creer que mi intención era crear un "canon" absoluto,indiscutible y, sobre todo, interpretar las necesarias exclusiones como un mero propósito de silenciar a ciertos escritores o grupos? Toda historia literaria es imperfecta y la mía, por supuesto, no escapa a esa regla. Como ellas, mi Historia de la literatura hispanoamericana contiene errores, omisiones y otros deslices que asumo plenamente apenas los descubro o cuando algunos amigos me las hacen notar. El destino de esta clase de obras es pasar al olvido con el correr del tiempo y la aparición de nuevas perspectivas críticas y nuevas ideas de lo que una historia debe ser. Quizá algunos de los que ahora sufren el pánico de no estar en la mía, alcancen en el futuro el honor de estar incluidos en las venideras y tener la amplia reparación que tan ansiosamente esperan. Sólo deben tener un poco de paciencia: nadie los ha declarado muertos y tal vez se reencarnen gloriosamente como los grandes escritores olvidados de su siglo.

LISTAS Y TEORIAS FALSAS
Me referiré ahora a dos críticas concretas que mi libro ha recibido. En su diatriba, Hildebrandt presenta una larga lista de autores peruanos que yo habría suprimido. Entre ellos están: Melgar, Felipe Pardo, Salaverry, Hidalgo, Parra del Riego, Xavier Abril, Vicente Azar, Scorza y Martos. Todo eso es falso; presento mi propia lista de referencias (indicando el volumen y las páginas) para que cualquiera pueda comprobarlo: Melgar: vol. 1, 353-54. Pardo: Felipe Pardo: vol. 2, 20-21. Salaverry: vol. 2, 117. Hidalgo: vol 3, 382-83. Parra del Riego: vol. 3, 383. Xavier Abril: vol. 3. 417-18. Vicente Azar: vol. 4, 286. Scorza: vol. 4, 98. Martos: vol. 4, 422-23.

En cambio, señala una omisión que es real y que lamento: la de Juan Gonzalo Rose. A modo de explicación diré que el hecho de haber ya incluido ocho poetas de la generación del 50 a la que él pertenece, hacía difícil agregar uno más (pues podría parecer excesivo y desbalancear el esquema general), y así tomé la difícil decisión de no ponerlo. Me arrepiento de haberlo hecho porque luego leí una colección póstuma de Rose y me pareció un poeta de singular intensidad; para reparar, aunque sea en parte esa omisión, lo he incluido en una antología de la poesía peruana contemporánea próxima a aparecer en Madrid.

Por último, en un artículo publicado en "Perú21", Juan Morillo atribuye la ausencia de Miguel Gutiérrez y otros del grupo "Narración" a mi negro resentimiento y rencor ideológico porque, hace varias décadas, me abstuve de contestar una encuesta de la revista homónima, en la que mi nombre apareció al lado de "una ominosa franja en blanco", humillación de la que habría querido vengarme ahora. La teoría es psicológicamente interesante pero tiene el defecto de ser falsa: de esa pequeña anécdota no guardaba ningún recuerdo, aunque ellos la tienen archivada para usarla en una ocasión oportuna. No, la razón por la cual esos escritores no aparecen en mi libro es otra: considero que la contribución del grupo (separo de él a Vargas Vicuña) a la literatura peruana es mucho menor de la que ellos creen y que, dentro del contexto hispanoamericano, su ausencia no es nada digna de lamentar. El problema es que cultivan un concepto de la literatura tan anticuado como su nostálgica visión de una China maoísta y de una "guerra popular" que (afortunadamente) sólo existen en su imaginación, como parte de su petrificado canon personal.

EL FUEGO SECRETO
4Los homenajes y la trascendencia
Por Fernando Ampuero
Algunos homenajes pretenden, más que una celebración, anticiparse al juicio de la posteridad. Como si los contemporáneos del homenajeado pudieran asegurar así la inmortalidad de su criterio y de los valores que ensalzan. Esto, en los predios de la literatura, sucedió con Anatole France, premio Nobel de 1921 y a quien la multitud celebrara en las calles. Sucedió también con Ibsen, a quien le tocó ver en vida su propio monumento, y con Borges, que adoraba la fanfarria, aunque por decoro fingía no tomarla en serio. Más temprano que tarde, todos gozaron de la gloria literaria.

Sin embargo, algunos de ellos se han desdorado con el paso del tiempo, en tanto que otros, subestimados en su momento, crecieron en importancia. Anatole France, elogiado en las letras y la política, hoy prácticamente no existe, a diferencia del menospreciado Stendhal, cuyo genio literario ya nadie discute.

Todavía no sabemos ciertamente qué pasará con Ibsen ¿Seguirá siendo tan gravitante como se lo vislumbró en su época? Para algunos espectadores del siglo XXI, el portazo final de Nora, protagonista de Casa de muñecas, les suena a antigualla. ¿Y qué decir de Borges? A pesar de su genio y carisma, el maestro argentino recibió a menudo la ofuscada pifia de los imbéciles, que enturbiaban su juicio estético con argumentos extraliterarios. ¿Borges, autor de prosa breve pero impecable, podría convertirse con los siglos en una rareza literaria y no en un clásico?

La trascendencia no tiene libretos claros. Sófocles, que fue un autor popular, ganó dieciocho olimpiadas dramáticas. El arisco Eurípides apenas ganó seis, pero el pueblo griego, a su muerte, lo convirtió en un mito. Los presos eran liberados si tenían memorizadas las obras de Eurípides y se daba puerto a los barcos perseguidos por piratas si en la tripulación había alguien que pudiera recitar sus versos. Sófocles, en todo caso, vistió la túnica negra en el entierro de Eurípedes, rindiéndole honores.

Lope de Vega odiaba a Cervantes. Cervantes admiraba a Lope, que fue siempre un exitoso autor de teatro. En los cien metros planos de la trascendencia, ganó Lope. En la carrera de fondo, sin duda, Cervantes se colgó la medalla de oro.

Los homenajes quieren corregir a tiempo las injusticias del futuro. Son en ocasiones un esfuerzo útil y conmovedor, y en otras un error, una tontería o una conspiración grotesca. En el Perú, el poeta José Santos Chocano fue coronado con laureles en plaza pública frente a una muchedumbre. Hoy, salvo en algunas páginas de textos escolares, muy pocos lo recuerdan. César Vallejo le ganó la carrera de fondo.

Pero no todo es volteada de partido. También hay revanchas. Por ejemplo, el tradicionista Ricardo Palma, tan festejado como vilipendiado, sigue en pie. Fue un intérprete de la realidad criolla del Perú, y, en su tiempo, un escritor muy leído (lo que ahora llaman un autor de mercado), que forjó en la imaginación de los peruanos el pasado de la Ciudad de los Reyes con toda su gracia, bribonería y maledicencias.

Mario Vargas Llosa fue homenajeado la semana pasada por todo lo alto. En la Feria del libro, en la Biblioteca Nacional y en el Festival de Cine. Y, por si fuera poco, la Casa Museo O'Higgins le dedica una muestra de catorce salas donde se exhiben afiches, manuscritos, audiovisuales y fotografías que sintetizan su obra y su vida. Tras haber sido satanizado entre nosotros en tiempos de dictadura, MVLL es nuevamente reconocido como el escritor más importante del Perú, y uno de los más importantes del mundo. Él es, para decirlo en términos boxísticos, nuestra esperanza más viable para el Premio Nobel, aunque los suecos se siguen haciendo los suecos año tras año. Tal desdén, a estas alturas, ya parece también homenaje. Si Vargas Llosa nunca llegara a integrar la lista de honor de los Nobel, estará de todos modos en la lista de honor de aquellos que, mereciéndolo con creces, no lo obtuvieron, y entre esos últimos autores figuran nada menos que Tolstói, Proust, Joyce, Virginia Woolf y Jorge Luis Borges.

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