Por David Hidalgo Vega. Unidad de Informes Especiales
BAGUA GRANDE. Los escombros resucitan en esta cordillera acosada por las nubes. El comunero Lizandro Castillo encuentra natural la experiencia de despertarse cada mañana frente a un muro levantado hace siglos. Es parte de su casa. La cabaña, heredada del verdadero dueño, está levantada a un costado de lo que parece un antiguo galpón de piedra. "Tiene más de quince años", explica el hombre sobre la armazón de madera recostada en el edificio precolombino. En su momento nuevos habitantes levantaron los muros desmoronados y le dieron otro uso. El resultado de semejante fusión es una estructura híbrida, un curioso injerto de dos épocas, que pasó inadvertido hasta que hace un par de semanas fue anunciado como parte de una ciudadela recién descubierta.
La versión, está claro ahora, merece ajustes: los restos no son del todo recientes y tampoco es la urbe perdida con la que sueñan arqueólogos y aventureros. En realidad se trata de vestigios algo dispersos que sugieren un camino a explorar, porque nadie --más allá de los vecinos-- se ha tomado la molestia de explorarlos como merecen. "Tiene que ser de la cultura Chachapoyas", dice Aurelio Pérez, el joven teniente gobernador de Acapulco, quien recorre estas montañas con tanta frescura como si fueran planas. El caserío, perteneciente al distrito de Cajaruro, el más grande de Bagua, queda a cuatro extenuantes y verticales horas de caminata desde las faldas de la cordillera. Mientras llega la carretera en construcción, retrasada a cada tramo por rocas indómitas, bien podría hablarse aquí de un territorio un tanto aislado. Una zona donde la maleza podría haber engullido algunas ruinas.
De allí la sorpresa del alcalde de Cajaruro, Ántero Dueñas, cuando dos semanas atrás visitó Acapulco para inaugurar el colegio comunitario y recibió la noticia de ruinas desconocidas. "La comunidad nos dijo que algunas personas habían encontrado restos fúnebres", comenta. Otros, que habían limpiado algunas zonas para habilitar campos de cultivo, contaron que habían encontrado tumbas de piedra en las que descubrieron unas piedras brillantes, como joyas. Según le dijeron, así, dispersas en las zonas altas, había medio centenar de nichos.
EVIDENCIAS CARAS
Fermín Rafael Inga, presidente de la asociación de padres de familia del colegio, guarda algunos de esos hallazgos con devoto localismo. Su pequeño tesoro incluye una vasija de cerámica que encontró cuando arreaba ganado, un huso de tejer hallado en una tumba cercana al local escolar y cinco pedernales transparentes que al parecer formaban parte de una ofrenda fúnebre. Los pobladores de Acapulco se refieren a estos últimos como 'los diamantes'. Ojos más escépticos quizás verían cuarzos. El misterio no sabe de exquisiteces y estimula la codicia: Florencio Pérez guardaba en casa un 'diamante' del tamaño de un puño, pero alguien se lo robó. Ahora ninguno de quienes conservan los suyos está dispuesto al tráfico. "Son para cuando se estudie la historia de Acapulco", dice Fermín Rafael.
Hay material para estudio, sin duda. En la zona más alta, en un punto en que la señal de los celulares ya no tiene con qué tropezar, existe un recinto de piedras recortadas, austero de adornos, engullido por la maleza. Sus ángulos perfectos sugieren la mano de un arquitecto antiguo. A los lugareños les parece que podría ser un templo. "Es cosa de los gentiles", dicen varios, con ese lenguaje devoto que arrecia ante lo desconocido.
Desde ese lugar se domina, como desde una atalaya, un amplio sector boscoso en el que podría haber más restos, quizás construcciones, quizás entierros. "Es casi seguro que esto formaba parte de un corredor con otras ruinas de la región, pero necesitamos que un arqueólogo estudie la zona", reclama Aurelio Pérez. Sus pobladores apoyan su esfuerzo por convertir este paraje de ganaderos y agricultores en un nuevo destino turístico. Sobre todo frente a las intenciones de una compañía minera que en los últimos meses ha tratado de ganar su apoyo para iniciar exploraciones en los alrededores. Se supone que hay oro bajo los cerros. "No lo queremos", dice Pérez.
El alcalde Ántero Dueñas, de Cajaruro, les ha ofrecido apoyo. La carretera que ya se acerca será un gran avance. También las gestiones que pueda realizar para llevar a especialistas que emitan su veredicto. Mientras tanto, algunos objetos hallados ya tienen acta de custodia. Servirán para abrir un museo de sitio. Su historia ya merece su propio recinto.