Por Rudy Jordán
Era el año 1965 y Felipe Pomar --quien hoy vive en alguna playa hawaiana-se calzaba la corona de Campeón Mundial de Surf. Tenía 22 años. Durante 41 años, una sequía de triunfos azotó el deporte de la tabla hasta que 'La Reina Sofía' (Mulanovich) volvió a pisar la tarima más alta del podio internacional.
En el 2000, sobre el mar de Huanchaco, el pequeño Juninho Urcia corría sus primeras olas en un caballito de totora. Hoy él figura en las películas de la International Surfing Asociation (ISA), entidad que nombró al peruano Eduardo Arenas como su primer presidente (1965), y que ha elegido a Juninho como su embajador por segundo año consecutivo.
"El Perú siempre fue reconocido como una potencia del surf, pero dejó de serlo porque se mantuvo como un deporte elitista.", afirma el veterano tablista Nino Lauro, quien asegura que el título de Sofía --el cual cambió nuestra mirada sobre el surf-- fue la consecuencia de un obstinado trabajo familiar. "A partir de los años 90 surgieron familias que quisieron devolverle a la tabla el sitial perdido luego de los años 60", concluye.
Nadja de Col y Juninho Urcia son parte de la nueva camada. Ella tiene 17 años, estudia en el colegio Los Reyes Rojos de Barranco y creció haciendo tubos en la playa Los Órganos. Él cuenta con 13 años, le dicen "El Mochica Surfer" y la pensión del 'cole' se la paga la ISA a cambio de algo: buenas notas. Pese a que tienen vidas distintas, los unen palabras como "chévere" y "bravazo" (imprescindibles en el glosario surfer) y, sobre todo, las olas gigantes, a las que empezaron a enfrentar cuando tenían apenas 5 años.
Pero el estereotipo elitista no es el único, digamos 'olón', contra el que los surfer han tenido que remar. También han debido superar el prejuicio 'pastrulo' que se cernía sobre este deporte.
"Si entras drogado al mar te mueres", dice Gabriel Villarán, a manera de mensaje a quienes aún asocian la tabla con las drogas. El tablista de 24 años --que además es 'profe' en una de las más de 20 academias de surf desperdigadas desde Máncora hasta Cerro Azul-- opina que pese a "nuestra amplia costa" el deporte no se podrá masificar mientras el IPD siga creyendo que "regalando tablas ya cumple con su labor".
Tal parece que la ola peruana ha crecido, principalmente, por la mística de familias que creyeron en su deporte. Lo bacán es que a los De La Rosa, los Mulanovich, los Villarán y los De Col, se han sumado estirpes humildes como los Urcia y los Gómez. Al parecer, la marea alta y la corriente seguirán arrastrando nuevos apellidos. Chévere, que así sea.