CORAZÓN ANIMAL
Por Miguel Ángel Cárdenas M.
Cierta vez el zoólogo Bernhard Rensch hizo un experimento-travesura que le ocasionó un escándalo en la Universidad de Münster, Alemania. Mostró a los eruditos en arte moderno unos cuadros abstractos que los arrobaron. "Se trata de composiciones de un ritmo extraordinario, llenas de dinamismo y armonía, tanto en las formas como en el colorido", concluyeron, y preguntaron por su talentoso autor. "Una ofensa contra la dignidad humana", vociferaron cuando Rensch les reveló su identidad: el chimpancé Congo y el mono capuchino Pablo. En su libro "Los animales son también humanos", el etólogo Vitus Dröscher comenta el suceso: "Como todo auténtico artista, los monos habían pintado sin esperar recompensa a cambio de ello. Sencillamente, por el placer de hacerlo".
Más allá de las discusiones sobre lo artístico --sí, propio del hombre--, uno de los hallazgos más incitantes de la psicología de los animales es que el sentido de la belleza constituye un instinto. El ejemplo más encantador es el de los pájaros cuando buscan pareja. No es la fuerza su técnica seductora (mostrar sus miembros sexuales sería brutal y contraproducente), sino la lindura de su canto, que supera al humano en elegancia, melodía y vibración.
Se ha comprobado, por ejemplo, que el ave del paraíso, el ave lira, el pájaro azul de las hadas y el colibrí de garganta de rubí organizan concursos de belleza amatoria. Y, es más, si la naturaleza no los dotó con la hermosura vocal, se valen de creativos diseños arquitectónicos en sus nidos. Como el macho de pájaro jardinero de Australia que es capaz de idear una 'sala de cortejo' adornada con bayas iridiscentes, conchas de caracol, perlas, flores, caparazones de insectos, huesos y pieles brillantes de serpiente. Es más, en el colmo del refinamiento, puede pintar su 'sala matrimonial' utilizando en su pico, como pincel, un trozo de hoja seca o corteza de árbol, y como pigmentos, el jugo de las frutas y la saliva.
Se ha observado que la danza de ciertos patos es más compleja y preciosa que esos bailes aristocráticos de las cortes europeas. Y el doctor Adrian Kortlandt contempló cómo algunos chimpancés emparejados pueden observar en éxtasis la naturaleza y una puesta de sol, igual que esos monjes medievales, quienes ante el crepúsculo --como en el teatro--, aplaudían y gritaban: "Autor, autor", en honor de Dios. Uno a su costado podría decir lo que el poeta nicaragüense David Maradiaga: Animal lluvioso me declaro / seguro del sol.
Dröscher afirmaba: "La naturaleza tuvo que inventar algo diferente para producir una inclinación positiva entre macho y hembra La hembra también siente aquella belleza, y en ella despierta una sensación de felicidad que la atrae hacia el macho, o que la hace sentirse más unida a él. Este es el origen del sentido de lo bello". No en vano dice el psicoanálisis que en los animales humanos el instinto de vida (la energía del Eros) se usa tanto para hacer el amor como para crear una obra de arte. Ambos actos animalmente hermosos.