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LOS CUENTOS DEL AUTOR JAPONÉS

Murakami, el corredor de fondo

Por Guillermo Niño de Guzmán

En 1996, a los 47 años, Haruki Murakami se planteó un reto mayor: correr la ultramaratón de cien kilómetros en torno al lago Saroma, en Hokkaido. La prueba le tomó once horas y cuarenta y dos minutos, y lo llevó al borde del colapso. Pero el escritor japonés tiene el arrojo y la tenacidad de un antiguo samurái. Según su testimonio, el esfuerzo no fue tanto físico como mental. Y, en cierta manera, este refleja la energía que suele desplegar en sus novelas, donde su prodigiosa imaginación le permite siempre dar un paso adelante, justo cuando la historia parece haber llegado a un callejón sin salida y el narrador estar a punto de derrumbarse.

A diferencia de otros novelistas, Murakami se sienta a escribir sin saber qué va a contar. Este curioso método se debe a su afición al jazz, pues se funda en la espontaneidad y la improvisación, lo que implica sortear riesgos como el caos o la futilidad. Sin embargo, en su caso ha dado como resultado novelas espléndidas, entre las cuales figuran Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1995), Al sur de la frontera, al oeste del sol (1992) y La caza del carnero salvaje (1982). En ese sentido, Murakami es esencialmente un novelista (y así se considera él), aunque también ha escrito varios cuentos a lo largo de su carrera, buena parte de los cuales figuran en la recopilación titulada Sauce ciego, mujer dormida (Tusquets, Barcelona, 2008).

Se trata de una selección demasiado generosa, ya que en su afán por dar una imagen panorámica de su obra en este género, Murakami ha entresacado piezas de los tres libros de relatos que ha publicado en el Japón y ha rescatado otras que había difundido en revistas y antologías. Por tanto, estamos ante una colección y no un libro orgánico, lo que si bien hace posible apreciar el amplio espectro temático de Murakami, no puede ocultar algunos desequilibrios e inconsistencias. Sin duda, habríamos preferido una elección más rigurosa, aunque ello supusiera reducir el número de los cuentos. En lo que concierne al género breve, menos suele ser más.

El poderoso aliento de los fondistas no se manifiesta en las distancias cortas. Es lo que pasa con Murakami, quien necesita recorrer mayor terreno para mostrar plenamente sus habilidades. Como expresa en el prólogo que ha escrito para la ocasión, "para mí el cuento es una especie de laboratorio experimental como novelista". De ahí que algunos relatos de este libro se convirtieran en el germen de las historias de sus novelas y fueran reescritos e incorporados a las mismas. Aunque respeta el género, da la impresión de que escribir cuentos es para Murakami una suerte de refresco entre novela y novela, una fase de recreo mientras acopia fuerzas para un proyecto narrativo más ambicioso. Esto explica en parte que el escritor no siempre acierte, cosa que le resulta indiferente: "En el caso de los cuentos no tienes que preocuparte por el fracaso -afirma con desparpajo-. Si la idea no sale como esperabas, te encoges de hombros y te dices que no todas pueden salir bien".

Sauce ciego, mujer dormida se erige sobre este criterio y, en consecuencia, el lector encontrará en el volumen cuentos buenos al lado de otros regulares y de algunos francamente prescindibles. Desde luego, a veces restalla el talento de Murakami en todo su esplendor, pero en general prevalece una sensación de desconcierto y uno no puede dejar de preguntarse: ¿será esta historia una especie de satori, un momento de iluminación que mi falta de sutileza me impide desentrañar? ¿O acaso el escritor ha suspendido su relato porque simplemente ya no sabe cómo continuar, porque no existe un verdadero sustento debajo de esa corteza frágil y quebradiza que ha elaborado gracias a su oficio pero sin llegar al corazón?

Una original combinación de fantasía, humor, magia y sueño, así como su sencillez expresiva, han hecho de Haruki Murakami un autor de culto, capaz de crear una extraña adicción que le ha permitido captar a millones de lectores. En ese aspecto, este libro será una novedad para aquellos fanáticos suyos que no habían podido apreciarlo en carreras literarias de cien, doscientos o cuatrocientos metros planos. No obstante, nosotros nos quedamos con el corredor de maratón.

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