Por Rudy Jordán
CUAL VELOCISTA OLÍMPICA --ojos bien cerrados, pique brutal-- Rosa, la fornida cobradora, le arrancha el papel al datero, tira una moneda al aire y listo.
El chofer, ahora advertido por ella de los cinco minutos que los buses punteros le llevan de ventaja, pisa a fondo. Rosa retoma el estribillo: "Too Bolívar, Abancay, Vía Expresa, súe, súe".
Cuando Rosa hacía el 'bisnes' (negocio) con el datero, un flaco ojeroso aprovechó para subirse al dinosaurio rojo: la línea 87. "Pensamientos eternos" era el nombre del librito que ofrecía y, para ganar puntos ante los pasajeros, leyó algunas frases de autores célebres. El texto tenía buena pinta y costaba dos soles, pero el pata se hizo acreedor de un festival de 'arroces': "no, gracias", miradas indiferentes y silencios varios fueron las respuestas del respetable. "Qué piña --pensé-- quizás le hubiera ido mejor si cambiaba el gastado 'speech' de 'soy un joven trabajador'".
Pasado el mediodía, el sol ya arreciaba y por el corredor --convertido en estrado-- desfilaron un vendedor de golosinas, un 'canillota' (canillita viejo), un cantante folclórico y un payaso que, arrancándoles carcajadas a los viajeros, se llevó las mejores regalías de la tarde.
Fue una hora de viaje en la que me ofrecieron galletas Chaplín, escuché una nueva frase de Platón ("La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo"), estuve a punto de comprar El Bocón y acabé riéndome con la 'chapa' que me puso el payaso Pepín ("tranquilo, teletubbie de San Borja"). A pesar del carrusel de ofertas, no solté un solo céntimo.
Mientras bajaba en la cuadra 4 de la avenida Abancay, empujado por un afanoso vendedor de la novísima 'gelaflán' (gelatina con flan), prometí que en mi próxima travesía a bordo de un micro --cuyo flujo comercial bien podría configurar un anónimo Micro Shopping Center-- pondría más atención a los nuevos pregoneros y vendedores. A alguno le daré una que otra monedita. Es lo justo.