Por: Juan Paredes Castro |
El Congreso de la República se ha ganado a sí mismo la condición de mal necesario. Eso es lo que es por ahora. No hay la más remota posibilidad de que pueda ser distinto en el tiempo de vida que le resta desde su elección en el 2006.
Es el Congreso que tenemos los peruanos. Y con él tenemos que marchar en la política y en la democracia, que son también las que tenemos, por lo menos de aquí al 2011.
Siendo así de realistas solo podemos aspirar al surgimiento de una excepcional voluntad política al interior de este poder del Estado, dispuesta a remover algunos cimientos.
Ya no se trata de ver a un Congreso orientado necesariamente a cambiar las cosas en su estructura, calidad y funcionamiento, sino convencido de hacer algo básico por la futura nueva vida política y democrática del país, a través de la reforma de la ley de partidos.
Más allá de las barreras culturales y sociológicas de nuestra ciudadanía, que colisionan con la demanda de una política mejor formada, ello podría contribuir a modelar los perfiles diferenciados de quienes sienten vocación de servicio público desde el poder.
La ecuación que tendría que plantearse la mayoría del Parlamento (pues no estamos hablando de una reforma constitucional, sino de cambios y mejoras en una ley orgánica) es que los partidos representan la célula potencial del sistema político. Y no hay democracia real y duradera que no funde sus raíces precisamente en los partidos y en el sistema político.
Si por ahora el Congreso no está en condiciones de hacer tareas de fondo, entre otras cosas porque cualquier emprendimiento de orden constitucional demanda más de 80 votos, por lo menos tendría que facilitar los cambios legislativos a futuro que le permitan a los ciudadanos elegir a sus candidatos entre los mejores y dentro de sus partidos.
Es menos triste tener un Congreso y no necesitarlo o necesitarlo poco, que no tenerlo y necesitarlo.
Creemos que con todo el desprestigio que lo rodea, el Congreso no es política ni constitucional ni legalmente prescindible.
No solo necesita de él nuestra gobernabilidad sino el futuro de la política, asentada, por supuesto, sobre partidos que ya no tengan que equivocarse tanto como se han equivocado aquellos que han poblado de cinismo e impunidad el Parlamento de hoy.
¿Podrá Javier Velásquez administrar este desafío básico desde una presidencia legislativa que algún tipo de autoridad tiene que marcar para frenar, a futuro, el terrible síndrome de mediocridad que toma por asalto las candidaturas al Congreso?