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El Estado y la felicidad ja ja

Rincón del autor. Según diversas encuestas, los peruanos somos los más infelices del continente. Reímos, sí, pero para burlarnos de la mala suerte de los otros

Por Abelardo Sánchez León

En tiempos de Toledo decían que la economía andaba bien y la política la hacía mal o muy mal. En tiempos de García podemos hacer la misma afirmación. El país marcha viento en popa y la gente está asada y descontenta. ¿Qué pasa? ¿La plata no hace la felicidad? ¿O es que creemos a pie juntillas aquello de que el dinero es lo más parecido a la felicidad, pero que no es suficiente? ¿O será que los beneficios solamente los gozan pocas personas?

En épocas de Toledo la sociedad movía la economía, era dinámica, activa y los sectores populares bullían y se las buscaban a como diera lugar. En tiempos de Alan García sucede lo mismo. El Estado y la política serían un estorbo, solamente estarían para fregar, obstaculizar, frenar y hacer suyo lo que la gente ha producido con su sangre y su sudor. En la selva, por ejemplo, el Estado ha brillado históricamente por su ausencia y solamente se ha hecho presente para quitarles lo que las poblaciones nativas han considerado por tiempos inmemoriales su entorno, su territorio. Ponen el pie para decirles que todo es del Estado y no de la sociedad. El Estado, aunque no lo haya trabajado, va a poner su bota, todo su peso en aquellos territorios que no le interesan hasta que se descubra riqueza natural. Eso pasa en todas partes. El Imperio Británico se interesó por lo que ocurría en Sudáfrica solo cuando descubrieron diamantes.

El Estado solo existe cuando muestra su ineficiencia: brinda una mala educación, una mala atención de salud, tiene una escasa preocupación por el deporte y, en todo caso, no brinda seguridad a los ciudadanos ni en el frente interno o en el externo. El Estado es la casa/caza de los políticos. Los políticos han descubierto que la mejor manera de pasarla piola es medrando las instituciones públicas. La chamba es papaya, si la hay, y los logros no se miden nunca. El Estado tiene un parecido con los semáforos. Cuando no los hay, los pilotos se las ingenian de lo más bien para cruzar la esquina. Cuando los colocan y al poco tiempo dejan se funcionar, crean el caos. El Estado solo sirve para quitarnos el dinero, para verificar si estamos vivos o muertos, para otorgarnos documentos de identidad.

¿Dónde quedó el ideal de Jefferson, que proponía la felicidad de los ciudadanos como el fin último del Estado? Según diversas encuestas, los peruanos somos los más infelices del continente. Reímos, sí, pero para burlarnos de la mala suerte de los otros.

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