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RINCÓN DEL AUTOR

La extorsión radical

Por Hugo Guerra

Lector de buena fe, la desordenada polémica sobre el quinto aniversario del informe final de la CVR evidencia que no solo la reconciliación nacional es cada día más utópica, sino que otra vez la polarización política puede de-sembocar en violencia fratricida.

En torno a los ex comisionados la nueva izquierda --que agrupa desde el neosenderismo hasta el 'caviaraje'-- ha levantado un muro tan denso que impide revisar racionalmente lo actuado por un equipo en el que hubo gente brillante, pero también ideologías deleznables.

Así, totalitariamente o se acepta todo lo incluido en los cinco mil folios del informe o se pasa a la condición de enemigo de los derechos humanos. No caben opiniones críticas; tampoco cuentan antiguas militancias antidictatoriales. Todo lo opuesto a la guardia roja se asimila a un indefinido fascismo.

Para esa izquierda que no tiene ideología propia sino oportunistas plataformas de lucha, lo único aceptable es la opción radical. Eso significa estar en contra del neoliberalismo (sic) en un país donde apenas se estrena la economía social de mercado; oponerse a la globalización; transitar por modelos corruptores como el ALBA; y organizar protestas erráticas, como el asalto a los buses porque suben los pasajes en un planeta donde el petróleo se dispara diariamente.

El radicalismo quisiera revocar a Alan García y Luis Giampietri, vengarse de policías y militares que rescataron al Perú del genocidio senderista y entronizar a esas camarillas que aprovechan las fisuras democráticas para introducir manipulaciones subversivas en los libros escolares.

Pero como tal proyecto no prosperará fácilmente, los radicales optan por la generación de un clima social de zozobra, a través del sabotaje de carreteras y la infiltración de la agenda pública. Se valen para ello de la insensatez de aquellos periodistas que hoy son cómplices del radicalismo para que no se expongan sus plumajes montesinistas.

El verdadero complot antidemocrático, sin embargo, no está solo en las cúpulas cegetepistas, de Patria Roja, el Sutep y etcéteras, sino en el vergonzoso silencio de quienes, estando al frente de partidos liberales, privilegian el cálculo electoral. ¿Dónde están las reservas morales de un socialcristianismo que pretende auparse en cualquier izquierda aun a costa de justificar indirectamente la violencia contra el jefe de Estado? ¿Dónde está aquel belaundismo que supo ser oposición sin aliarse con falsos nacionalistas? ¿Dónde se meten los peruposibilistas que olvidan las lecciones de Alejandro Toledo en pro de la gobernabilidad? ¿Y por qué no se callan esos curas que alentaron la violencia sea porque se sumaron a falaces liberaciones teológicas, o porque calificaron de cojudez los derechos humanos?

Necesitamos voces nuevas, serenas y democráticas que impidan el desbarrancamiento del Perú en aventuras radicales que solo llevarían a la violencia. Necesitamos reconocer también que no se requiere ser alanista, aprista o giampietrista para defender hoy a un Estado ominosamente jaqueado por quienes no han tenido reparos morales al apropiarse de una CVR que pudo haber sido base para la auténtica reconciliación de los peruanos.

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