Por Milagros Leiva Gálvez. Unidad de informes especiales
Esta es una entrevista soñada durante años, pero pocas veces pedida. Por temor, por respeto, por pudor. Solía imaginar cómo respondería Enrique Zileri Gibson preguntas íntimas y temía: me habían dicho que era un volcán. El tema de su madre era la gran incógnita. Su relación, contaban, era más que tormentosa. Única. Especial. Cuando murió Doris Gibson pensé mucho en Zileri como hijo y esperé con prudencia que pasaran los días. Lo llamé para conversar y el señor Zileri aceptó. Ya en su casa, sentados en una mesa larga que su madre le regaló, me aclaró que era como un caracol y que sacarle la capucha sería difícil. Es verdad. Don Enrique es un caracol, pero también un torero tierno: esquiva, pero sabe enfrentar. Lo que sigue es un extracto de una conversación con un hombre que en sí mismo es una leyenda, como su madre. Está su ingenio, su buen humor, su amor por Doris, por Daphne, su esposa, por sus cinco hijos, por sus nietos, por su revista "Caretas". Lo primero que exigió fue que me dejara de cosas y lo tuteara. Así fue.
A tus hijos les han preguntado muchas veces cuánto pesa ser hijo de Enrique Zileri por toda tu reputación. ¿En tu caso cuánto pesó la sombra de Doris Gibson?
Supongo que pesó, pero curiosamente no tuve tiempo para detenerme en ello porque debíamos sobrevivir. Cuando Paco Igartua, que era el cofundador, se retiró de la revista vinieron años de mucho trabajo. En esa época yo estaba en el terreno publicitario y cuando se produce el terremoto tuve que meterme a fondo y así comenzó esta relación: en medio de una crisis. No sentí el peso, quizá por eso. Doris tenía una personalidad impresionante, con una convocatoria fantástica, cumplía una función importante en términos de contactos y yo era un poco el obrero que tenía que estar juntando las piezas.
Pero cuando uno nace de una mujer fuerte, temperamental y luego va creciendo y se da cuenta de la reputación de la madre: Doris era un ícono del periodismo
La verdad es que yo tenía veintitantos años y solo trabajaba, estaba muy ocupado. Su talento para ciertas cosas no lo tengo, su gusto por el arte popular, su visión para encontrar las piezas, era muy adelantada para su época y eso dice mucho de su sofisticación, de su cariño por el país mestizo.
¿Por qué nunca le dijiste mamá a Doris Gibson?
Juro que no lo sé. Seguramente de chiquito debo haberle dicho mamá, pero luego vino la separación y cuando volví no me reconoció, ya era un muchacho de 18 años. No sé, quizás a veces no dices ni mamá ni hijo, ¿no? Siempre le dije Doris.
¿En los tres años que estuviste en Estados Unidos, en el internado, no viste a tu mamá?
No... Fue una aventura, tenía una beca, y claro la economía aquí era terrible. Ahora es fácil viajar, pero en esos años no era sencillo.
Me han contado que tienes sueños fantásticos y que te regalaron un libro en blanco para escribirlos.
Me lo regalaron para que los dibujara. He dibujado escenas.
¿Es verdad que soñaste que el avión de Fujimori caía en tu casa?
Nooooo, es una leyenda. Tuve una época de sueños fantásticos y felizmente no tengo pesadillas. Sueño varias veces que estoy en La Herradura. Una vez soñé con una bandera peruana grande, como si fuera un parapente, que flotaba, estaba bajando con mucha gente colgando alrededor, chiquitos, y yo me puse a ver y vi a Manuel Ulloa, te lo juro, así sueño, cosas mezcladas, fantásticas. Otra vez soñé que el caballo de la plaza San Martín en realidad estaba vivo, que lo guardaban en la calle Colmena, que había un establo y que lo sacaban con una ceremonia, que se podía tocar.
Te preguntaba por los sueños para saber si ahora sueñas con Doris...
No. ¿Sabes qué ha pasado con Doris? La longevidad fue muy prolongada, estuvo postrada un tiempo largo y era penoso verla. Es algo que uno termina diciendo: Mejor que esté descansando. Es curioso, porque yo creo que ella se maltrató fumando y tomando tanto café, bueno, además, tenía un carácter... Quién la convencía. Igual tuvo mucha fuerza y mucho deseo de vivir.
¿Cómo definirías la relación con tu madre?
No fue una relación típica. Muy juntos en cuestiones fundamentales. Tenía una gran generosidad, pero también una gran dificultad para crear un clima de ternura.
¿Era inexpresiva?
Chuncha, pues. En el fondo una arequipeña chuncha, con sus nevadas y sus cosas. No era engreidora, no me decía Enriquito ni nada de consejos, por el contrario. Creo que su convicción era que esa también era una forma de educar. Cuando cumplió 85 años le hicimos un almuerzo y recuerdo que Javier Pérez de Cuéllar hizo un brindis y dijo: "La libertad tiene nombre de mujer". Ella era eso. Hasta el final quería seguir firmando cheques, iba a la oficina en su silla de ruedas.
Cuando uno es hijo único la relación es muy umbilical. ¿Cuándo rompiste el cordón?
Sí rompí el cordón... En efecto hay hijos únicos con relaciones enfermizas... Pero en mi caso la Doris misma rompió el cordón.
Quizá por eso te mandaba a tanto internado.
Puede ser Y fue una mujer que nunca tuvo una holgura económica. No sé cómo hacía para tener incluso tesoros en su casa. Allí están los cuadros de Sérvulo y luego cosas de bronce que para la gente eran basura y para ella puro arte.
Y cuando viste a tu madre desnuda, pintada por un famoso
La primera vez hay un poco de celos, pero luego normal. Además solo estuve en colegio de curas dos años, es decir me curé pronto, ja, ja, ja. Me parece un lindo cuadro, un lindo desnudo.
Me has dicho que tu madre no daba mucho espacio a la ternura, tus hijos me dicen que eres muy cariñoso. ¿Estás corrigiendo?
Creo que hay distintos estilos de ternura, pienso que a su manera Doris era tierna.
¿Extrañaste los abrazos?
No sé, como nunca los tuve, no podría decirte En una época trabajamos mucho juntos, así que se desarrolló otro tipo de relación: de afinidad, de equilibrio, de tensión, una relación distinta. Mis hijos tienen mucho carácter, también.
¿Tuviste cinco hijos porque extrañaste tener hermanos?
Creo que sí, en cierta medida algo de eso hay y de mucha locura. La última, Drusila, nació tres semanas antes de que me deportaran por segunda vez.
¿Cuantos años tienes?
No te pases, pues, es que la gente no tiene la edad que tenía antes, luego hay malos entendidos, ja, ja, ja.
Estás en la infancia de tu adultez y te veo muy bien.
Soy un infante de dinosaurio. Me siento bien y tengo una especie de neurosis porque realmente me siento joven. Incluso hay ciertas cosas que las hago mejor que antes. Por ejemplo: bicicleta. Monto mejor que hace veinte años, te vuelves más liviano, no sé.
¿A estas alturas del partido, cómo estás?
Tranquilo, nunca se va la tensión, porque en esta carrera siempre hay tensión, pero me siento bien.
¿Y cuál es el secreto?
¿Lo puedo decir? Mira que El Comercio a veces es muy puritano.
Dilo nomás, lo publicamos.
¿Bueno qué hacer concretamente para mantenerse? A veces hacer un viaje. Acabo de estar en Urubamba y he visto un hotel que están haciendo fantástico y no voy a decir cuál es para que El Comercio no lo saque antes, ja, ja, ja.
¡Hasta el último luchando por la primicia!
Claro, primero que salga en "Caretas", la competencia es así, está metido el chip. Uno se entusiasma.
Me encanta tu sentido del humor. Ahora quiero contarte textualmente lo que dijo Jaime Bedoya cuando le pregunté por ti. Dijo: "Enrique respeta sus afectos, los valora, los honra, por encima de sus conveniencias".
Es muy lindo lo que ha dicho Jaime y se lo agradezco. Eso hace mucha gente también, eso tiene que ver con el amor propio. Hay que respetarse y respetar, es un poco de sentido común. Respetar a la familia, a la gente que trabaja con uno. Respeto a la gente, pero cuando me faltan el respeto, muerdo, tampoco hay que ser un manso, eso de poner la otra mejilla es una tontería.
VERSIÓN AMPLIADA
Su opinión del Apra, su amistad con Alan García su terna para el 2011 en:
www.elcomercio.com.pe