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EL VÓLEY EN SEÚL 1988

Las manos que rozaron el oro y el cielo

Por Miguel Ángel Cárdenas M.

Los sociólogos deben estudiar este suceso como uno de los acontecimientos cumbres de la identidad peruana. Durante la segunda mitad de ese setiembre de 1988 --año lamentable del primer gobierno aprista--, pocas veces estuvimos tan unidos, tan solidarios, tan esperanzados antes de dormir y después de levantarnos. Fueron las madrugadas --donde está más oscuro porque va a amanecer-- los puntos de comunión inolvidables de una peruanidad que añoraba ser mundialmente victoriosa; tanto que las generaciones que no las vivieron saben de ellas por la historia oral, los videos y los recuerdos de quienes sentimos la carne de campeones cuando escuchamos otra vez ese himno: "Manos peruanas seguras se elevan y punto, manos morenas gloriosas que merecen punto vamos a unirnos en coro y gritaremos punto hoy que están en la antesala del más grande triunfo".

El histórico periodista de El Comercio Mario Fernández viajó 21 horas a Corea del Sur para cubrir las olimpiadas junto con Manuel Jesús Orbegozo, quien era jefe de redacción de El Dominical. Y Mario pudo apreciar construcciones muy modernas con "partes tapiadas con cartoncitos para que no viéramos la pobreza".

Aunque el Perú tenía expectantes representantes en tiro y natación, el vóley monopolizó las expectativas. Con el tiempo los nombres de sus jugadoras serán míticos: Cecilia Tait, Gabriela Pérez del Solar, Natalia Málaga, Rosa García, Denisse Fajardo, Gina Torrealba, Miriam Gallardo, Cenaida Uribe, Sonia Heredia, Luisa Cervera, Katherine Horney, Alejandra de la Guerra.

Todo empezó el 20 de setiembre cuando Perú se imponía, con ritmo 'matancero', como la mayor potencia sudamericana: le ganó 3-0 al Brasil comandado por Fernanda Venturini y Ana Moser.

Lo preocupante fue que el 22 seguía --tan pronto-- China, el campeón mundial y olímpico, que tenía un récord formidable: estaba cuatro años invicto y en 19 partidos solo había perdido tres sets. Mario Fernández rememora: "Cecilia Tait sería considerada una de las mejores jugadoras olímpicas a partir de este partido, les ganamos por 3-2 y fue algo histórico". Pero el pundonor de ese 3 a 2 frente a las lideradas por Dan Wu y Yueming Li consolidaría el dramatismo como música de fondo de nuestra heroica selección.

El 25 de setiembre, Fernández recuerda el partido con Estados Unidos y los mates de Karen Kenner que nos ocasionaban dolores de espalda: "Era un equipo muy alto, ellas nos ganaban los dos primeros sets: 15-12, 15-9 y nos parecía tan penoso terminar

tan rápido la olimpiada pero las chicas le dieron vuelta: 15-4, 15-5 y 15-9. Fue un tremendo despertar, la cosa comenzaba a tomar forma y a partir de ahí fuimos avanzando con tensión, pero con esperanza".

Cuando vino Japón, Perú afilaba su máxima potencia y también parecíamos padecer las emociones de una obra de teatro trepidante. Nuestras villanas fueron la matadora Norie Hiro y la espigada Motoko Ohbayashi en los bloqueos: "Recuerdo cuando ganábamos 2-0, con un 15-9 y un 15-6. Y nos dejamos empatar: 6-15, 10-15. Era tan desesperante tanto que Gaby llegó a exclamar: 'Dios mío, ayúdame'. Fuimos al quinto y ganamos 15-13, pero siempre mirando el precipicio, ya nos habíamos habituado, pues, a vivir el drama y la esperanza".

Y vendría la final de las finales el jueves 29 de setiembre con el corazón en los ojos. Nuestro país era el orgulloso único invicto de la olimpiada, pero la Unión Soviética venía con todo lo alto: la talla de sus jugadoras (su jugadora más baja, Irina Parkhomtchouk, medía 1,78 m; en Perú, Natalia Málaga medía 1,70 m). Y, sobre todo, su estado de ánimo: Había

aplastado a una deprimida China en las semifinales (15/0, 15/9 y 15/2).

"Hasta me parece verlo, era en el coliseo de la Universidad de Hanyang, con 6.500 personas y con tribunas pegadas al campo.

El primer set lo ganamos tan fácil, 15-10 en 21 minutos. El segundo, ganamos 15-12 en 28 minutos. Era 2-0, yo tenía debajo de mí a un periodista argentino que sabía de vóley como no tienes idea, volteaba y me decía: 'Nunca he estado en una final de vóley con un rival tan fácil, esto no es final'... Pero después la cosa comenzó a cambiar en tal forma que perdimos el tercer set 13-15 en 22 minutos, cuando en ese tercer set solo teníamos que ganarlo para ser campeones, estuvimos 12-6 ¡nos faltaban tres puntos para el oro olímpico!".

Se dice que el técnico soviético Nicolai Karpol le dio una cachetada a una jugadora y las amenazaba: "A Siberia, van a ir a Siberia como sigan jugando tan mal". Hasta hoy podemos sentir un chispazo negro al escuchar los nombres de las tenaces Valentina Ogienko y Marina Nikoulina.

Fue una locura de 're-mate'. El quinto set parecía iniciar nuestra debacle: perdíamos 0-6. "Y Natalia Málaga mentaba la madre, parecía una fiera que le habían quitado la soga", recuerda Mario Fernández. Pero --la emoción por esos puntos nos han quedado marcados como puntos de operación-- nuestro equipo empató 7-7. Y con un empuje cardíaco llegamos al 'match point': 14-14. Y en el Perú, ya bordeando las 8 de la mañana, marcar tarjeta o enseñar el control firmado en el colegio importaba menos que una leche ENCI, un pan popular o un inti devaluado. Con el 15-14 arriba tocábamos las nubes con nuestros gritos...

Pero los dos puntos siguientes y fulminantes de las soviéticas nos paralizaron. Y lloramos todos, todos.

"La entrada de mi nota cuando perdimos la medalla de oro fue: 'El vóley peruano llegó esta noche a la cumbre y quiso, por última vez, mirar al vacío y se cayó'", cuenta Fernández. "Todo el estadio estaba con Perú y los coreanos nos vitoreaban por sus problemas políticos con los soviéticos".

Y siguieron vitoreando a las luchadoras peruanas. Mario compartió sus llantos: "Hablé con Cenaida Uribe y me dijo dos palabras: 'Fue terrible'. Cecilia Tait, que siempre había sido fría, con una mirada muy penetrante solo atinó a decir: 'Sabes por qué me duele todo esto, por toda la frustración que debe estar sintiendo el pueblo peruano'. Estaba empapada en lágrimas. Y Gaby me dijo: 'Estas son las amargas realidades que encierra el deporte'... El soviético era un equipo que tenía un promedio de talla de 1,85, el de Perú era de 1,75. Por eso, cuando a Mambo Park le preguntan en la conferencia de prensa, por qué perdió, dijo con seriedad: hubo dos factores: la talla, 10 centímetros que es mucho en el vóley. Y un poco de mala suerte... Y terminó con una frase: el futuro del vóley depende de la juventud, no hay más".

Y no hubo más. Luego de ese 'momento pico', el vóley peruano decayó penosamente... Pero aquella vez el sentir fue alquímico: pese a obtener la plata olímpica, a las voleibolistas les pusieron un letrero que decía "Chicas de oro". Llegarían al Perú el domingo 2 octubre a las 7 de la mañana y desde el aeropuerto, en un camión, por 15 kilómetros, llegarían en medio y arriba de la euforia popular hasta el Estadio Nacional a las 10:20. Allí, ante las tribunas repletas, dieron dos vueltas olímpicas junto a la banda de música de la Guardia Republicana. Fue un fenómeno de amor, agradecimiento y reconocimiento colectivo por habernos hecho rozar el triunfo máximo. Un símbolo de peruanidad a superar.

Últimas noticias del pasado
423 de setiembre Cuando Perú venció a China comenzó la gran esperanza: era el campeón mundial y olímpico. El otro gran rival, Cuba, no participó.
430 de setiembre Gina Torrealba, la capitana, diría: "Me pone triste pensar que fui quien perdió el último punto. Nunca veo el partido, es una gran pena para mí".
430 de setiembre Cuarenta años después de que el tirador Edwin Vásquez consiguiera la presea de oro en Londres 48, estuvimos al ras de lograrlo otra vez.
43 de octubre Fue clave en esta gran selección, además de la disciplina, su preparación: jugaron 170 partidos antes de llegar a Seúl.
Fuente: Archivo, EL COMERCIO

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