Por Carlos Heeren. Economista*
Dicen que en el dintel de la puerta que lleva al infierno se puede leer: "Vosotros, los que entráis, abandonad toda esperanza". Todo parece indicar que en nuestros próximos desplazamientos en Lima esta frase nos acompañará. El tráfico parece que solo aumenta, así como el tiempo que le dedicamos a quejarnos de él.
Este pesimismo se ilustra con tres argumentos. En primer lugar, el número de vehículos nuevos se ha incrementado significativamente. Mientras que en el 2004 se vendieron alrededor de 16.000 unidades, este año la cifra bordeará las 100.000. La misma parece razonable si se compara con los más de 90.000 vehículos vendidos en Ecuador o los 225.000 en Chile el año pasado; tomando en cuenta el tamaño de la economía peruana, el crecimiento observado y su número de habitantes. También lo es el pensar que se mantenga durante los próximos años. Más aun, en medio de este crecimiento económico, el consumidor encontrará nuevas opciones a precios significativamente menores. Y, también con pesar, se puede observar que el número de nuevos metros cuadrados de pista no parece haber crecido.
En segundo lugar, el crecimiento vertical de la ciudad ha llevado a una mayor densidad poblacional. De acuerdo con Ipsos Apoyo, el 2008 Surco y Los Olivos registraron, respecto a 1993, un incremento en el número de habitantes de 48% y 39%, respectivamente (en La Molina el incremento fue mayor al 75%). Sustituir casas por edificios genera automáticamente un incremento en el número de familias en la misma cantidad de metros cuadrados de terreno. Esto no solo significa un incremento del tráfico por el mayor número de vehículos, sino por la necesidad de contar con estacionamientos.
Finalmente, porque las soluciones lucen lejanas. Por un lado, el transporte público es uno de los mejores ejemplos de capitalismo salvaje, cuya dinámica competitiva perjudica a todos. El desorden del mismo, sumado al pobrísimo cumplimiento de las normas de tránsito, solo agravará el problema. De otro lado, la construcción de 'pistas privadas' parece difícil de vender a la población después de la infeliz experiencia ocurrida en la avenida Faucett.
¿Cómo afecta esto la actividad empresarial? De dos formas. En primer lugar, a más tráfico, menos movilidad y con ello la necesidad de replantear la cobertura para continuar 'cerca' de nuestros clientes. Los ganadores en esta dinámica (además de los celulares y la radio, fieles acompañantes en el tormento) serán aquellos que reinventen las formas de atender y vender.
En segundo lugar, se generará un círculo vicioso en la distribución. El mayor tráfico reduce el número de puntos que una unidad puede atender, lo que obliga a incrementar el número de unidades y, con ello, el tráfico, y los costos.
La pérdida de esperanza llega a su punto máximo cuando imagino la solución sencilla, que traslada todo el problema al ciudadano ante la incapacidad de buscar soluciones eficientes y oportunas por parte de las autoridades de la ciudad. El regreso al 'sticker' de los setenta. Ese que no permitía sacar el auto todos los días de la semana. ¿Seremos capaces de plantear una solución eficiente al problema o perdemos toda esperanza?
* SOCIO DE APOYO CONSULTORÍA.