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El otro mal peruano: la 'electoralitis'

Por: Juan Paredes Castro |

Resulta insólito que después de todo lo que ha costado reconstruir el sistema democrático, el viejo mal peruano de la 'electoralitis' vuelva a perseguirnos y a trastornar los ciclos políticos normales del país.

Cuando falta todavía mucho para las elecciones del 2011, las mediciones de posibilidades y probabilidades electorales presidenciales, en las encuestas de aquí y de allá, empiezan a tomar mayor cuerpo que las posibilidades y probabilidades de mejorar lo sustantivo: la hoy deteriorada institucionalidad política.

Algo grave tiene que estar pasando entre nosotros, los peruanos, para reincidir periódicamente en la condición de ser un país que define su destino mucho más en las urnas que en el desenvolvimiento de sus instituciones.

Los cálculos electorales de partidos y líderes no tendrían nada de malo, así se realizaran con tanta anticipación, si en el fondo no escondieran, en sus datos, el drama de fondo: la improvisación y la falta de representación de los partidos; la tendencia a la inscripción de listas presidenciales y parlamentarias prácticamente en la víspera de vencimiento de los plazos; y la ausencia total de democracia dentro de las organizaciones políticas, hasta hoy renuentes a celebrar elecciones primarias supervigiladas y supercertificadas.

En todo caso debería conciliarse equitativamente los esfuerzos por el proceso de maduración de las instituciones políticas y del sistema electoral y representativo, con las mediciones que nos ofrezcan las encuestas del producto de tales esfuerzos, en términos de alternativas de gobierno, liderazgos y candidaturas.

Exactamente al revés de lo que estamos acostumbrados a ver: que la 'electoralitis' domine el panorama político, de principio a fin, en desmedro del rescate de una institucionalidad que le hace tanta falta a los planes de desarrollo y crecimiento del país.

Naturalmente que hay una ansiedad política respecto del 2011 a causa de la incertidumbre que el propio sistema democrático genera desde sus características de precariedad y contrariedad. Sin embargo, a sabiendas de ello, contribuyamos a cambiar y reformar las organizaciones políticas y el sistema electoral, de modo que el 2011 sea en lontananza menos traumático de lo que le auguran en estos tiempos.

Cuanto más reales y efectivos sean los cambios y las mejoras en la vida de los partidos y en la de los militantes, menos extrañaremos los sobreabundantes datos de las encuestas que hoy por hoy se ventilan solo como referentes del momento y no necesariamente del sentido de futuro de los próximos años.

Pongamos, pues, los bueyes delante de la carreta, es decir, la puesta en maduración y corrección de los partidos, jalando la carga que quiera jalar en el provisional terreno de las encuestas y del poder.

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