Por Fernando Ampuero
Desde tiempos muy remotos la tradición literaria registra el uso de las bebidas espirituosas. Según los anónimos escritores judíos, autores del Antiguo Testamento por inspiración divina, Noé fue el primer borracho de la historia. Cito el Génesis, 9, 20-21: "Noé, que era agricultor, plantó la primera viña. Bebió su vino, se emborrachó y se quedó desnudo dentro de la tienda". No cabe duda de que el hombre se la pegó y, a causa de ello, probablemente despertó resfriado. Noé, que fue una especie de segundo Adán, quizá haya sido el primer individuo en concluir que la realidad era una ilusión por falta de alcohol, o que un buen trago hacía la vida menos gris y más interesante.
La Grecia antigua tuvo un dios borracho, Dionisio, que pasó alegremente a beber en el olimpo latino bajo el nombre de Baco. Ambas deidades, así como sus cortes de bacantes, fueron celebradas por los artistas y poetas de sus pueblos. En la milenaria China, Li Po, el mayor poeta de la dinastía Tang, murió ebrio de alcohol y lirismo. Se ahogó al caer de un barco cuando trataba de abrazar el reflejo de la luna en el agua. El exceso de licor, aparte de adornar la biografía de algunos autores de fama universal, ha dado pábulo a incontables leyendas al igual que ha llenado los bares de escritores exitosos y frustrados -más lo último que lo primero, creo yo-, pero no ha permitido la escritura de buenas novelas, ya que la borrachera es infecunda (no así el recuerdo de la borrachera, tanto la propia como la ajena). Y es que, en definitiva, es casi imposible escribir novelas si uno está borracho. A lo mejor, durante la resaca, algunos autores pueden cuajar un poema o esbozar un cuento corto. No lo sé. Tengo entendido que la resaca sirve a veces para componer boleros. Boleros peleones, me dicen.
En tiempos recientes, no obstante, han desfilado muchos santos bebedores. Se afirma que Dylan Thomas conseguía una mejor música en sus versos pasado el sétimo whisky, que nuestro Martín Adán escribía en servilletas de cantina, y hasta que Bukowski fermentó algunos de sus cuentos en vino barato californiano. Quien sabe.
Cuando yo leo a Thomas, Adán y Bukowski, en todo caso, percibo solo ese fulgor de sensibilidad que da la más lúcida sobriedad. Y hablar así de Bukowski ya es decir bastante, pues este autor alardeaba de escribir zampado. En ellos el espíritu etílico está presente, digamos, pero no sus torpezas. No veo la nublada modorra, ni los altibajos de la borrachera. No detecto en el texto la menor falta de control, ni siento que este nos lleve a la deriva. ¿O se trata acaso de autores con buena cabeza?
Sea como fuere, en esta materia, el mejor de todos fue Malcolm Lowry, un autor obsesivo que vivió a tiempo completo su ebriedad, y que milagrosamente resultó luminoso y efervescente como la mejor poesía. Toda buena literatura, ya lo sabemos, es un milagro. Pero la genialidad, conquistada en la adversidad, nos parece más meritoria.
La magistral novela de Lowry, Bajo el volcán - a diferencia de sus otros libros, que considero flojos e incluso mediocres- es la historia de un borracho contada por otro borracho. Y es, como toda tragedia contemporánea, un balance de infortunios.
Si el Ulyses de Joyce transcurre en un día, Bajo el volcán apenas requiere la mitad, medio día, doce horas, que se transforman en doce largos capítulos. Estamos en una época de inminente conflicto bélico. Es el 1 de noviembre de 1938, Día de Todos los Muertos. En ese tiempo, el protagonista de la novela, Geoffrey Firmin, ex cónsul británico en Cuernavaca, México, se encuentra también al borde de su propia destrucción. La novela resume sus últimas doce horas de vida, entre tambaleos por las calles y oscuras evocaciones de sus derrotas personales y sus sueños rotos. Lowry, hijo de una distinguida familia de comerciantes, estudió en Cambridge, y, para horror de los suyos, desestimó pronto los negocios y abrazó la literatura. Luego, decidió integrar ese lujoso clan de autores ingleses que en su juventud se hicieron a la mar. Navegó el mar del Norte, el mar de China y las Antillas. Sus biógrafos lo sitúan a menudo en alegres y concurridos burdeles caribeños tocando el ukelele.
Bajo el volcán, novela sembrada de claves, es además una historia de amor. Lowry se la dedica a Margerie, su segunda esposa, pero la novela recrea su gran fracaso con la primera, la actriz Jan Gabrial, reencarnada en Ivonne. Estas mujeres, en la ficción y la realidad, les ofrecieron a Lowry y Firmin que eligieran: ellas o el licor. Sin lágrimas en los ojos, pero con el corazón destrozado, Lowry y Firmin eligieron la desolación.
La locura de la bebida es aquí una empresa espiritual. Más aún si el alter ego de Lowry deambula en México, país enamorado de la muerte. Entre la anarquía y el mezcal, el Cónsul, el borrachísimo Geoffrey Firmin, encarna la fantasmagoría de sus divagaciones, que solo detienen el abismo y el asesinato. Leer esta novela, densa, enigmática, hermosa como una botella de tequila, impregnada de poesía y cargada de símbolos y cábalas, es una fabulosa experiencia límite. Una primera lectura no basta. Yo les recomiendo dos o tres. El primer capítulo resulta un tanto farragoso, sí, pero luego entrarán para siempre en una infinita nube ahíta de pulsiones, ensueños y epifanías.
Lowry murió en Inglaterra, alcoholizado. Su novela fue rechazada por doce editoriales. Hoy, por cierto, es un libro imprescindible. Un libro ebrio (aunque dueño de sí), como decía El Cónsul de su estado en una de esas ocasiones en que había bebido hasta la sobriedad. Cualquiera que fuese el significado de lo que quiso decir.