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Catecismo profano

Apuntes autistas no es una novela ni un libro de cuentos ni una recopilación de ensayos. O es todo al mismo tiempo. Pero es sobre todo el libro de un fan, un tipo que habla con devoción de sus películas y libros favoritos. Estos apuntes pueden ser leídos como un testimonio y un agradecimiento a los escritores y directores que estuvieron de nuestro lado en los momentos en que todo parecía en contra, a los que nos hicieron sentir que no estábamos solos. A esos que, de alguna manera, nos salvaron.

Si el arte es religión, Apuntes autistas es un catecismo, un catecismo profano pero sobre todo persuasivo: después de leerlo, incluso al más escéptico pueden darle ganas de ponerse a rezar (a Woody Allen, Vargas Llosa y muchos otros). Fuguet redescubre la necesidad de consumir ficciones y pone en evidencia la íntima relación que tienen las obras con nuestra propia biografía. No es el arte o la vida: son lo mismo, no los podemos separar. Por ello, a los largo de las cuatro partes en que está dividido el libro ("Viajar", "Mirar", "Leer" y "Narrar"), Fuguet ha construido también una autobiografía (o, mejor, un autorretrato): la vida en el listado de películas que hemos visto y de libros que me hemos leído, y del momento (a veces el preciso) en que lo hicimos.

Las mejores páginas son las de "Mirar". Imagino que Fuguet va al cine como un hincha de la popular va al estadio: a dejar que desborden las emociones, a esperar el triunfo y salir frustrado por una derrota, a celebrar los goles y putear a los "parrilleros" que vienen a estafar (Lars von Trier en primera fila). Pero esta exaltación no impide el análisis agudo e incluso brillante (bastaría leer las páginas dedicadas al fenómeno Amores Perros para demostrarlo). Descubrimos en Fuguet un lector/espectador atento a las estructuras internas de la obra pero también a las circunstancias de su realización ("una buena película no tiene nada que ver con el presupuesto"). Y sobre todo a juzgar la capacidad que tiene una obra para decirnos la "verdad" a través de la ficción, para iluminar una zona oscura de nuestra propia vida.

Las opiniones, como las de cualquier fan, son radicales. Pero hay tanta energía e inteligencia (rara combinación) en el análisis que es difícil no estar inmediatamente de acuerdo con lo que propone. Sin embargo, el mayor mérito de Apuntes autistas es quizá el tono, esa capacidad para hablarnos al oído como un fan cualquiera, como un amigo que comparte su entusiasmo con nosotros. Casi siempre, Fuguet deja su lugar de creador y se pone del otro lado, del nuestro, los que lo estamos leyendo. Y así comprobamos que Fuguet vio lo mismo, pero vio más. Y que ahora nosotros vemos como él.

No necesitábamos un libro que nos enseñe a escribir. Creo que sí necesitábamos uno que nos enseñe a valorar el papel que han jugado en nuestras vidas esas personas que se pusieron a hacer ficción y la compartieron con nosotros. Ésa es la grandeza de Apuntes autistas. Y esa es la razón por la que, después de terminar la lectura, lo único que uno quiere es encerrarse a leer todos los libros y ver todas las películas, todas los que existen, y esperar el momento mágico de una epifanía que sabemos que tarde o temprano habrá de llegar. No sé si existe un elogio mayor. (Francisco Ángeles)

NARRATIVA
4El rey de los tabloides
Raúl Villarán Pasquel inscribió su nombre en el periodismo nacional con su exitoso manejo del tabloide Última Hora a principios de la década del los cincuenta. El diario, hermano popular de La Prensa de don Pedro Beltrán, se lanzó en enero de 1950 pero no logró levantar vuelo. Cuenta la historia que, cuando Beltrán reunió a la redacción para anunciar el cierre del tabloide, Villarán -hasta entonces editor de deportes- dio un paso adelante y pidió encargarse de la dirección. La promesa era levantar la lectoría; el plazo un mes. Y, con apenas 22 años, Villarán lo consiguió. Su estilo popular y desenfadado suele recordarse a partir de un titular de primera plana acerca de la guerra de Korea: "Chinos como cancha en el paralelo 38".

Guillermo Thorndike narra en El rey de los tabloides, los primeros años de la carrera de Villarán. La novela recrea al personaje desde su infancia sin padre, pasando por sus años de estudios, su afición a los deportes y su amistad con el célebre Toto Terry hasta su irrupción en el mundo del periodismo con "Equipo", la primera revista deportiva del país, que lanzó con Augusto Belmont Bar (hijo del dueño de la famosa Botica Francesa y productor de la legendaria frotación Charcot).

De Equipo, el salto fue a Última Hora y de ahí al gran mundo de la política y el espectáculo. La narración de Thorndike nos hace asistir a la Lima que vivió bajo el régimen de Odría y Espaza Zañartu, siguiendo las caderas de las Bikini Girls que se contoneaban a ritmo de mambo. En medio de la expansión urbana y la zozobra política Villarán aparece como un personaje de película, exagerado e histriónico, un ciudadano Kane a la criolla.

En medio de una reconstrucción de época sin duda resulta atractiva, El rey de los tabloides se mueve en la espinosa frontera entre la realidad y la ficción -esa que estas semanas ha vuelto a explotar Jaime Bayly para promocionar su nuevo libro-. Seguramente, la valoración de la obra, anclada en un personaje tan desbordado y polémico como el de Villarán, dependerá de a qué territorio decida adjudicarla el lector.

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