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ANÁLISIS ECONÓMICO

Este no es el pecado capital

Por Juan Zegarra

A estas alturas, todo indica que procederá el rescate financiero por un monto cercano a los US$700.000 millones, algo así como siete veces el Perú (nuestro PBI asciende a US$104.000 millones). Podemos continuar desde aquí con el debate de que si ese dinero debe ir directo a la vena del ciudadano estadounidense que está a punto de perder la casa o que sea una inyección que inmunice todo el sistema financiero para que, una vez aliviado, pueda tener efectos en todos y hacia abajo. Eso es debatible y más allá de la retórica el punto es que el plan funcione y desactive todas las bombas de tiempo que pusieron los cortoplacistas jugadores de bonos.

Pero algo que toca la fibra del capitalismo estadounidense es esta paradojal intervención estatal que, ante el desborde del torrente incontenible de deudas impagas e instituciones financieras en crisis de liquidez ha tenido que aplicar la receta de la nacionalización. La ironía del socialismo del siglo XXI, aplicable al gigante liberal, no es gratuita pues con ello contradice su propia prédica del libre mercado.

Pero como en toda crisis siempre abundan los agoreros económicos, ya hay quienes ponen en tela de juicio el modelo económico, cuando más bien queda claro que el origen del mal fue ese laxo y suicida mecanismo que dejó en manos de especuladores la creación de esa burbuja bubónica que causó la acumulación de hipotecas impagas y el carrusel de prestar sin muchas consideraciones. Esos ilusionistas del mercado crearon una realidad de apariencias que formó una enorme deuda suscrita en papel pero sin su correlato en moneda.

Por eso, hay que tener cuidado a la hora de individualizar las responsabilidades. Los agoreros del mercado simplemente generalizan, y de paso, simplifican la crítica. Aquí no está en crisis un modelo que promociona la inversión privada y la creatividad empresarial, la cual genera desarrollo, sino que es el Estado ausente que incumplió su papel de mediación y vigilancia para detectar y cerrarle el paso a esos financistas de mortal fragancia.

Esa vulnerabilidad tiene que ser rápidamente cubierta por mecanismos de mayor regulación y para que no funcionen tan desprendidamente de todo un orden fijado. Eso es aplicable allá, en Estados Unidos, como en el Perú. La Superintendencia de Banca y Seguros tiene un papel que jugar en esta ecuación y está obligada a dejar su timidez operativa. No olvidemos el CLAE de hace menos de dos décadas. Al menor síntoma de descontrol hay que actuar en salvaguarda de todos.

Y en medio de esta turbamulta de bolsas volátiles y agitados precios de commodities, junto con la lección del Estado falto de reflejos también hay un componente clave: los valores. Esta semana estuvo en Lima el economista Bernardo Kliksberg, quien tiene una interesante propuesta sobre la necesidad de que la labor empresarial, que incluye la financiera, no solo tenga como fin la legítima búsqueda de rentabilidad sino también que sean actores del desarrollo del país y compartan su actividad con una labor social en grandes metas, como la mejora de la calidad educativa, la lucha contra la pobreza, la cobertura integral de salud o la innovación tecnológica.

Es decir, la ética importa en los negocios y nos da una visión de país. Esto no es poesía, sencillamente es la respuesta a esa falla humana que viene de Wall Street. Que no salgan de sus nichos los predicadores de las nacionalizaciones y el intervencionismo total, porque el modelo de inversión privada y la facilitación para los negocios sigue muy vigente, ahora es tarea del Estado, las empresas y la sociedad --que necesariamente tiene que estar organizada en grupos que la representen-- apuntar a esa economía que se humanice y que no explote las vulnerabilidades del hombre sino que más allá de cifras y cuadros lo tenga como elemento central.

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