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¿PUEDE RUSIA MARCHAR HACIA UN ORDEN DE LIBERTADES DEMOCRÁTICAS?

La tercera Roma

Por Carlos Fuentes. Escritor

"Moscú es la tercera Roma. Y no habrá una cuarta". Esta famosa declaración, escrita en 1511 por el monje Filoteo al zar Basilio III, habla de dos Roma anteriores: la imperial e italiana, la primera Roma, y la oriental e imperial Constantinopla, la segunda. Moscú sería la heredera de esta tradición de imperio "y no habrá una cuarta Roma".

La antigua convicción de que Moscú es la tercera Roma es una constante de la historia rusa y la contrapone a la tendencia occidental de la misma historia. Pedro el Grande fundó Petrogrado (San Petesburgo, Leningrado) como una ciudad italiana del norte de Europa. Catalina La Grande trató de imponer una arquitectura neoclásica al país de las cúpulas bizantinas. La emperatriz se llamó a sí misma La Semíramis del Norte y a su capital, Palmira.

Que estas tendencias occidentales de la vieja Rusia chocaran con la posición eslavista que veía en Rusia un mundo aparte del occidente, la reserva del mundo eslavo frente al resto de Europa, no es sino una manifestación aguda del secular conflicto ruso: ¿Dónde termina Europa y empieza Rusia? ¿Es Rusia parte de Europa o aparte de Europa? La respuesta a esta pregunta ha enriquecido la literatura y promovido el debate. De Dostoievski a Solzhenitsin, Rusia es presentada como algo aparte, la tercera Roma, el país del dolor que se transforma en salvación, la nación portadora de la salud del alma.

Solo que al mismo tiempo, Rusia se abre a la influencia de la filosofía alemana de Hegel (la historia culmina en el Estado) y de Marx (la historia culmina en la revolución internacional de la clase trabajadora). El estado soviético se afirma y se debate entre el internacionalismo marxista y el nacionalismo eslavista. La Internacional Comunista expresa a aquel; el socialismo en una sola nación, a este. Stalin trató de ser a la vez internacionalista y nacionalista. Al cabo, optó por la dictadura personal para resolver las oposiciones. Los partidos comunistas de Occidente conocen auge y decadencia (Francia, Italia). Los de Oriente establecen dictaduras proletarias (China, Corea, Vietnam). Pero al cabo, se transforman en sistemas de capitalismo autoritario, en tanto que en el Occidente el comunismo se funde en una izquierda muy cercana a la socialdemocracia.

¿Y Rusia? La caída del rígido sistema posestalinista dio lugar a una peculiar y muy difícil transición encabezada por Mijaíl Gorbachov. En una extraordinaria entrevista concedida a "El País", Gorbachov habla de acuerdos de transición con Occidente que Occidente no cumplió. La promesa norteamericana a Gorbachov de que la OTAN no se expandiría hacia el Este si Rusia apoyaba la unificación de Alemania, ha sido violada. La debilidad (y frivolidad) del gobierno de Yeltsin permitió que Rusia fuese parcialmente desmembrada y que el Occidente se instalara, con todo y misiles, en la antigua esfera de influencia soviética.

Gorbachov no anda con rodeos para decir que el gobernante georgiano, Shaakashvili, no se hubiera movido si el Gobierno Estadounidense no solo lo autoriza sino lo empuja, a invadir Osetia del Sur con armas proporcionadas por EE.UU. La respuesta de Putin desenmascara esta acción y permite a Rusia restablecer su zona de vigilancia en el Cáucaso. La respuesta occidental es tibia. McCain primero pedía una liga de democracias contra la Rusia de Putin. Después del conflicto del Cáucaso, se limita a pedir oraciones. Obama, con tibieza también, se hace eco, y Bush, origen del conflicto, menea un tímido dedo para decir que "Rusia no puede salirse con la suya".

¿Cómo que no? Lo hizo y no existe, hoy, poder que se lo impida. La razón de Putin es clara y es histórica: Rusia ha regresado como gran potencia al escenario internacional y reclama una zona de seguridad que, a su entender, le había sido arrebatada por EE.UU. y sus socios europeos. Moscú alega que su intervención en Georgia es comparable a la intervención occidental en Kósovo. Pero esto no explica ni excusa la sangrienta intervención rusa en Chechenia. ¿Autonomía de las antiguas repúblicas soviéticas o sometimiento a Moscú, la tercera Roma? Este es el dilema que limita, al cabo, la novedosa política de fuerza del zar Putin y le obliga, a la larga, a hacer un acomodo político tanto con Europa como con EE.UU. de la era luego de Bush. Al cabo, Europa depende de la exportación de petróleo y gas rusos, y Rusia depende de que se lo compren.

En medio de estos intereses a la vez complementarios y opuestos, Gorbachov propone la creación de un Consejo de Seguridad Europea. Que Europa resuelva en la medida de sus fuerzas los problemas de Europa. Que EE.UU. no demore la agenda. "Reconocemos el poder de EE.UU., pero no su liderazgo", dice Gorbachov. "No tenemos por qué seguir las instrucciones estadounidenses".

Las palabras del padre del glasnost y de la perestroika confirman la nueva realidad internacional que una y otra vez he evocado en estos artículos. El unilateralismo ha terminado. Condoleezza Rice, que hace siete años declaraba que EE.UU. no necesitaba amigos y se bastaba a sí mismo, hoy debe hacerle la corte a tiranos tan desagradables como Muamar Gadafi y reconocer, disfrazándolo para ingenuos, el fracaso de la absurda e innecesaria guerra de Iraq.

¿Puede el próximo presidente de EE.UU. devolverle a Washington un papel de fuerza constructiva y asociada al orden internacional, el legado de Roosevelt y Truman?

¿Y puede Rusia encaminar su transición a un orden de libertades democráticas y alejada del autoritarismo mesiánico y nacionalista de la tercera Roma?

Bush el ingenuo dijo que un día miró a los ojos de Putin y vio el alma del ruso. Putin debió reír. Para él, Rusia no tiene alma. Tiene intereses. Lo mismo dijo Foster Dulles de EE.UU. después de la invasión de Guatemala.

Quienes leemos la historia a través de las culturas, mantenemos la fe en el alma de EE.UU. --Melville, Dickinson, Faulkner-- y en el alma de Rusia, Pushkin, Dostoievski, Pasternak. Esta es la Roma de la cultura y nos pertenece a todos.

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